Lunes, 19 de Julio de 2010 08:37    PDF E-mail
El Oriente Antioqueño y el bicentenario del Grito de la Independencia

Por sugerencia del Ministerio de Cultura se realiza por estos días en todos los municipios antioqueños, una serie de actos cívicos y académicos para conmemorar brillantemente el 20 de julio, el bicentenario del Grito de la Independencia.

Si bien en 1810 la mayoría de nuestras localidades del Oriente Antioqueño todavía no existían ni siquiera como distritos parroquiales o viceparroquias, sí podemos afirmar que esta región tiene algunas hojas en el laurel de la gloria de la independencia nacional porque muchos compatriotas se enrolaron en estas causas al lado de los grandes líderes nacionales.  Marinilla, Rionegro, El Santuario, Concepción, Sonsón y El Peñol, por ejemplo, son localidades que todavía cuentan las historias de sus ilustres hijos participantes en la gesta emancipadora; pues los pueblos se reconocen en su historia y cantan sus glorias: grandes o pequeñas; ricas o pobres; pero es allí donde precisamente nacen los pensamientos originales y brotan las ideas dominadoras.

En el siglo XIX había una gran sed de gloria, de aventura, de dejar impronta, de abrazar el mundo porque todo se podía hacer con los sueños. Había optimismo ante todos los descubrimientos que se estaban haciendo, porque se encontró que todo dependía de la mano del hombre.  El siglo XIX fue todo, menos escéptico y fue por eso que las batallas se glorificaron como actos en los que se expresaban las grandezas, según la historiadora Diana Uribe.

Los actores de los hechos de la independencia hacían todo por la grandeza, en una época conspirativa, porque se estaba conspirando contra los imperios. La idea de ser invencibles ante todo fue lo que hizo que los patriotas pudieran atravesar la Cordillera de los Andes, en partes tan inaccesibles como el Páramo de Pisba.  Fue una época de logias masónicas, que se definían como conspiraciones secretas para cambiar los destinos.

Los habitantes de Antioquia llevaban una vida reposada y tranquila, solamente interrumpida por las festividades religiosas y las inesperadas solemnidades, tales como la celebración del advenimiento de un nuevo rey, el nacimiento de un príncipe, una boda real o la llegada del Virrey.  Eran espléndidas las fiestas que se celebraban con motivo de la “jura de los reyes”. 

La vestimenta era sencilla debido a la dificultad para obtener textiles y calzados provenientes de la península. La vestimenta diaria era fabricada en diferentes ciudades del virreinato y se caracterizaba por ser sencilla y rudimentaria.

El Oriente Antioqueño por esa época estaba atravesado por el “Camino de Islitas”, que se constituía en la única vía de penetración y de salida del departamento.
 
La minería, el comercio, la agricultura y la ganadería eran las ocupaciones más generales. Los principales productos agrícolas eran el maíz, la papa, la caña de azúcar, el tabaco y el cacao. Existían artesanos y varios talleres domésticos donde trabajaban los miembros de las familias tejiendo mantas de algodón en telares manuales. También se doblaba tabaco y se fabricaban rudimentarios utensilios, necesarios para las tareas diarias en los hogares.  De España venían casi todos los productos manufacturados.

El presbítero Damián Ramírez Gómez anota en su “Historia del Oriente de Antioquia”, que en Marinilla la calma tradicional fue sacudida repentinamente cuando se tuvo conocimiento de lo ocurrido en Bogotá el 20 de julio de 1810.  Agrega que el padre Jorge Ramón de Posada, prócer de valiosísimos quilates, puso inmediatamente al servicio de la libertad, su fortuna, sus influencias y sus energías.

Algunas crónicas patrióticas hacen referencia a Margarita Urrea de Hoyos quien caminó hasta Bogotá para tratar de sacar de la prisión de Juan Sámano a su esposo Modesto de Hoyos; lo cual logró con súplicas luego de recibir unas patadas de aquél.  Doña Simona Duque encabezó la lista de las heroínas del Oriente Antioqueño, al entregar sus siete hijos para que sirvieran en las guerras de esta causa.  En los archivos parroquiales aparecen los nombres de muchos hombres de esta región que fueron humildes soldados al servicio del Libertador Simón Bolívar y que no han alcanzado la misma mención de otros.
 
Los próceres del Oriente fueron entonces seres humanos hijos del espíritu de su tiempo; seguidores de otros héroes llenos de un gran ego, que llegaron a formar países a partir de sus sacrificios. Eran soñadores que tenían proyectos más allá de sus intereses personales. Posteriormente, la historia comenzó a sacralizar a muchos de ellos, ocultando sus errores, colocándolos en unos enormes pedestales y descontextualizando lo que dijeron.   

La historia nos sigue mostrando la casa del 20 de julio y el florero, como símbolos tangibles de ese suceso. Una casa que data del siglo XVI, de estilo árabe andaluz, donde funciona hoy el “Museo del 20 de Julio”, donde están contenidos cerca de 4.000 elementos de la época.  Desgraciadamente la historia del 20 de julio se ha quedado en el incidente del florero, quizá por la sonoridad de la palabra “reyerta”, utilizada por casi todos los historiadores en los textos de historia primaria; poco utilizada por nosotros; pero que a los niños les daba la idea de un suceso fastuoso, que habría que recordarse siempre. Pero, la idea de independencia estaba arraigada en las inteligencias elevadas, llegó al pueblo y se afianzó en él, sin cuyo concurso nada hubiera podido hacerse.

El cabildo abierto que se pedía era una institución reconocida por el derecho indiano y permitía la participación ciudadana para debatir los problemas que los afectaban.  Esta circunstancia fue clave para romper con España porque los dirigentes criollos canalizaron el descontento del pueblo, como primer paso para proclamar la libertad.

Las acciones que hoy debemos retomar para luchar por la patria, son entre otras: la construcción de una sociedad en paz; el respeto por los derechos humanos; la educación como formadora de ciudadanos; la participación ciudadana; la solidaridad y la cooperación; la transparencia en nuestras acciones públicas y privadas; el respeto a la identidad cultural de los pueblos y la constante búsqueda de la justicia social.


 

 

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