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Áspera y tupida, así era la barba de Alfonso Cano. Como filamentos enraizados en la catadura del rostro y ventana del alma para quien sabe mirar, la barba anuncia sabiduría o encono. Se la vemos a Walt Whitman escarchada de ceniza como semillas plateadas de su poesía que aún resuena en nuestras células, “porque cada átomo que te pertenece, me pertenece” decía el viejo Whitman. Se la admiramos a Cervantes de perilla larga y angulosa faz, que le prestó sus ojos a El Quijote. La encontramos en los ogros de los cuentos: barbas como rastrojos montaraces por donde asoman ojos de fieras nocturnas. La encontramos, como no, en Jesúcristo, sin duda empobrecida en los retratos puritanos que debe mostrarla impecable con vellos que resbalan en un cutis de loza. Es decir: sin el sol de los desiertos y el trajín de las profecías.
 
La barba, como emblema de voluntad o descuido. La barba, sello del peregrino y derrota del secuestrado. En suma, la barba, nunca desprovista de simbolismo. Incluso la de Cano, por supuesto, en la que se ha representado al intelectual comunista y al guerrillero. Si se es joven, se soporta como un estigma; si se es viejo, se expone como una conquista.
 
Un artículo del periódico El Tiempo, y estimo que resulta coherente, refiere la impresión que causó en sus hombres el ver a Cano sin barba. Debió empequeñecerse ante sus ojos revelando el tamaño de su desplome. La concesión más alta al enemigo. Ni siquiera el rostro inflado de Jojoy y la zarandeada panza de Reyes, alcanzan su dimensión. En ese rostro sin barba murió, para Colombia, un símbolo político y una época: la que citó a marx con ardor entre humeantes cigarrillos de taberna, la que leyó con devoción a Lenin y se imaginó entre las selvas, como el Che, liberando al pueblo. La que parió también, no menos triste metamorfosis, resignados burócratas y juiciosos consumidores.
 
En la barba de Cano se cifraba una aureola que se movía entre el martirio y la demencia. El arrogante que machaca un discurso ya estridente, pero también el hombre en el que palpitaba una lejana llama de utopía humanista. Tal vez casi extinguida en una rutina selvática de trincheras, minas quiebrapatas, martilleos de punto cincuenta y olor a anfo, pero que aún fulguraba. El magnetismo de la convicción que enciende fuegos y pasiones para devastar o transmutar.
 
Hay quien ve en las convicciones y los principios la energía transformadora del mundo, pero también su desgracia. Detrás de una idea, nace una ideología, y detrás de una ideología, los dogmas y las personas dispuestas a morir o a matar por ellas. La diferencia ahora es que no es comunista, ni capitalista el agua que arrasa poblados porque no hay vegetación para regular su ciclo; y nadie puede asegurar que el egoísmo y la competencia natural de nuestra especie es la que produce el consumismo y la infelicidad. No tienen ideología los minerales que satisfacen el ego y la producción envenenando el aire y los ríos, y nadie ha escuchado el bramido de rocas de los deslizamientos de tierra como cantos de guerra ondeando estandartes.
 
Una barba enmarañada ha crecido en los rostros de nuestras almas. No la del sabio Whitman, ni la del delirante Quijote, y mucho menos la barba soleada de Jesús, sino la intrincada nube narcótica de la devoción al consumo y al éxito económico a fuerza de depredar conciencias y recursos. Al final, la naturaleza será juez y determinará si esta especie en afán devorador es de su entraña o su extravío.   
 
Por: Juan Alberto Gómez Duque
 
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