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El sentimiento apocalíptico es casi un instinto humano. El fin nace con el principio, pero el morbo trágico de ese final nació con el hombre. Un poco de reflexión biológica no nos sentaría más para contrarrestar la angustia. Esa angustia que nace de nuestra propia soberbia de eternidad y que posterga, una y otra vez, el disfrute de lo presente, de todo lo bello que tenemos a nuestro lado, sin pensar en lo que pudo haber sido o en lo que no tenemos.



Dejemos que el fin avance a su ritmo, sin desearlo perversamente cultivando horrores. Mientras tanto: acaricia a las personas que amas, o a tu perro, y no te pierdas el próximo amanecer que, seguramente, llegará. Y si no te llega, llegará para muchos, de cualquier modo ya habrás resuelto tu fin del mundo.

Quiero compartir mi propio descubrimiento del fin con este retazo de recuerdo personal: 

Eliecer era un “mal estudiante”. En clase nos acostumbramos a verlo en los puestos traseros de la filas de pupitres. Nuestro profesor, Josué, tenía un sistema de estímulos y castigos para sus alumnos. A los últimos puestos eran enviados los alumnos que no respondían bien las preguntas de la lección del día. Además, en un cuaderno estaban los nombres de todos; por cada falta a la disciplina, don Josué ponía una cruz al frente del infractor. Las cruces frente al nombre Quinchía Eliécer formaban una larga hilera que continuaba en el siguiente renglón.

Eliecer vivía en la cima del morro. Una vez me invitó a esa casa en las afueras del pueblo. Saliendo un kilómetro por la carretera se tomaba el camino para ascender a la cima del cerro. Trató de enseñarme a cortar la madera con el hacha. No aprendí; en cambio casi me abro un tajo en el tobillo. El olor de leña del chocolate humeante me llega siempre a la cabeza. La noche murmuraba de grillos; la noche oscura del cerro. En el corredor se reclinaban las perezosas; así le llaman a los sillones de tabla, compuestas de un ancho y oblicuo respaldo para tumbarse a descansar. Recostado sobre ella, podían verse los otros cerros, las mangas, las vaquitas. Pero de noche todo era negro y titilante de luciérnagas. Entre mi cama, donde me acosté, y el pasillo, sólo lo separaban la pared de tablones; y justo allí, dos viejos dejaron fluir la melancolía sobre las perezosas. Yo escuchaba.

Hablaron de la bomba nuclear, de la inutilidad de los esfuerzos humanos para contener la debacle inminente; se extendieron en detalles sobre las desgracias humanas. Mis ojos abiertos contemplaron la negrura de la habitación y del mundo. Me invadió un dolor sordo, un terror mudo. Creo que no sabía lo que significaba la esperanza, pero esa noche conocí el pavor. Aún no tenía la edad para isomnios, y las espantosas imágenes se deslizaron en el sueño, se fundieron con él; como dos columnas  de humo que se juntan y flotan. Esa noche, a mis 9 años, mi infancia se desprendió de su irrecuperable cascarón de inocencia. También me curó. Entendí, de una vez y para siempre, que a los seres humanos les gusta acariciar inminencias apocalípticas. Como se acaricia un gato viendo pasar imágenes en la televisión con los ojos a media luz. Como se mecen los viejos melancólicos en las perezosas de los cerros.    

 

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