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Opinión: Qué triste suena la risa digital: Jajajajaja, jejejeje, jijijijiji, jojojojo. ¿Lo oyeron? Cuando lo veo escrito en un correo electrónico no me hace gracia. Si acaso un poco porque me hace recordar a Condorito, donde ayuda bastante la historieta cuadro a cuadro. Pero no logro encontrarle el chiste.

Y es que una risa digital nunca “suena” con la explosión vigorosa o con la malicia que la particularice. Casi siempre se siente sardónica, como una mueca de un robot.

Se dirá que la risa siempre se ha escrito en novelas, en cuentos, o en cartas mucho antes de que existiese la Internet, pero esa especie de desacralización o descuido de la escritura que llegó con la rapidez que permite la Internet también estimula la economía del tiempo y la exigencia de la respuesta inmediata. Entonces se perdió lo que explicaba la risa, la antesala de la carcajada escrita que nos permitía enterarnos de la escena y el escenario, del estado de ánimo del personaje o de la persona que escribía. En tal caso el ja o el ji eran, simplemente, la consecuencia lógica; la última nota de la ambientación.

No sólo pierde el efecto mágico del contagio sino que, rara vez, se nos antoja simpática. Pareciera que la única risa digital efectiva es la risa perversa. Algo así como si nos sonrieran parapetados entre cables, circuitos y chirriantes flujos de bits.

La risa digital deroga la emoción y amputa la palabra en función de una pretendida interlocución. Transmite más emoción escribir, por ejemplo: “he reído hasta las lágrimas y debí cogerme el estómago para no estallar cuando leí tu historia”, que escribir: “jajajajaja, qué gran historia”. Todavía peor cuando nos imaginamos al que escribe esas carcajadas poniendo una cara adusta y seria, acudiendo a las dos impersonales teclas en el colmo de la falsa cortesía. El cibercinismo triunfante.

Curiosamente La Internet nos dio la oportunidad para volver a acariciarnos con las palabras, a gozar de su musicalidad. La eficacia y la claridad en el intercambio de mensajes nunca riñen con el gusto por la descripción justa y precisa, por la cortesía que, aunque no tenga que ser más sincera, por lo menos sí puede ser más encantadora. Pero, desperdiciamos esa posibilidad con un arsenal de emoticones que disparamos como sicarios de la palabra.

En la cima de las posibilidades de la comunicación, la risa se hizo mueca. Pronto se masificarán las ciudades virtuales y hasta la voz será obsoleta.


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