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Ver el universo en el individuo es, sin duda, una postura mística y, en estos tiempos, hasta elegante.  La verdad está dentro de uno, se oye con frecuencia. Pero también es justo reparar que esa actitud también es un síntoma de la decadencia y de la poca confianza en las fuerzas colectivas que fundaron la civilización.



Toda gran obra fue anónima decía Octavio Paz; los grandes maestros de la humanidad fueron maestros orales, decía Borges; después del sutil y demoledor pensamiento de Nagarjuna, monje budista del siglo II,  no queda más nada por decir en filosofía, decía Ciorán.

Visto de cerca, aún no sabemos distinguir los tiempos de la decadencia o los tiempos del esplendor. Para unos la decadencia fue la oscura época medieval que luego fue iluminada por la razón encarnada en el redescubrimiento de Aristóteles. Hay quienes dicen, por el contrario, que la edad media con su teocentrismo, promulgaba una sumisión absoluta a las fuerzas de la naturaleza que eran obra de Dios. Que el ánimo de cambiar las cosas era atentar contra el orden del mundo, proyección del cielo. Se sufría como parte de la virtud para alcanzar la salvación. Estoy hablando, claro, del mundo católico occidental que, querámoslo o no, hace parte de nuestra herencia cultural, modelador de nuestas glándulas y hasta del carácter.

Siempre que nos recogimos en el individuo, que buscamos en nosotros las respuestas y que la atmósfera del mundo se tornó, por decirlo de algún modo, más “espiritual”, obedecía a un agotamiento de la confianza del ser humano como especie. Ya sucedía en los siglos precedentes a la venida de Jesús, después de las conquistas de Alejandro Magno; cuando el mundo cosmopolita e incierto, producto de esa expansión alejandrina, impulsó el origen de las filosofías estoicas y epicúreas basadas en la moral individual y en la búsqueda de la felicidad por medio de la conducta que se desprendía de esa moral. La primera, cultivando la virtud, el autodominio y la fortaleza de ánimo, que hacen al sabio imperturbable frente a la desgracia”; la segunda, por medio “del placer bien administrado y alejandose del dolor”. Dos faces de un mismo replegamiento hacia el interior.

En grandes escalas de tiempo, ese esplendor y decadencia está adherida a lo que sugiere la misma biblia en la que Caín es menos querido que Abel. Abel termina encarnando el pastor; el que se mueve ligero de equipaje viviendo al día confiando en que Dios proveerá. En cambio, la habitación de Caín se asienta en las ciudades donde la corrupción, como el agua detenida, se fermenta y crece. Por eso a Nueva York se le asocia con la Babilonia corrompida y la Sodoma disoluta.

Hace unos diez mil años el hombre, gracias al domino de la agricultura, se hizo sedentario y empezó a acumular excedentes que con el tiempo se han convertido en confort. Por supuesto, un confort disperso e inequitativo. El ser humano hace predecible su vida y se desconecta de algo que no sabe qué, pero que lo perturba. Se añoran, sin reconocerlo, los tiempos en que la vida era una conquista diaria; en que era simple vivir puesto que la amenaza de la muerte era constante. No habían dilemas, el asunto se tenía que reslover en ser fuerte y pelear por la vida. De ahí el gusto de los últimos años por las películas con el halo medieval y antiguo donde las energías se concentran en la supervivencia y, en medio de todo ello, aquellos valores caballerescos de la lealtad y de la amistad sincera, cada vez más escasos en el mundo del confort.

En escalas más pequeñas de tiempo, el esplendor tal vez lo vivió el ser humano en lo que se llama la década del sesenta. Cuando se intentó la “imagimnación al poder”, cuando el jipismo y el rock advirtieron que el ser huamno debía intentar una reconexión con el mundo. Todos parecían vislumbrar cosas y, sobre todo, posibilidades y alternativas. Intentamos ser de nuevo colectivos en la época del confort, del individualismo. Se alcanzaron a presenciar audacias del espíritu dialogando con la razón para construir felicidades posibles, aún en medio de nuestro egos y nuestros apuros personales. Pero eso no fueron más que los estertores de la agonía.

Sin embargo, otra vez las grandes escalas de tiempo, no las de nuestras diminutas existencias, llegan en nuestro consuelo. Porque, al fin y al cabo, ¿Quién la ha dado a la especie humana la escritura del planeta? Aún con nuestra inmundicia y poder de destrucción, ¿qué capacidad tiene el hombre para destruir la herencia de 4 mil millones de años?. Y si lo hace: ¿Qué apuro tiene la vida para renacer otra vez desde sus bacterias?.

No digo más, y excúsenme esta intempestiva salida: tengo trabajo que hacer hoy.

 

 

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