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Han sido siete años muy llenos, muy felices, también con dificultades, con sufrimientos. Cuando llegué a la Diócesis, prácticamente estaba en guerra, no se podía transitar libremente por las carreteras, me tocó acompañar varias parroquias que vivían desplazamientos forzados, tuve que llorar con las gentes varias masacres, vi la tristeza, el hambre, la miseria de varias poblaciones destruidas por los violentos.
Estando Ad portas de su posesión como Arzobispo de Medellín, Monseñor Ricardo Tobón Restrepo concedió, en exclusiva, una amplia entrevista a la emisora Santa María de la Paz. Después de siete años como Obispo y frente al gran reto que significa pasar de una Diócesis de poco más de 50 parroquias a una Arquidiócesis con cerca de 330, Monseñor Tobón Restrepo comenta sobre sus expectativas, objetivos y retos en la Iglesia particular de Medellín.
Emisora Santa María de la Paz (S.M.P.): Monseñor, bienvenido a nuestra emisora, a nuestra arquidiócesis, queremos darle un saludo muy caluroso.
Monseñor Ricardo Tobón Restrepo (M.R.T.R.): Muchas gracias, también de parte mía un saludo cordialísimo a todos los directivos y a todos los oyentes de Santa María de la Paz, me complace mucho tener a través de este medio un contacto personal, un contacto directo con todos ustedes a todos los saludo en el Señor.
S.M.P.: Queremos conocer algo acerca del hombre, de Monseñor Ricardo Tobón Restrepo, de su familia.
M.R.T.R.: Pues en primer lugar les digo que yo soy antioqueño, nací en Ituango, un pueblo al norte de Antioquia pero mis abuelos son de distintos pueblos del departamento, por tanto conocerán en todo mi lenguaje y mi forma de actuar que no se pierde la cultura antioqueña. Allí en Ituango viví los primeros años de mi vida, hice la escuela y luego pasé al seminario de Santa Rosa de Osos, ordenado sacerdote en 1975 fui a San Pedro de los Milagros donde trabajé durante cinco años, luego estuve en otra parroquia de la Diócesis de Santa Rosa en Don Matías, tuve otros ministerios en la Curia Diocesana en el seminario Diocesano siempre en Santa Rosa de Osos, después de estudiar en Roma estuve en la Nunciatura Apostólica y luego fui nombrado en el 2003 para la Diócesis de Sonsón-Ríonegro, donde he ejercido el ministerio a lo largo de siete años. Recuerdo con mucho afecto y con mucho agradecimiento todos los lugares por donde he pasado, en primer lugar Ituango, mi pueblo natal, donde viví el acontecimiento más grande de mi vida: Mi bautizo, realmente para una persona humana no hay un acontecimiento y un día más feliz, ese día en que Dios nos ha hecho sus hijos; luego recuerdo también con mucho agradecimiento Santa Rosa de Osos, donde hice mi formación al sacerdocio, recibí la ordenación sacerdotal, luego la ordenación Episcopal y donde continúo manteniendo lazos de fraternidad eclesial y de gratitud con tantas personas. Luego pues, recuerdo mucho las parroquias donde he trabajado, las instituciones a las que he servido y por supuesto tengo en el corazón la Diócesis de Sonsón–Ríonegro en la que estoy terminando mi servicio como Obispo.
S.M.P.: Monseñor, toda su trayectoria dentro de la Iglesia ha estado unida a Antioquia ¿Usted considera que eso es una ventaja para asumir el encargo que le confiere ahora el Santo Padre, o habría sido necesario un conocimiento de otras regiones y de otras zonas?
M.R.T.R: Realmente sí, mi vida ha estado prácticamente vinculada al Departamento de Antioquia con excepción de los cinco años que estudié en Europa y luego once años que trabajé en Bogotá en la Nunciatura Apostólica. Pienso, de una parte, que es algo valioso poder tener el conocimiento de Antioquia, de sus gentes, de sus valores de sus costumbres, de su historia; pero pienso también que el tiempo que viví en Europa y que viví en Bogotá me dio horizontes nuevos y perspectivas, no solamente para conocer otras realidades, sino para situar y comprender mejor lo que somos en Antioquia.
S.M.P.: Su labor en la Nunciatura Apostólica en qué consistió y qué dejó en su vida como sacerdote.
M.R.T.R: Fueron unos años muy intensos, porque de una parte estuve prestando, digamos, un servicio a la Santa Sede, un servicio al Papa, ahí en la representación Pontificia de Bogotá al lado de dos Nuncios que recuerdo con mucho afecto y con mucho agradecimiento, Monseñor Pablo Romeo y Monseñor Beniamino Stella, yo fungí ahí como secretario local y por tanto estaba a disposición de los Nuncios para los distintos servicios, trabajos, actividades que realiza la Nunciatura, sobre todo en el campo de la relación entre la Santa Sede y las Iglesias particulares de Colombia, entre la Santa Sede y las congregaciones religiosas, entre la Santa Sede y distintas instituciones civiles, culturales o religiosas que hay en el país. Esta experiencia a mi me dejó mayor amor a la Iglesia, porque desde allí, sirviendo a la Iglesia Universal y a la Iglesia en Colombia, pude conocer todo lo que es el misterio y la misión de la Iglesia y pude también sentirme profundamente vinculado a muchas personas, a muchas instituciones y a muchas realidades eclesiales. Ese tiempo que viví en la Nunciatura lo aproveché también para un trabajo Pastoral en Bogotá, ayudando en algunas parroquias, predicando retiros espirituales a distintos grupos y comunidades religiosas, dando clases en algunas universidades, sirviendo como capellán en un asilo de ancianos pobres y también asesorando y ayudando un programa de comunidades eclesiales.
S.M.P.: Monseñor, usted hizo parte de la Conferencia de Aparecida y estuvo en la relatoría de algunos documentos, ¿cómo fue esta experiencia?
M.R.T.R: Si, fue una gracia del Señor haber podido participar en la V conferencia Episcopal del Episcopado Latinoamericano que se realizó en el año 2007 en Aparecida Brasil; para esa conferencia van delegaciones de todo el Episcopado de América Latina y el Caribe, de Colombia fuimos elegidos diez obispos para representar la Iglesia de nuestro país, y allá me eligieron dentro de la comisión de redacción y por tanto participé en la elaboración del documento con otros diez Prelados que conmigo integraban esta comisión.
S.M.P.: Entonces, Monseñor, es usted una persona que tiene gran experiencia en la Iglesia regional, pero también en la Iglesia Universal, ha representado la Iglesia Colombiana en muchos ámbitos.
M.R.T.R: Soy, ante todo, un cristiano, un hombre que quiere ser cristiano, que quiere ser discípulo de Jesús, que quiere vivir el Evangelio, eso es como lo primero. De ahí ha nacido mi decisión de seguir al Señor en lo que Él me pida y por eso, entonces, he ocupado o he prestado distintos servicios en la Iglesia, en todos he tratado de actuar con responsabilidad y he dejado que el Señor haga lo que él quiere hacer, por supuesto que cuando uno da, es mucho más lo que recibe y el Señor me ha dado muchas ocasiones y oportunidades de conocerlo a él y de conocer la Iglesia. La iglesia, más allá de actividades y de proyectos y programas, es una comunidad de discípulos que va haciendo esta peregrinación hacia Dios y allí es donde uno tiene las mayores alegrías, las mayores sorpresas y las mayores esperanzas, cuando uno puede percibir lo que Dios va haciendo en cada persona. Entonces yo quiero ante todo que vean que soy una persona que quiere seguir al Señor y que, puesto a la disposición del Señor, he tenido estas oportunidades que no quiero aprovechar sino para un mejor servicio donde el Señor me tenga.
S.M.P.: ¿Qué aspectos destacaría de su labor frente a la Diócesis Sonsón-Rionegro?
M.R.T.R: Han sido siete años muy llenos, muy felices, también con dificultades, con sufrimientos. Cuando llegué a la Diócesis, prácticamente estaba en guerra, no se podía transitar libremente por las carreteras, me tocó acompañar varias parroquias que vivían desplazamientos forzados, tuve que llorar con las gentes varias masacres, vi la tristeza, el hambre, la miseria de varias poblaciones destruidas por los violentos. Luego me ha tocado ver en tan corto tiempo toda una transformación del oriente antioqueño, un desarrollo industrial una urbanización muy rápida, la llegada de tanta gente de Medellín y de otras ciudades. Junto a este desarrollo del oriente antioqueño, la Iglesia particular que aquí vive, que aquí trabaja, creo que ha hecho un programa, una misión muy bellas. En primer lugar porque se ha ocupado en lo esencial de la Evangelización, anunciar a Cristo, mostrar que Cristo es el camino, la verdad y la vida; en segundo lugar porque ha trabajado por unir a las personas, a los católicos en comunidad, pero luego llevar a que todos hablemos un mismo lenguaje y a que todos nos integremos en proyectos, en propósitos comunes. Finalmente por que la Iglesia que aquí ha sido pionera del desarrollo, de la justicia, de la equidad social, ha seguido contribuyendo con distintos medios y con distintos recursos a que el desarrollo en realidad no sea solamente para unos privilegiados, sino que atienda especialmente a las necesidades de los más pobres, de los más desheredados, de los que no tienen voz. En ese panorama, hoy yo he prestado un humilde servicio, el servicio del Obispo que orienta, que llama a la unidad, que construye comunidad, pero este trabajo es de toda la comunidad Diocesana, de los Sacerdotes, de los Laicos, de los Religiosos, de tantas personas que aún sin una vinculación muy profunda con la Iglesia Católica, son personas de bien, que en torno a la Iglesia aportan para que los valores esenciales de la humanidad se realicen y logremos en verdad un desarrollo permanente e integral para todos.
S.M.P.: Monseñor, ¿llega usted a la Arquidiócesis con proyectos específicos? ¿Qué expectativas tiene frente a esa responsabilidad que le ha sido asignada?
M.R.T.R: Mire, yo al llegar a Medellín no tengo sino un solo proyecto, hacer la voluntad de Dios; por tanto yo voy a llegar a tres cosas: En primer lugar, a conocer la realidad, acentuarme en la realidad a ver la iglesia particular que es Medellín; en segundo lugar voy a tratar de encontrarme con las personas, de crear diálogo, comunión, relación con las personas y finalmente voy a tratar, con esa comunidad diocesana, de continuar un discernimiento espiritual, un discernimiento pastoral para ver qué es lo que Dios quiere.
De allí saldrán los proyectos, los proyectos no los puede llevar el Obispo, los proyectos los pone el Espíritu Santo en una comunidad Eclesial y al Obispo, a los Presbíteros a los Diáconos, a los laicos, a los Religiosos, les toca discernir en los signos de los tiempos por dónde va el Espíritu de Dios para cooperar a esa obra, de lo contrario resultamos dispersos cada uno con su pequeño proyecto, cada uno con su iniciativa, así muy válida, así muy buena, pero siempre en un Babel, donde cada cual habla su lengua, cada cual hace su cosa pero no nos integramos en el torrente de la salvación.
De otra parte, pues yo no voy a comenzar la Iglesia en Medellín, yo llego a una iglesia muy bella, muy importante en el concierto del país y aún del continente, una Iglesia que ha hecho una trayectoria de casi 150 años, una Iglesia donde han habido pastores realmente eximios, que han trabajado tanto, que han dado tanto; recibo un patrimonio muy grande de Monseñor Alberto Giraldo, quien se ha esforzado por ser un verdadero maestro que enseña la Fe, que ha mantenido la unidad de la Iglesia diocesana, que se ha proyectado en el campo social con un magisterio y con unas intervenciones discretas pero eficaces que han mantenido caminos de diálogo y de reconciliación; encuentro un presbiterio que ha trabajado tanto, que ha hecho una gran labor y encuentro unas comunidades parroquiales, unas comunidades religiosos unos movimientos apostólicos que llevan toda una trayectoria de servicio y de aporte a la sociedad; por tanto, yo tengo que llegar a esto: a descubrir allí la voluntad de Dios con la comunidad Diocesana y a invitarlos a todos para que en unidad potenciemos todo lo bueno que hay y respondamos a los desafíos, a los retos que hoy tiene la Iglesia que son tantos pero que nos dan la oportunidad de aportar en un momento complejo y nuevo los valores perennes y siempre definitivos del Evangelio.