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Desde 1905 existe el monasterio de las Hermanas Carmelitas, un lugar que fue donado por gente adinerada de la época y que en la actualidad tiene lo necesario para que quienes ingresen allí vivan en medio de una celda, un locutorio, un patio y un cementerio.

Caminaba por una de las cuadras más antiguas y menos concurridas de La Ceja, una vía que en su costado izquierdo tiene una pared larga que lleva a una vieja puerta. Con curiosidad toqué el timbre y en segundos escuché una voz femenina que me dijo: “alabado sea Jesucristo. Este es el monasterio de las Hermanas Carmelitas, en ¿qué puedo servirle? Le habla la hermana priora María”.

Le dije que era un estudiante de periodismo y que quería conocer sobre su comunidad. Ella movió una tabla de madera y me dijo: “por acá joven, acérquese”. La miré a los ojos y me sentí desnudo al ver que de ella solo se veía su cara.

En medio de la conversación que sostuvimos durante unos minutos por el recuadro que dejaba ver su rostro, la Hermana priora María me dijo: “si desea, lo atiendo por el locutorio”. ¿Locutorio?, me pregunté. Ella me dijo: “mire la puerta del lado, tome esta llave y la abre”. En mis 24 años jamás había cogido una llave tan grande y oxidada como la que ella me entregó. Fue la primera llave que les dieron cuando fundaron el monasterio.

Cuando entré al locutorio sólo observé tres sillas y una reja de hierro grueso pintada de negro, que me separa de la hermana María. A ella, a quien se le debe decir madre priora que quiere decir la superiora, se le notaba cierto entusiasmo cuando contaba la historia de la comunidad, de la que le pertenecen 35 años de vivencias propias. “Ojalá que muchas personas se enteren por medio de usted de lo que pasa en este lugar, pues no estamos ni locas, ni aguantamos hambre, ni estamos amarradas. Sólo decidimos vivir para siempre sirviéndole a Jesucristo”.
 
El espacio seguía tímido y silencioso. Mis preguntas en vos fuerte y las respuestas exactas de las hermanas, eran los únicos ruidos que se sentían en el lugar a las 4:15 de la tarde. Cuarenta y cinco minutos después del inicio de la entrevista, suenan las campanas y es, según la hermana María, la tercera hora de oración y lectura de la Biblia. Dice ella que desde las 4:30 de la mañana que se levantan, son varias las actividades que desarrollan: ensayan coro, oran, participan de la eucaristía, rezan el rosario, desayunan en silencio y tienen tareas de oficina.

“Nuestro cementerio fue creado en el año de 1915 cuando murió la primera hermana. Hasta la fecha tenemos 29 hermanas que han fallecido y descansan en este lugar. Nosotras mismas hemos sido las encargadas de hacerles las honras fúnebres y yo también espero compartir con ellas de ese espacio”, afirmó la hermana Liliana de la Santísima Trinidad.

Hermanas de La Ceja, de La Unión, Rionegro, Medellín, y hasta de La Guajira, habitan este lugar de más de 8 mil metros cuadraros. A las 5:23 de la tarde terminé. Ya sentía pena. Pero sabía cómo nació este lugar, quiénes lo habitan, qué hacen y cuánta felicidad y paz sienten en un sólo espacio; todo lo contrario a lo que uno siente con los cientos de lugares que ven nuestros ojos a diario.

El Mundo

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