Jueves, 13 de Octubre de 2011 11:38
Escrito por Bruno Moro
Colombia es más rural de lo que pensamos. Pero por casi cuarenta años, la progresión del proceso de urbanización como la ruta privilegiada hacia la modernización opacó esa realidad. Según el Informe, no el 25 sino el 32% de los colombianos son pobladores rurales, y en las tres cuartas partes de los municipios, cuya área ocupa la mayoría del territorio nacional, predominan relaciones propias de sociedades rurales.
Por cerca de dos años de preparación de este Informe se ha escuchado a esa otra Colombia; la que transcurre entre los sueños, las expectativas y las posibilidades de mujeres y hombres de carne y hueso que no viven, ni apuestan su futuro y su felicidad en los grandes centros urbanos.
Hace muy poco, sin embargo y de forma inesperada, el país volvió de nuevo la mirada hacia el mundo rural con unas perspectivas diferentes: como fuente de oportunidades para el crecimiento económico en un planeta globalizado, ávido de alimentos, de materias primas y de recursos ambientales. Y, más importante aún, como lugar privilegiado para empezar a construir la paz del lado de las víctimas. Ambas perspectivas son confluentes e interdependientes
El mundo identifica hoy en lo rural una promesa y una esperanza. Ya no se habla solo de urbanización como sinónimo de modernización, sino de integración, continuidades e interdependencia entre las diferentes vocaciones territoriales del país. Los ciudadanos globales han comprendido que la calidad de vida en las urbes depende del bienestar de quienes habitan las zonas rurales.
Con ese telón de fondo, este Informe de Desarrollo Humano hace un balance completo y, sobre todo, oportuno de la situación de la Colombia rural. Cuáles son las necesidades más apremiantes de los pobladores rurales en situación de vulnerabilidad y cuáles sus capacidades de recuperación; cómo y por qué está concentrada la propiedad de la tierra y cuáles son los efectos de ello; de qué forma se ha ocupado y explotado el suelo y qué conflictos han surgido de allí (agricultura versus ganadería versus minería versus zonas de reserva ambiental); por qué el desempeño económico de este sector estratégico no ha sido el mejor; cuáles factores afectan el ejercicio de la democracia en los territorios; y cuál ha sido el impacto del largo proceso de deterioro de las instituciones públicas responsables de orientar la marcha del sector agropecuario.
Como reto crucial para el despegue de la Colombia rural, el Informe plantea el de la superación del conflicto armado. Pero, sin ignorar su complejidad, se llama la atención sobre cómo su centralidad en la agenda de la sociedad colombiana, relegó a segundo plano la comprensión de otros problemas vertebrales para el desarrollo humano de la población del campo. Este Informe se concentra en algunos factores estructurales que pudieron facilitar la expansión y degradación del conflicto y en sus efectos sobre el tejido social y la gente, antes que en la dinámica o la lógica de los actores armados.
Dada la invisibilidad de la Colombia rural, este diagnóstico integral, profundo y sin apasionamientos, hecho por especialistas y desde la perspectiva del desarrollo humano, se torna tan importante como su propuesta.
En esta última hay una invitación a creer que sí es posible hacer de lo rural un eje fundamental del desarrollo del país; desarrollo con equidad, con inclusión y en democracia. En pocas palabras, una renovada apuesta por el desarrollo humano.
La propuesta es una hoja de ruta para dar tres grandes pasos. El primero involucra voluntad política y compromiso de la sociedad colombiana para equilibrar las prioridades y jugar más por el país rural. Para el Informe, el mejor aliciente es un gobierno respaldado por una coalición liderada por sectores modernizantes que entienden que esta es una oportunidad única para superar la pobreza y la desigualdad, y remover las causas estructurales del conflicto.
El segundo, afirma el Informe, implica un gran consenso nacional para aceptar corregir el rumbo, es decir, optar por un modelo de desarrollo en el cual el bienestar de la gente sea el fin último; que dé prioridad a la sostenibilidad ambiental; que atienda la voz de quienes pueden verse afectados por la lógica pura y dura de mercados sin controles que al final producen graves desequilibrios; y que promueva el fortalecimiento y la intervención oportuna del Estado. El mundo es testigo del surgimiento de una oleada de inconformidad, de la necesidad del uso público de la razón en escenarios de diálogo, que presagian vientos de renovación y apertura en esta materia.
El tercero, es un abanico de opciones de política pública con dos grandes prioridades: resolver el conflicto y superar la pobreza; y cuatro ejes de trabajo: seguridad humana, desarrollo rural, desarrollo institucional y política integral de tierras. La ventaja es que se sabe cuál es la situación, qué se puede hacer y cómo hacerlo.
La tarea es, sin duda, de grandes proporciones y exige compromisos igualmente grandes. No solo del Estado en todos sus niveles, sino de quienes habitan en la Colombia de ciudades, que deben entender que los pasos dados recientemente con el reconocimiento de las víctimas y el esfuerzo de restituir las tierras son de un valor incalculable pero apenas representan una gota de sudor frente al esfuerzo requerido.
La comunidad internacional, por supuesto, también está llamada a desempeñar un papel catalizador para construir y fortalecer ese concierto de voluntades. Sea este el momento para agradecer a la Agencia Canadiense de Desarrollo Internacional (acdi), la Agencia Catalana para la Cooperación al Desarrollo (accd), la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid), la Agencia Sueca de Cooperación Internacional (asdi), la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid) y las embajadas de Suecia, Noruega y del Reino de los Países Bajos, sin cuyo concurso hubiera sido imposible este esfuerzo.
Ocho años separan a este del anterior Informe Nacional de Desarrollo Humano. Nuestro deseo más sincero es que el siguiente Informe tenga como tema central las capacidades, los retos y los desafíos de un país en paz y moderno, que tiene un lugar en la economía mundial y avanza sin tregua hacia más desarrollo humano para todos sus habitantes.
Por: Bruno Moro, Representante Residente del PNUD en Colombia, en la presentación del Informe de Desarrollo Humano 2011 “Colombia Rural razones para la esperanza”
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