Miércoles, 12 de Enero de 2011 17:52
Escrito por Paola Andrea Cardona Franco
Hacía muchísimos meses que no escribía, por lo menos algo más allá de correos y cartas. Y fue don Fernando Jaramillo el causante de que retomara en noviembre del año pasado esta práctica. Me animó y tuvo la paciencia para esperar hasta el último instante mi texto para la revista Anales del Centro de Historia. Desde entonces me volví a quedar quieta y hoy nuevamente es él quien me lleva a armar unas cuantas frases.
Por eso quiero enviarle a él y compartirlo con ustedes, paisanos, este último correo.
Saludos,
Paola Andrea Cardona Franco
Don Fernando:
Tan encarretado que estaba usted con esto de los correos electrónicos (Paola, ya tengo la cuenta, pero no sé cómo enviar las fotos a Ricardo para la revista, es que me quedan muy pesadas… Paola y es que envían unos mensajes tan bonitos por internet… Paola es que esa base de datos de paisanos hay que aprovecharla más)… pues bien, quiero escribirle uno que quedaba pendiente.
Justo estoy viendo el último correo que me envió el 25 de diciembre:
Que esta navidad sea motivo de Regocijo, Alegría y Paz.
Agradecemos a cada uno de ustedes el acompañamiento durante este año en el cumplimiento de nuestros propósitos.
FELIZ NAVIDAD
PROSPERO AÑO 2011
Nota: Ya tenemos la revista #12 en la ciudad de Medellín muy pronto le haremos entrega a cada miembro del centro de historia, con el fin de recuperar algunos dineros la contribución por revista es de 5.000 pesos para el público, pedimos una gran colaboración que cada uno de nosotros vendamos mínimo 10 números. En San Vicente colocaremos varios puntos de venta.
Cordial saludo para toda su familia.
Fernando Jaramillo G.
Ahí está pintado usted, con su amabilidad, con su cabecita canosa siempre puesta en San Vicente.
Pero es que la cosa y la vaina –como bien diría usted- es que se nos fue muy pronto don Fernando.
Tenía yo todavía pendientes de la Secretaría del Centro de Historia por entregarle, pero ¡qué afán tenía de hacerlo! viéndolo a usted tan vital, caminando siempre sin pereza de aquí para allá, que legalizando la Corporación, que distribuyendo las revistas, que acompañando a los papás a los exámenes médicos, que en el curso de carpintería, ay don Fernando usted como que no se cansaba. Entonces yo pensaba que lo iba a tener mucho tiempo para saldar estas deudas del Centro, las mismas que dejamos por escrito en una hoja de cuaderno con su firma y la mía, fotocopiada por usted, porque eso sí: todo le gustaba hacerlo de la manera correcta.
Eso fue una tarde de esas en que se aparecía por mi oficina, allá en su Universidad de Antioquia. Porque se iba a hacer vueltas y aprovechaba pa’ saludar y llevarme alguna hojita del pueblo, algún libro. Y entonces lo veía yo ahí con su infaltable maletín en el que no podía faltar tampoco la agenda y el paraguas. Y hablábamos largos ratos, me contaba del pueblo, y nos íbamos juntos en el metro hacia el sur recordando historias, anécdotas, ideando y me repetía usted lo que por primera vez le escuché cuando me metí en el cuento de la Corporación:
“Esto necesita un motorcito, hay que llamar a la gente, hay que convocar. Si el motorcito no se mueve…” Pero el problema es que usted era ese motorcito: ¿quién nos va a llamar, quién nos va a recordar los compromisos, quién nos va a avisar?
Yo y seguramente muchos paisanos nos sentimos en este momento un poco huérfanos. ¿Quién como usted va a estar pendiente de nosotros? ¿Quién nos va a ayudar a organizar los encuentros de sanvicentinos? ¿a quién le vamos a confiar el manejo de los recursos con la tranquilidad que lo hacíamos con usted?
Y como le venía diciendo, no estaba yo preparada para esto. No tuve oportunidad de decirle gracias, porque sin que se lo dijera directamente, fue usted un verdadero amigo. Fue el que apoyó mis ideas, el que me aconsejó y el que me ayudó a secar algunas lágrimas. El que en medio de las dificultades, me mostraba nuevos caminos.
Ya no podré escuchar sus historias de la noche aquella en que doña Fany y usted tuvieron que atender un evento porque los demás organizadores se emborracharon, o de sus viajes con Fernando Villegas por las veredas de San Vicente, o del paseo que organizó con la Corporación a la Piedra de Peñolcito en que un enjambre de abejas atacó a los viajeros, o de los robos de equipos que usted tan celosamente cuidaba en la Universidad.
No podré reírme con esas historias, no podré sentir más aquella tranquilidad que usted transmitía. Porque nunca lo vi enojado, nunca fuera de lugar.
¿Qué pasó don Fernando? Me cuesta muchísimo asumir que ya no lo veré en las reuniones. Siento pena por aquellos que se perdieron la oportunidad de conocerlo. Para mí fue una fortuna, un ejemplo de rectitud, de responsabilidad, de persistencia, de paciencia… Se fue uno de mis muy pocos amigos, y eso duele.
Qué cosa, qué vaina.
Por Paola Andrea Cardona Franco
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