Viernes, 27 de Agosto de 2010 08:01
Escrito por Guillermo Zuluaga Ceballos

Segunda (y última) parte - Con relación al artículo “La noche es vida”, recibí numerosos correos electrónicos: la mayoría de amigos no residentes en el municipio, cuestionaban las medidas tomadas; otros reafirmaban que de esa forma no valía la pena ir un fin de semana a San Vicente sí de tomarse unos traguitos y disfrutar de la noche se trataba; algún funcionario municipal “cómodo con el estado de cosas” me pidió no volviera a mandarle correos y otro dividió al municipio entre “buenos” y “malos”, donde querer quedarse otro rato en la calle lo hacía a uno merecedor al segundo calificativo. Otro amigo dijo que lo mejor era que quien “quisiera invitar a un traguito sabía que tenía que hacerlo en otro lado”…en fin.
Digamos que me picaron la lengua. Y si bien las segundas partes nunca han sido buenas ni el cine ni en el amor, y motivado con la cantidad de comentarios recibidos, deseo aclarar algunos elementos; y ya que el tema sigue en el aire aportar algunas “lucecitas”.
Primero que todo, el texto inicial no pretendía más que hacer una comparación entre una ciudad agobiada por el terror que recurre a ampliar horarios para tener a la gente contenta y atraer de paso gentes de otras regiones, y un municipio tradicionalmente tranquilo donde innecesariamente mandan a dormir a la gente a tempraneras horas.
(Valga aclarar que no era un ataque a la fuerza pública; sobraría decir que he sido respetuoso de la autoridad y admirador de su oficio, tanto que el primer trabajo periodístico de renombre fue un reportaje en homenaje al Policía más recordado en San Vicente, y que luego en un libro sobre víctimas del conflicto armado incluí, contra los prejuicios de muchos, un testimonio de un agente secuestrado, pese a que estudiosos me cuestionaron por incluirlo pues “él no era población civil” como el resto de víctimas reseñados en la obra. Pero eso es harina de otro costal).
No era tampoco una defensa del consumo de licor desmedido, como alguien sugirió. Soy muy consciente –y lastimosamente he padecido- los problemas que generan sus excesos.
Pues bien, ya que el tema aún no se apaga, y que sigue generando tan embriagantes comentarios, quiero ya insistir, no desde la crónica, sino desde la experiencia profesional, como quiera que ayudé a construir el Manual de Convivencia para Medellín, donde el asunto de la noche fue uno de los temas más complejos. Así muchos no lo acepten, experiencias externas nos pueden aportar algunas enseñanzas.
La ciudad de Medellín, estigmatizada por la violencia que muda de piel cada tanto, ha tenido en la noche uno de sus grandes retos. Desde los años 80 cuando el narcotráfico y su poder corruptor empezó a hacer de las suyas, la dirigencia ha pensado cómo hacerle frente. Los bandidos se hicieron dueños de la noche y la ciudad no se encerró. Salió a la calle empujada por las Administraciones. Inicialmente fue el alcalde William Jaramillo, quien para contrarrestar los homicidios de jóvenes en las laderas nororientales institucionalizó el programa “noche de tango en la 45”. El sonido de los bandoneones le robó protagonismo al eco de las balas. Luego en el tiempo, Luis Pérez, agobiado por la violencia del conflicto armado, y queriendo internacionalizar a Medellín, se inventó lo de “vida las 24 horas del día”, pues según él, una “ciudad diurna era incompleta”, y comenzó a ofrecer certámenes y no solo “medidas coercitivas que le nieguen –a la ciudad- su potencialidad”.
Sergio Fajardo, heredero de la ciudad, con sus asuntos positivos y negativos, se inventó “Medellín despierta para la vida” y siguió apostándole a la noche: llenó a la ciudad de actividades deportivas, culturales: noches de cine, jornadas barriales y comercio abierto las 24 horas en fechas especiales. Valga señalar que para ello tuvo que llegar a acuerdos con comerciantes, pero ello conduciría, de carambola, al fortalecimiento de éstos como gremio. Todos estos programas tenían como propósito, “profundizar la legalidad, la autorregulación y la convivencia”. (Recuerdo en especial que una noche, el periodista Nestor Armando Alzate y el suscrito fuimos invitados a conversar acerca de la vida nocturna en la ciudad. El sitio de encuentro no fue un auditorio; fue una taberna reconocida por el expendio de licor y de drogas. Ese sitio pudo ser sellado, pero la Administración Municipal quiso apostarle al enriquecedor ejercicio de la conversa). “Nos tomamos” ese sitio.
Medellín se ha llenado de ejemplos y aunque la criminalidad sigue, sus autoridades siguen apostándole a la vida. A vivir la ciudad plenamente.
Entonces, uno se pregunta qué pasa en el Municipio de San Vicente. ¿Sí será cerrar los negocios temprano la mejor solución?
Quién gana y quién pierde con estas medidas. Creo que los ganadores serán los vendedores de droga y de licor adulterado, pues los jóvenes –público objetivo de esta medida- tienen muchas energías a las 11 de la noche. Ganarán además los dueños de locales en las cercanías municipales…ganarán ojalá que no, las aseguradoras y las funerarias con los accidentes de tránsito que habrá en las vías cuando jóvenes no en muy buenas condiciones quieran ir a seguir la rumba en municipios cercanos.
¿Quiénes pierden? Las mamás pensado en unos hijos que a lo mejor se fueron a otro lado a donde nadie los conoce. Perderán los comerciantes, los transportadores que no tendrán muchos clientes ni pasajeros… perderá la Administración municipal pues de la noche se derivan muchos sustentos y muchos impuestos que ayudan con las obras. Pierde en general el municipio, pues mientras al Oriente, gracias a una violencia que ha menguado, regresa y regresa gente a descansar o disfrutar –que no es un pecado-, nuestro municipio será uno de los últimos destinos a la hora de escoger sitio para ir a disfrutar una noche. Aparte de pueblo desorganizado, pacato.
Yo creo pues que cerrar locales comerciales temprano no es la medida más importante a largo plazo. Qué tal si aprendemos de los vecinos, y le metemos un poco de creatividad. Porque valga decir que si en el manejo de la Convivencia sólo se trata de controlar, pues entonces no tengamos secretario de gobierno ni alcalde sino simplemente elijamos cada cuatro años un Inspector de Policía.
El Poder Ejecutivo, al contrario, debe aportar ideas, convocar, crear consensos.
En tal sentido, creo que San Vicente tiene que apostarle a recuperar la noche para el disfrute. Pues pocos atributos tenemos. Qué tal si en vez de quejarnos de los muchachos revoltosos, los llevamos a un buen concierto de rock donde se prohíba el ingreso de drogas y de licor. Una rumba zanahoria como las que hizo el alcalde de Bogotá. O llevar una noche de cine y de tertulia a los sitios más “problemáticos”. O por qué no, cerrar una calle una noche y hacer “una chocolatada”, donde se premie a las familias más unidas….
Claro que como los más ganadores con darle vida a la noche son los comerciantes, pienso que también llegó la hora de que ellos pongan de su parte. En Medellín ellos son partícipes de los programas: aportan propuestas, espacios, dineros. Y valga decir que en San Vicente –salvo excepciones- sólo se ocupan cuando les tocan sus bolsillos pero no piensan a largo plazo en el Municipio. Fui testigo alguna vez cuando quisimos llevar una gran orquesta al parque y la mayoría de dueños de locales sacaron el bulto y no vieron en ello una apuesta a largo plazo por nuestro turismo. Me parece ver a muchos de ellos ahora quejándose. Ojalá esta coyuntura los lleve a mirar cómo pueden contribuir también con el municipio pues si este anda bien, también serán ellos los más beneficiados.
Finalmente, entre muchas, caigo en cuenta de algo:
Qué tal si a los tres o cuatro muchachitos más revoltosos, en vez de enfrentarnos a ellos, les damos un tarro de pintura y un par de brochas –patrocinados -por qué no- por los comerciantes- y los ponemos a pintar esas horribles partes traseras y a tumbar esos horrendos tendederos de ropa de las casas de San Vicente. Así, de paso algún día tenemos ese Pueblo Blanco soñado hace más de 10 años por mi querido Ricardo Zuluaga. Eso sí sería apostarle a la convivencia. Y al turismo, claro. Y ellos –los jóvenes- se sentirán tenidos en cuenta.
Como ven queridos amigos, soñar no cuesta nada. Pero que no nos manden, pues, a soñar temprano. Déjenos por favor seguir disfrutando de la noche y sus ensueños…
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