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San Rafael. Don Jorge me extendió su mano y me dijo: “esta es la despedida hermano”. La mano ya era un chamizo de huesos, piel y venas. A ella me agarré para impulsarme en un abrazo. Noté que tales efluvios sentimentales no cuadraban al tono y al modo de su despedida, aunque fuera para siempre; mucho menos a su carácter. Por eso las lágrimas que pugnaban por salir se quedaron contenidas. Él tan solo me dio una palmada casi imperceptible en la espalda, que sentí como una orden para regresar a mi asiento con dignidad.

Don Jorge languidecía en su cama. Reclinado a la baranda nos enseñaba su cuerpo de pliegues envolviendo huesos; como un estandarte que se ha ondeado en mil combates y ahora reposa. “Que Dios me mande lo que más me convenga”. Y lo que más le convenía, todos lo sabíamos, era la muerte. Él más que nadie lo sabía...o lo deseaba. Porque sólo quienes vimos a este viejo arriero devorando tierra con sus pasos diminutos y constantes, éramos conscientes de lo que para él significaba detenerse. Le dolían los huesos; le dolía el camino quieto bajo sus pies.

Don Jorge Rincón*, el arriero, ha muerto. Lo conocí una noche en su casa de la vereda La Rápida en San Rafael. Lo busqué para que me hablara del camino antiguo del Nare; el camino de Islitas. Me contó de sus viajes y de sus muladas. Me contó de las montañas de calaveras que vio apiladas por allá por las vegas del Magdalena cuando la violencia de los cincuenta hizo célebres en la región los nombres de chusmeros y pájaros: Chilcote, Rayo, Vampiro, Trino García, Cenón Gutiérrez. Me contó también, claro, del camino. El que se me había convertido en una obsesión desde que leí la crónica del viajero sueco Carl August Gosselman. Quería recorrerlo de nuevo; auscultar los mismos lugares que él describió; redescubrir la memoria de un camino casi extinto pero que aparecía una y otra vez en la historia del Oriente Antioqueño y de Colombia.  Aquél camino que trasegó mercancía a hombros de carguero, o de señores sentados a lomo de silleteros. Tal vez don Jorge podía ser una llave.

“Yo lo acompaño”, me dijo don Jorge. Y ni siquiera su voz recia al decirlo y el gesto impasible alumbrado por las velas, me hacían olvidar que tenía enfrente mío a un anciano de 80 años. Eludiendo la incomodidad de responder, continué conversando. Esa noche me fui feliz de su casa; al fin tenía información valiosa de un testigo vivo del camino.

Tiempo después supe de la proeza. Don Jorge caminó desde San Rafael hasta Medellín participando en el evento de arrieros de la gobernación de Antioquia. “¿Será posible?. Realmente podría ser el guía del camino”, pensé. No sólo caminó, sino que cautivó la atención por su energía y capacidad para caminar. “Aquí hay más arriadores que arrieros”, decía él reprochando la torpeza de algunos de los participantes para tratar una mula o para liar una carga. Tomó aguardiente y se convirtió en el sabio patriarca del recorrido. En ese momento tomé en serio su propuesta y decidí preparar la soñada empresa del camino de Islitas.

En mi cabeza imaginaba, algo así, como una expedición victoriana explorando el África: muchos dibujos y crónicas. Le contagié el entusiasmo al maestro Carlos Osorio, pintor y dibujante; con él se interesó su compañera la antropóloga María del Carmen Bedoya y después el director del museo de Guatapé, eximio caminante, profesor e historiador empírico, Álvaro Idárraga.

Hablar sobre las maravillas que encontramos en esa travesía de siete días desde Puerto Nare hasta Guatapé será tema de otra larga historia. Por ahora, basta decir, que el titán fue don Jorge. Ascendiendo sus 81 años y sus 155 cms de estatura por las cumbres. Superando barro, cascajo y horganales con pasos cortos e infatigables, semejaba un duende benefactor enviado por Dios a la tierra con la única misión de caminar. Por eso desesperaba cuando nosotros nos deteníamos para dibujar, escribir, tomar fotografías o confrontar el paisaje con el texto de Gosselmann. “Si paro me duelen las rodillas…todos los huesos”, decía. Lo angustiaban las noches porque le costaba conciliar el sueño. Si por él fuera, desearía dormir mientras caminaba.

Tomaba aguardiente y sus ojos brillaban. Encendía un cigarro y empezaba a hilar historias. Le servía para mitigar el dolor. Calculaba el camino y las leguas, desgranaba nombres de lugares. Sus arrugas eran un mapa de infinitos caminos recorridos.
Lo vi derramar lágrimas en Guatapé al despedirse de nosotros. No gemir, ni llorar, sino derramar lágrimas. Entonces estuve aún más seguro de que nada es casualidad. De que, entre tantas otras cosas, don Jorge estaba destinado para mostrarnos el camino. Y para nosotros ha sido un honor.
Dios le pague don Jorge por otorgarnos su atención de arriero. Me consuela pensar que podrá seguir caminando sin dolor, lejos de los huesos que lo ataban. Ahora entiendo la dicha suya don Jorge, ese día en que nos despedimos, cuando usted nos contó que había soñado cómo se levantaba de la cama y cogía camino. Ande don Jorge, ande tranquilo, que en el camino nos encontramos. 

* El arriero Don Jorge Rincón murió el pasado domingo 7 de septiembre a las diez y media de la noche en el municipio de San Rafael. Sepultado en el cementerio de la localidad a las  4 de la tarde del lunes 8 de septiembre. Éste es un homenaje póstumo de su amigo Juan Alberto Gómez.  
        

Comentarios en el Chat de Inforiente

Buenos días, leí el homenaje que le hacen a don Jorge Rincón el arriero, yo diría el maestro, fue mi amigo en la vereda El Arenal, viví gratos momentos disfrutando de su compañía me encantaron sus historias. Felicito a Inforiente por ese homenaje tan merecido a este gran hombre.

miguelzu (09:12:59)

 

 

 

 

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