Domingo, 14 de Diciembre de 2008 05:05
San Rafael. En el corregimiento El Bizcocho, del municipio de San Rafael, el padre de esta familia hace más de 45 años decidió construir un cementerio para que los restos de sus seres queridos nunca se perdieran.
Si usted se consigue el permiso, yo me voy de aquí- le dijo el entonces párroco de San Rafael, Ramón Gómez (mediados de los 60) a Medardo Mazo cuando este le pidió que le bendijera el cementerio familiar que había construido en su finca.
-Pues vaya empacando porque eso sí se consigue- le respondió Medardo.
De eso hace aproximadamente 45 años, tiempo en el que Medardo y su familia vivían en una colina desde la cual se divisaba el pueblo y el cementerio municipal. Desde allí un día vio como una máquina arrastraba y tiraba a la quebrada La Quinta los restos humanos que no habían sido reclamados por sus familiares cuando se decidió reformar el cementerio para construir bóvedas porque ya no había espacio para enterrar en el piso.
Esta escena y la situación que días antes había acompañado a un amigo a sacar los restos de un familiar, los cuales no encontraron, motivaron a Medardo a hacer un cementerio para su familia.
-No voy a permitir que mi familia ni yo, después de muertos, seamos comida de gallinazos y de cerdos-, le dijo a sus hijos y esposa.
-Mañana mismo me voy a hacer un cementerio en la Judea (una finca que tenía en el Bizcocho)- expresó con la firmeza que siempre lo caracterizó. Y efectivamente al otro día madrugó a contratar los trabajadores.
Cuenta Rocío, una de sus hijas, que su padre no le tenía miedo a la muerte, pero si un gran respeto por quienes dejaban el mundo. Por eso también contrató a un ebanista para que hiciera los ataúdes.
El ebanista solo construyó tres, por lo que le tocó comprar otros tantos, los cuales guardó por mucho tiempo en una de las casas de La Judea.
Pasaron varios años en los que en el cementerio solo se enterraron semillas. Un Ángel del silencio, la Virgen del Perpetuo Socorro, un Cristo y un monumento a la madre, que Medardo mandó a traer de Medellín, custodiaban la capilla y esperaban al primero de los Mazo que ocuparía la primera bóveda.
Su esposa María del Rosario, en 1969, fue la primera en llegar y la única en usar uno de los féretros pues los otros se pudrieron con los años.
Antes de empezar a construir el cementerio había ido donde el párroco Román Gómez, para informarle de su propósito y el padre sorprendido le dijo qué como se le ocurría que iba a hacer eso, que eso no estaba permitido.
-Pues padre eso es muy sencillo, cuando Dios bendijo la tierra no dijo que ese pedazo se iba a quedar sin bendecir por eso voy a hacerlo allá y sino lo bendicen pues ya está bendito por Dios- le contestó Medardo.
El padre trató de hacerlo desistir de esa idea argumentando que entonces ya a todo el mundo le iba a dar por construir su cementerio.
-Era de mucho arranque y lo que decía lo cumplía-, dice Rocío, una de sus hijas, al contar la historia.
Como el padre Román no quiso ir a La Judea a celebrar la eucaristía a su esposa, a pesar que había estado la noche anterior a su muerte, la llevaron a San Rafael, pero luego la trajeron para La Judea acompañados por mucha gente, según Rocío.
-Así empezamos a acostumbrarnos a convivir con la muerte-señala Rocío.
Medardo justificaba su cementerio en la vivencia. -Cuando uno se muere lo llevan al cementerio de San Rafael y ya nadie se vuelve a asomar, pero en la finca cada que alguien pase entra y le reza un padrenuestro-.
Rocío afirma que cuando llegan de Medellín, lo primero que hacen es saludarlos y rezarles un padrenuestro y "cuando nos vamos nos despedimos bueno queridos hasta que nos volvamos a ver y cuiden, cuiden la finca".
Segundo matrimonio
A los dos años de quedar viudo Medardo se volvió a casar atendiendo la sugerencia de su esposa que incluso antes de morir le había dicho "yo sé que a usted le va a ser muy difícil casarse de nuevo, ojalá la iglesia lo permitiera antes de que yo me muera"
Antes de encontrar la que sería su segunda esposa pasaron muchas candidatas. La primera fue una cuñada que le dio una negativa rotunda. Luego se fue para Alejandría y allí le propuso a otra, que sus hijos no conocían, que le dijo que sí, pero que le escriturara una finca. Él le respondió usted se va a casar conmigo o con la finca. No le gustó.
Se fue para Santo Domingo a hacerle la proposición a otra que entre los muchos inconvenientes que le vio, fue que él ya tenía muchos hijos y muy crecidos. Medardo le dijo que si era que se iba a casar con los hijos o con él. Tampoco le gustó.
Regresó a San Rafael y le dijo al padre que él necesitaba una novia. Éste le llevó varias candidatas. Una de ellas era una profesora jubilada pero la rechazó porque era muy religiosa. "Me tocaría echármela a la espalda todos los días para llevarla a misa". Le buscó una que tenía muchas casas. "Me pone a coger goteras y ya estoy muy viejo para encaramarme a un techo".
Hasta que encontró a una muchacha de 26 años, buena y muy juiciosa, hija de una señora que trabajó en su finca, con la que se casó 20 días después de conocerla.
Antes le mandó a arreglar la dentadura y comprar vestidos porque era muy humilde. Con ella tuvo tres hijos que han manifestado su deseo de estar al lado de su padre y de sus 13 hermanos medios, de los cuales siete ya descansan en La Judea.
El primero fue Carlos, quien murió en 1987, 18 años después que su madre María del Rosario. Medardo el día de las exequias le había dicho a Carlos "vaya a hacerle compañía a su madre que lleva muchos años sola, que ligero voy yo a acompañarlos".
Y así fue, seis meses después, teniendo 84 años, le cumplió a su hijo y fue a hacerles compañía y allí espera a sus otros nueve hijos, incluidos los del segundo matrimonio, y a la madre de estos.
Las vueltas con autoridades eclesiásticas
Antes de cumplir un año de muerta su esposa, Medardo habló con Monseñor Héctor Urrea, secretario de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (Celam) en Bogotá y le dijo que necesitaba que le bendijeran el cementerio porque el párroco de San Rafael le había exigido que debía conseguir el permiso para el cementerio, el cual se gestionó en Roma. Además sustenta su legalidad en los cánones 1208 al 1212 del Código de Derecho Canónico.
Juan Guillermo Duque - Periódico El Colombiano
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