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Columnista invitado. Los municipios de Granada y La Unión, en el Oriente Antioqueño, acogieron por espacio de tres días a más de 500 víctimas del conflicto armado provenientes de cada uno de las 23 localidades de esta subregión del departamento.
Los propósitos eran claros: por un lado, reivindicar las diferentes acciones de recuperación de memoria histórica que vienen realizando las comunidades que por años padecieron el accionar de grupos guerrilleros y paramilitares; de otro, fortalecer el movimiento de víctimas que viene creciendo en número, e incidencia pública.
Y es que entre las víctimas del Oriente Antioqueño, el anhelo de verdad, justicia y reparación es más fuerte que el temor de vivir en una región donde el conflicto aún permanece y donde los victimarios del pasado se pavonean por estos pueblos como dignos representantes de una fuerza impune y victoriosa.
Ellas (las víctimas) han entendido algo que la sociedad antioqueña, y en general del país, quiere pasar de alto: sólo se podrá avanzar en la reconstrucción de tejido social si se reconstruye la historia de lo que fue la vida antes, durante y después del conflicto.
Bien lo decían varios de los asistentes presentes tanto en Granada como en La Unión: “la verdadera muerte es el olvido” y por eso, cada vez es mayor el número de personas que se niegan a olvidar. Hacerlo no sólo significaría desconocer la ocurrencia de unos hechos que merecen ser esclarecidos y juzgados sus culpables, sino que también sería un craso error para las generaciones futuras, pues no conocerían el horror que le tocó vivir a sus mayores.
Ante el desequilibrio jurídico que significó el proceso de desmovilización y la posterior aplicación de la Ley de Justicia y Paz, las víctimas han encontrado en los ejercicios de recuperación de memoria una oportunidad para exigirle al país que escuche su verdad, que dicho sea de paso, suena más descarnada y pone en entredicho el papel de un Estado que, al parecer, no quiso protegerlas.
A través de estas experiencias, las víctimas del Oriente antioqueño han configurado un espacio de recuperación de la dignidad individual y colectiva. Desde allí, las víctimas le están diciendo a la sociedad que no quieren su conmiseración sino su solidaridad, tal como lo expresó Gloria, una víctima del conflicto armado de Granada: “no queremos que nos miren con lastima, somos ciudadanos que estamos reclamando nuestros derechos que por años fueron vulnerados”.
Y si bien aún hay muchos que también están en su derecho de olvidar todo lo vieron, escucharon y padecieron durante los años más oscuros del Oriente antioqueño, y a fe que así lo han hecho, para el resto de la sociedad es un deber y un imperativo ético recordar que en esta rica región de Antioquia, grupos de izquierda y de extrema derecha se enfrascaron en un lucha a muerte que derivó en un gran drama humanitario que aún no superamos.
No será extraño que dentro de un par de años surjan más iniciativas como lo que se viene gestando ahora en el municipio de Granada y su Salón del Nunca Más, que será inaugurado el próximo año. Allí se podrá apreciar, a través de diferentes ofrendas simbólicas, cómo, cuándo y por qué llegó el conflicto a la región.
La pregunta por la memoria apenas comienza a posicionarse en el país, y desde ya, el Oriente antioqueño da muestras de estar dispuesta a enfrentar su pasado.
Periodista Agencia de Prensa IPC
Especial para Inforiente
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