Miércoles, 08 de Diciembre de 2010 17:28
Escrito por Mario Gómez y Didier Giraldo

La historia de Granada se partió en dos a partir del 3 de noviembre del año 2000, cuando un comando de las autodefensas atacó de manera indiscriminada el pueblo de Granada.
Era un viernes a las once de la mañana, la comunidad se encontraba reunida en el Aula Múltiple del Colegio, en el Salón Parroquial y en el Hogar Niña María de las Hermanas Franciscanas, en el marco del Foro Educativo para socializar el Plan Educativo Municipal; igualmente estaba a punto de iniciarse una versión más de Festival Granadino de Teatro. El ataque empezó por la estación de servicio de gasolina donde el grupo armado asesinó a 4 personas; de ahí, por la parte alta de la población emprendió el camino de la muerte. En la cruz, arriba del colegio cayeron 2 personas; por la calle del Hospital y del Zacatín cayeron otras 4 personas; en la calle Jorge Ramón de Posada, cerca de la variante fueron asesinadas 3 personas. Los otros 6 encontraron la muerte por el camino que conduce hacia las veredas La María y Minitas.
La situación era tan desesperada, la guerra tan cruel y la situación de orden público tan azarosa que los cadáveres permanecieron desde las 11.30 am hasta entrada la noche sin que ninguna autoridad hiciera el levantamiento de los cuerpos, tal vez por temor o tal vez en espera de que la Fiscalía llegara a hacer el levantamiento… pero nadie llegó; entonces la misma comunidad se tuvo que poner en la tarea de rescatar los cadáveres y llevarlos hasta la morgue del cementerio. Posteriormente fueron trasladados hasta el salón parroquial para realizar allí el velorio colectivo.
Las personas fallecidas son mucho más que números estadísticos, son seres de carne y hueso con historia, familias y nombres propios:
1 Juan Manuel Hoyos García, de mediana estatura, era comerciante en el municipio, padre de 4 hijas, de trato amable y afectuoso, ajeno totalmente al conflicto.
2 y 3 Pablo Emilio Yepes Yepes “Chatarra” era un anciano dedicado a la cerrajería, vivía en la Calle Jorge Ramón de Posada junto con su esposa, la anciana María Leonor Noreña Aristizábal quien también fue asesinada.
4 Jesús María Gómez Aristizábal “Chocolito” era un líder reconocido de las Juntas de Acción Comunal y de los Cursillistas de Cristiandad, fue Concejal del municipio en el año 1990, experto en el cultivo del tomate chonto, vivió por mucho tiempo en la vereda El Edén donde tenía su finca; fue asesinado muy cerca de su casa.
5 Mario de Jesús Giraldo López “Carabina” era un reconocido conductor en el municipio, propietario de un camión con el que ganaba el sustento de su familia; bajaba en su carro por la calle Pichincha, entrando a la zona urbana cuando fue asesinado en el interior de su vehículo.
6 Jairo de Jesús Quiceno, más conocido como “Miro” también era conductor en el municipio, persona alegre y servicial, padre de una humilde familia con cuatro hijos, frente a uno de los cuales fue asesinado en la estación de gasolina.
7 Francisco Javier García Builes, hijo de Don Hernán García “Casiano” era un joven que vivía al cuidado de sus padres, no le hacía mal a nadie.
8 Luis Fernando Alzate Arias, joven promesa de Granada por su calidad humana y su capacidad intelectual, sacristán de la parroquia, había terminado su bachillerato, hijo de don Gildardo de Jesús Alzate (agente de policía jubilado) y de Doña María Dolores Arias, hermano de Margarita y el conocido sacerdote Juan Bautista Alzate.
Y la lista continúa…
9 Andrés Arturo Jaramillo,
10 John Ferney Hoyos Giraldo,
11 Germán de Jesús Alzate Buriticá,
12 Salomé Giraldo Giraldo,
13 Jesús Heliodoro García Giraldo,
14 Socorro Vergara,
15 Genaro de Jesús Galeano,
16 María Edelmira Gómez Zuluaga,
17 Oscar Aníbal López Naranjo,
18 Conrado López Giraldo, y
19 Nicanor de Jesús López.
Entre las víctimas hay niños, ancianos, amas de casa… personas reconocidas, humildes, trabajadoras… fue un ataque despiadado e indiscriminado. Todavía hoy retumban en nuestras mentes las palabras del entonces comandante de la Policía Antioquia Guillermo Aranda Leal, anunciando a la opinión pública por los medios masivos de comunicación que los muertos eran personas que habían salido a aplaudir una supuesta toma guerrillera fingida por el comando paramilitar, cosa absolutamente falsa y arbitraria… palabras que también asesinaron nuestra dignidad y la memoria de las víctimas.
Los granadinos creímos que con este despiadado suceso habíamos tocado fondo y habíamos conocido los límites de la guerra y del horror… pero no. Un mes y tres días después, llegó de nuevo la tragedia de la mano de los hombres de la muerte, con una cruel y devastadora toma guerrillera el día seis de diciembre, a la misma hora en que se sucedió la masacre.
Era un día miércoles, la mayor parte de los locales comerciales estaban cerrados, en parte por ser el día tradicional de descanso y en parte por la orden perentoria de desalojo que había impartido la guerrilla de las Farc con sus amenazas de toma y con sus constantes hostigamientos que se sucedían cada dos días desde la masacre paramilitar.
Unos disparos iniciales prendieron la alarma, producto del enfrentamiento entre la policía y los guerrilleros que estaban ubicando un carro bomba con 400 kilos de explosivos, que estalló en la variante, diagonal al comando de policía, en pleno corazón comercial del municipio, y de paso derrumbó como castillo de naipes dos manzanas de edificios de 4 pisos y 20 vidas humanas.
Así se inició la toma guerrillera de los frentes Noveno, Treinta y Cuatro y Cuarenta y Siete de las Farc, que duró hasta entrada la mañana del día jueves. 18 horas bajo el fuego inclemente de ametralladoras, fusiles, cilindros de gas y morteros que confinaron a la población al aterrorizado encierro en sus casas.
Nunca antes en la historia de las tomas guerrilleras a las poblaciones se había visto una destrucción de tal magnitud en un casco urbano; en la práctica fue la destrucción física y moral de la comunidad que en teoría decían representar y defender, fue un acto para vengar en la comunidad otro oprobio cometido a la comunidad. El jueves en la mañana cesó el fuego y el terror le abrió paso al horror con sus escombros, desolación y muerte. Fueron 20 personas asesinadas: 5 agentes de policía y 15 civiles. Ellos también tienen nombre, historia, familias… también eran de carne y hueso…
Delio Alonso Gómez Yepes y su hijo Fabián Alonso Gómez de 12 años de edad se encontraban juntos en la revueltería de su propiedad cuando los edificios se les vinieron encima; murieron en el altar de su trabajo dejando una familia huérfana y adolorida.
Manuel Salvador Botero, jubilado de la empresa de energía, enamorado de Granada por lo que se había quedado viviendo en el municipio, estaba en el negocio de los esposos Abad Salazar Zuluaga y Martha Inés Benjumea Salazar, reconocidos comerciantes del municipio, personas buenas, amables y sencillas. A los tres les estalló el carro bomba justo al frente del local causándoles la muerte.
Yeison Javier Rueda Ramírez, era un inocente niño que apenas iniciaba su vida y no sabía nada de guerra ni muertes; solo sabía jugar con sus carros, su amor y su inocencia cuando el odio de otros contra otros le arrancó la vida.
Lyda María Pareja Cañola era trabajadora en un negocio de concentrados para animales, al lado del antiguo comando de policía; murió trabajando, era una hermosa joven en la que se destacaba su ternura, su calidez humana y su excelente rendimiento académico.
Ese día trágico también murieron Jorge Andrés Agudelo Marín, John Alexander Ríos Sánchez, Alirio Adolfo Blandón Escobar, Domingo Enrique Ortega, Ivaldi Peñaloza Gómez, Claudia Milena Aristizábal, Héctor Emilio Quiceno, Rodrigo Giraldo Quintero, María Oliva Noreña Noreña, Herminia Rosa Aristizábal, María Margarita Duque, Ulises Vásquez García y Omar Mauricio Salazar H.
Hay quienes quisieran no recordar, hacer como que nada pasó y olvidarse totalmente de lo sucedido; tal vez es el síntoma de nuestra vergüenza social por haber llegado a los extremos a los que fuimos conducidos… pero como olvidar si el mero cambio en la fisonomía urbana se convierte en huella imborrable de memoria, si en el corazón de todos aún está el recuerdo de seres humanos valiosos que se perdieron por culpa del odio y del horror, si aún cientos de familiares suspiran al sentir en su corazón la ausencia de la ternura y la compañía de los suyos.
El solo recordar no sirve para nada si no asumimos los sucesos de manera que nos permitan no repetir esta historia de crueldad y de horror; si no queremos repetir estos sucesos se hace indispensable abrir nuestro corazón al perdón y a la reconciliación, pero ello no estará completo si no hay verdad para conocer los hechos y poder perdonar, justicia para construir una sociedad en la que podamos coexistir y reparación para enmendar nuestros errores y reconciliarnos como comunidad. Tal vez como comunidad nos cueste y no queramos asumir los por qué y los costos de la tragedia, pero al tratar de alejar lo más posible el boomerang lo único que se consigue es que retorne con mayor ímpetu. Hoy más que nunca nos tenemos que preguntar: ¿Cómo nos pasó esto? ¿Qué sucedió al interior de nuestra comunidad que nos llevó a estos niveles de barbarie? ¿Cuáles fueron las reales causas y quienes los verdaderos responsables de todo lo que tuvimos que padecer? ¿Cuanto costó en dinero la toma guerrillera y la masacre y de donde salió el mismo?...
Seguro que valieron mucho más que el costo de la reconstrucción, además hay un costo impagable en las vidas de las víctimas, en los traumas sicológicos y sociales que aún padecemos en la comunidad, en el desarraigo del territorio, en la pérdida de habitantes y el abandono de las tierras y las viviendas, miles de historias de dolor y desarraigo, tragedias individuales y colectivas que aún no han sido superadas y que tal vez nunca serán conocidas, asimiladas o superadas. Cuantos corazones de niños y jóvenes tenemos que sanar del odio y del resentimiento… cuantos perdones tendremos que lograr de quienes tuvieron que abandonar sus fincas, sus veredas y su municipio… cuan duro tenemos que trabajar para dignificar nuestro territorio y limpiarlo de la sangre que lo baña… cuanto tenemos que lograr como comunidad y como civilización para un día poder mirar de frente a la memoria de las víctimas y poderles decir que no murieron en vano y que su sangre derramada fue la semilla de una nueva sociedad más humana…
En buena hora el Salón del Nunca Más trata de dar respuesta a todos estos interrogantes mientras sigue conservando el rostro humano de la tragedia, el nombre propio de las víctimas y sus historias… porque cuando éstas se convierten en números estadísticos pasan a cosificarse porque se cuentan igual que el dinero o las vacas. La memoria de nuestras víctimas permanecerá para siempre en este lugar como recordatorio de la crueldad de la guerra, de la insensatez humana, de la injusticia, de la infamia y de la barbarie. El fin no justifica los medios.
Por: Mario Gómez y Didier Giraldo
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