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La vera es una suerte de galería, con bateas toscas, bateas de colores, bateas grandes y bateas pequeñas; frutas de madera, sillas y mesas rústicas; percheros de pared y percheros de base; juegos de alcoba, muebles rústicos y muebles de exquisita elaboración, de precios asequibles para cualquier bolsillo y otros de precios astronómicos para billeteras abultadas.
Al lado de los sitios de exhibición, con frecuencia aparece también la materia prima en su estado más natural, obras a medio hacer y artesanos sudorosos en plena labor.
Esta industria tiene tanta fuerza por sí misma en El Retiro que le permite competir con los demás pueblos turísticos del oriente antioqueño para cautivar un caudal importante de turistas antojados de llevarse un objeto único para sus casas.
Ya en el municipio, ante la vista se levantan casas de estampa pueblerina, con portazas y ventanales altísimos, de esos que ya no se usan en las ciudades. Aparecen intercaladas con una interminable sucesión de aserríos y locales dedicados a convertir la fibra natural de los árboles en elementos útiles en la vida diaria.
Son entre 85 y 90 carpinterías que hacen famoso a El Retiro en el contexto antioqueño por la calidad y variedad de muebles y cachivaches de madera.
La fama se ha ido puliendo poco a poco, durante casi 70 años. Cuenta Luis Emilio Botero a quien reconocen más como 'Matías', que el iniciador fue su abuelo Nepomuceno Botero, en 1940. Él montó el primer taller, que fue creciendo y ganando renombre a medida que los clientes de la capital antioqueña y de las fincas aledañas quedaban satisfechos.
A su vez los trabajadores de don Nepomuceno se iban independizando y la industria de la madera se expandió. Entre ellos estaban sus tres hijos, que prolongaron los buenos acabados: Belisario, Rafael y José María 'Pepe' -el padre de 'Matías'-. De los descendientes del primero solo uno decidió aceptar la herencia inmaterial de del abuelo y de 'Pepe' -que murió hace cuatro años-, tres lo hicieron y son aun carpinteros.
Como 'Matías' solo tuvo hijas, no está asegurada la continuidad de su estirpe carpintera, excepto que salga algún nieto con ganas de convertirse en aprendiz de 'Jepeto'.
De todas maneras, él ve que la tradición maderera en su patria chica está a salvo, a juzgar por el interés que ve en los jovencitos y en el saber que hay por lo menos 1.500 habitantes que devengan el sustento de la madera.
Del Centro de Formación para el Trabajo que creó la Alcaldía a mediados del 2007 y, a propósito, lleva el nombre de don 'Pepe', han egresado unas 100 personas y tiene 160 más en formación en cursos, técnicas y tecnologías en áreas afines como carpintería para la construcción, ebanistería, tapicería, artesanías en madera y guadua, arte country, pintura decorativa y marquetería.
"Me atrevería a decir que sí somos madereros pero también hemos incursionado en el área pecuaria, la actividad agrícola y el turismo", resalta la directora del Centro de Formación para el Trabajo, Patricia Duque.
Como si fuera poco, hace cinco años en el colegio Ignacio Botero Vallejo surgió el programa de Pequeños Ebanistas, con la intención de que niños de 9 a 14 años vieran en la tradición ancestral la manera de realizar su proyecto de vida.
En el pénsum no solo había horas de adiestramiento en el uso de las herramientas, sino conocimientos teóricos sobre la madera, seguridad industrial e incluso administración de empresas.
El lugar de prácticas era el taller Pinocho, donde había serruchos, taladros, martillos, cepillos y sinfines, todos tan pequeños como el tamaño de los usuarios.
Luis David Restrepo, un niño de 11 años, exhibe orgulloso dos percheros y un avioncito que hizo en esa época, cuando tenía 7. La verdad sea dicha, apenas son pequeños troncos unidos de manera rudimentaria; nada similares a los que se exhiben en la carretera, pero él los conserva como sus juguetes favoritos.
"Uno se entretiene en cosas que no sea la droga y puede hacer algo productivo. La madera uno la puede trabajar y crear cosas muy bonitas", dice.
El aprendizaje se truncó en el 2007 con el traslado de la profesora que creó el programa, Lucía Loaiza. Luego, el centro de Formación para el Trabajo ha tratado de sostenerlo así sea a media máquina, cuatro horas semanales, y con carpinteros voluntarios debido a que no ha podido darle recursos porque su público son los jóvenes mayores de 16 años.
La intención, según Patricia Duque, es tenerlo el resto de este año con los signos vitales mínimos y darle un nuevo aire en el 2010 como semillero de carpinteros.
Luis David espera ansioso ese momento, pues aspira a aprender a hacer muebles tan bonitos y pulidos como los que venden su papá y sus tíos. Probablemente cuando sea grande mostrará el perchero tosco y el avioncito como un recuerdo de sus primeros 'pinitos'.
Néstor Alonso López L.
Enviado Especial de EL TIEMPO
EL RETIRO (ORIENTE ANTIOQUEÑO) - eltiempo.com