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Con razón el viejo Marco Tulio se atornilló a esta tierra y no se quiere morir. Y con razón los tres hijos que le quedan vivos -Gerardo, Berta y Mariela- no quieren despedirlo al cielo, pues el cucho se siente un muchachón y en vez de atormentarlos con caprichos y rabietas, les arrebata risas y les cuenta historias. Ellos, a su vez, lo cuidan y lo llenan de amor.

En medio de un paisaje exuberante, en la vereda La Peña, de Cocorná, entre peñas, llanuras, cañaverales y ríos cristalinos, habita este anciano que el próximo 31 de diciembre cumplirá 111 años y se mantiene tan campante como si tuviera 70.

Así cualquiera se anima a vivir, aunque sea exageradamente, exagerados días (40.515 mal contados). No más que lo diga él, que a pesar de no ser rico, de no tener una pensión decente y de haber vivido casi toda su vida en una de las zonas más golpeadas por la violencia en los últimos 30 años -el Oriente de Antioquia-, todo le ha zumbado como por encimita: las balas, las amenazas y hasta los primeros aviones que cruzaron el cielo.

-¡Ave María!, cuando pasó el primero, la gente oyó a lo lejos el sonido, pensaron que la tierra se estaba abriendo, que el ruido venía de adentro, y todos se arrodillaron a rezar de miedo, pero yo sí no, no conozco eso-, cuenta el viejo sentado en una silla y con un libro en sus manos, aunque muy cerquita de los ojos, eso sí.

Se titula "Una vida con propósito" , de esos que le gustan a él, que hable de Dios, que traiga mensajes positivos, que le agradan no porque sea viejo y ya esté aferrado al Creador, en el que cree con toda la fe, sino porque -dice él- hay que leer cosas que aporten al espíritu.

-Por eso no veo televisión, no le saco gracia a esas pendejadas, ahí una que otra vez, pero me gusta más la lectura, dice Marco Tulio, así, muy fluido, muy concreto al hablar, como cuando tenía 15 años y era el mejor de la clase y por eso el profesor le prestaba los mejores libros.

Tantos recuerdos...
El 31 de diciembre de 1898, en Cocorná, nació él, Marco Tulio Atehortúa Daza, que sólo vino a sacar su cédula el 16 de enero de 1957, la número 535.996, que sus hijos, nietos y bisnietos cuidan como un tesoro, pues es la prueba reina de que su viejito ha trajinado por tres siglos y sigue tan campante.

Ahí, tan orondo, le tocó enterrar a sus padres, a cuatro hijos -Esther, Manuel, Gustavo y Fernando- y a todos sus hermanos, incluido un Calixto que él confunde con un hijo, hasta que los demás se lo aclaran.

-¡Ah!, sí, hermano, hermano-, repite el viejo y luego da las mejores sorpresas, pues cuenta, con sus labios, la fecha exacta cuando nació y el año en que murió su esposa:

-Ella se llamaba Clara Inés Castaño, murió en el 84, era muy buena mujer. ¿Qué recuerdo de ella?... que tenía un poco de años y estaba todavía buena, ja, ja, ja-, apunta y añade que eso no se olvida fácil.

Ni fácil ni nunca. Por eso, para sentirla cerca, la trae a cada rato a sus sueños. Y ríe malicioso cuando se le pregunta que si alguna vez le puso cachos o que si era celosa. Luego, deja ver que uno de sus parches favoritos es sentarse junto a la puerta de su casa a mirar una foto en la que están juntos, él abrazándola.

Entonces, sus ojos se clavan fijos en el retrato. Y recuerda cosas. Detalles, un besito, las caricias, vaya a saber qué, porque sólo la contempla y nada más.

Hay que ver cómo se suelta a hablar el viejo Marco Tulio cuando narra sus hazañas de joven, cómo se emociona al recordar sus tiempos de policía o los dos años que vivió en Medellín o cuando fue zapatero en su pueblo y los tiempos en que hacía jíqueras y alpargatas de cabuya.

-Allá en Medellín hacía puertas, ventanas, pa'qué, ganaba bien, pero por allá era muy duro, me aburrí de toda esa violencia, pero no por miedo sino por mis hijos. ¿De policía? ¡Ahh!, ja, ja, hasta por allá lejos a Rionegro iba y traía los matones y cogí fama de bravo, no me temblaba la mano y me respetaron-.

Orlando, uno de sus nietos, de los más de sesenta que tiene, afirma que su abuelo es alegre, que come de todo lo que se le atraviesa, que fuma tabaco y que bebe aguardiente o ron como si estuviera tomando agua.

-Él no tiene caprichos, al contrario, nos hace la vida alegre, nos hace reír y no molesta pa'nada-, sostiene.

Reinaldo, un bisnieto (de los que se cuentan unos sesenta, además de 8 tataranietos) dice que quisiera ver por muchos años a su bisabuelo vivo.

-Como está, va a vivir por ahí hasta el 2020, no se queja de nada-, reitera.

-No más me duele la rodilla, la derecha, pero toca aguantar-, se queja el viejo, que en su vida sólo se ha puesto dos inyecciones y nunca estuvo hospitalizado. Lo dice él y lo confirman sus nietos y bisnietos.

José Aristizábal, un tipeador, expresa que "el viejo se mantiene como una roca en las montañas de Oriente".

Es digno de admirar el viejo Marco Tulio, que a su siglo y 11 años de vida le ha agregado sentido del humor, miles de recuerdos buenos, muchas oraciones y lecturas y toda la ternura del mundo.

¡Ah!, y chorro. Chorro, garra y empella, porque extrañamente las cosas que les hacen daño a los demás, a él lo revitalizan:

-Come empella de cerdo, la carne pulpa la mastica y la bota, no le gusta, pero se le come todo el gordo, se fuma un tabaco al día por la mañana y toma aguardientico-, cuenta Carmen Julia Gómez, una de sus nueras y quien se desvive cuidándolo.

Por lo que se ve, nada atormenta a Marco Tulio. Ni el miedo a morir, "porque Dios sabe cuándo me va a llamar pa'ondel". Ni el temor a que le hagan algo, porque ahí, en el rancho de La Peña se quedó sentado cuando guerrilleros y paramilitares llegaron con sus amenazas e hicieron desplazar a sus hijos, nietos y bisnietos y sólo la soledad que se le hizo insoportable lo obligó a ir a juntarse con los suyos.

Luego vino el retorno y ahí está. Sordo para no escuchar los aviones ni las máquinas del trapiche familiar y para que quien quiera hablarle, tenga que acercarse hasta su oreja. Con la vista necesaria para poder leer sin gafas sus libros sobre Dios y sólo distinguir al que está máximo a tres metros de distancia. Y tan en sus cabales, que muchas veces es quien lleva la batuta en las conversaciones familiares.

Buena fortuna para esta familia que goza de este viejo alegre y sin achaques. Buena fortuna para él, que tiene decenas de personas a su alrededor mimándolo.

¿Cuándo lo llamará Dios a rendir cuentas?

-Él sabrá, no tengo miedo, aquí estoy esperando y con ganas de seguir viviendo-, repite Marco Tulio, que para no dejar dudas de su vitalidad, simplemente recalca:

-O cuál es el afán ¿ah?...
  
La familia lucha porque el viejo tenga la cédula nueva

Por haber trabajado en oficios informales y de campesino, Marco Tulio no alcanzó pensión. En los últimos años, le han entregado una pensión de vejez que suma 150.000 pesos cada dos meses, con los cuales no es que haga muchos milagros. Ahora, la gran preocupación de su familia, de escasos recursos, es la renovación de la cédula, pues para este trámite hay que ir hasta el pueblo y el viejo no se deja mover de su casa, que queda a una hora de camino a pie y por su edad habría que sacarlo cargado. La familia ha pedido que la Registraduría vaya hasta el rancho, pero no ha sido posible que lo hagan. Lo grave es que sin cédula nueva, peligra la pensión. En este caso, sí habría que ayudarle.
 
Tomado de:  elcolombiano.com

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