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Está sentado en una silla, bajo la mirada desorbitada de un mosgam. Tiene un tridente en la mano, la boca abierta y cabalga sobre una bestia alada. No, no ésta, no es la dimensión pochevián, pero es casi su puerta: bienvenidos al taller escultórico ambiental de Juan Carlos Estrada.
 
"Desde niño tuve una inclinación al arte", dice el aprendiz de artista, como él mismo se define, a sus 50 años. Lleva barba y el pelo recogido en una cola de caballo que apenas si se le nota.

Busca en su libro rojo de apuntes para explicar el asunto pocheliano. Ahí lo tiene todo. Cuenta, entonces, que hace unos 23 años se inventó a Tropezán. "Un tipo como vos, o como yo, que vive en la casa rosada, del barrio rosado, del siglo XX. Y que fue el único que pasó por el ojo de una aguja y llegó a la dimensión pochevián, donde viven los mosgames", que quizá sean parientes lejanos de las esperanzas, los cronopios y las famas.

Se empieza a ir, a contar una historia que conecta con otra y de repente se da cuenta de que es él quien parece que cambió de dimensión, pero regresa con un sonoro "bueenoo", para explicar ahora su Relatos de zapatos, creación que expone en la recién inaugurada sede del Centro de Fe y Culturas, en El Poblado.

Huella indeleble

A Juan Carlos el país le duele, incluso, hasta en sus pasos, en el andar cansado, en los zapatos abandonados. De ahí nació Relatos de zapatos.

Recogió una docena de zapatos en la comuna 13. Y otros 12 de sus amigos. Creó con ellos un obrero, una colegiala, un desplazado, un niño en bicicleta. Hay alegría en su obra. También tristeza, desazón, dolor?

"Cada zapato me cuenta una historia y casi se convierte en ella", por eso de una bota de un soldado sale un hombre al que le falta una pierna, por ejemplo. O de un zapato infantil aparecen tres niñas jugando a la rueda rueda.

Este es un proyecto ambicioso y ala vez infinito, lo reconoce. Ya lleva dos años madurándolo y las ideas aún no se le agotan. Cada zapato que encuentra es un mundo de posibilidades.

El zapato es la base de la escultura, de la bota, el tacón o el tenis sale el personaje que se complementa con cartón piedra. Aunque lo de él también es la experimentación con materiales.

"Yo recojo aquí o allá lo que me pueda servir", explica el artista, sentado en un rincón de su taller repleto de figuras. Aquí el mosgame volador, allí el de la tierra, más allá un unicornio que debía estar listo para el cumpleaños número 15 de su hija y que ya tiene algunos años de retraso, un ángel, varios estudios y claro, los toros de lidia.

El torito silvestre

En sus palabras no son toros, apenas una aproximación. No importa el nivel de detalle que se le vea. "Yo quiero llegar es al hiperrealismo". Y es inevitable pensar en Ron Mueck y sus gigantes o en ese felino que perseguía Borges infructuosamente en El otro tigre.

Pero los toros, afirma, son su pancomer. Ellos lo llevaron a España, a Francia y le abrieron puertas en la ciudad. Han estado en el Inter, en La Macarena? cosa curiosa, este artista escultor de toros no es aficionado a la lidia.

Con ellos, sin embargo, espera ir a exponer a Bogotá, al Club El Nogal y hay invitaciones pendientes fuera de las fronteras de Colombia, también.

Por ahora se concentra en sus mosgames, en la dimensión pochevián. "Con eso no lleno la nevera, pero es pura fantasía con muchas posibilidades".

Se ajusta sus gafas del taller reparadas con un caucho en lugar de patas para que no se le caigan, cierra su libro rojo de anécdotas y sigue en su proceso de creación.

La musa del artista y su vida pasada

Juan Carlos Estrada vivió en Alejandría, en el Oriente lejano de Antioquia, pero lo sacó de allá la violencia.

Se radicó de nuevo en Medellín, donde montó su Taller Escultórico Ambiental, en el barrio Simón Bolívar, cerca de la glorieta de Don Quijote, donde dicta clases de cartón piedra.

Su familia es artística, pues su esposa, Liliana, también es escultora. Ella realiza en la actualidad una serie sobre el secuestro. Ya tiene una escultura de Ingrid Betancur, de Gloria Polanco y de un soldado encadenado hace 10 años.
 
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