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Alejandría. Los habitantes de 11 veredas de Alejandría reemplazaron sus potreros por cultivos de higuerilla, que en poco tiempo serán su sustento y su forma de encontrar el progreso. Un proyecto para la equidad.Cuando recuerda esa época de la crisis del café, se quita el sombrero y reniega: “No, no, no… Ni me hable de eso que ¡Avemaría!”. El hombre era un aventurero que había viajado desde Concepción hasta el Quindío a buscar fortuna y a cosechar café. Allá aprendió la disciplina del campo y el manejo de los cultivos. Ganó dinero y también lo perdió como miles de colombianos que se dedicaron por completo a la producción cafetera.
Esos tiempos quedaron atrás y el hombre regresó a Concepción y luego a Alejandría, en el oriente de Antioquia, a encontrar otra suerte. Allí se enamoró, se casó y hoy tiene dos hijos: Duberney, de 7 años, y Ana María, de seis meses. Vive en la vereda Tocaima y sus tierras están llenas de juicio, de levantadas en la madrugada, de sueños para el futuro y de vida. Una parte de las 10 hectáreas que tiene están sembradas de café, fríjol y maíz. Tiene también cultivos para la casa como yuca, aguacate y tomate de árbol. Y en sus últimas montañas, hay dos hectáreas llenas de higuerilla, un árbol que produce semillas cuyo aceite es preciado para la producción de biocombustimbles.
El hombre se llama Mario Franco y tiene 42 años. Es un campesino de ojos que demuestran la transparencia de su alma. Tiene la piel curtida por el sol y las manos duras, fuertes y listas para saludar y para trabajar. También para estudiar. Está cursando octavo grado en el casco urbano de Alejandría, adonde viaje los jueves y los viernes con su maleta de cuadernos. Decidió terminar el bachillerato para poder capacitarse en una tecnología agropecuaria y para recibir capacitaciones con mayor propiedad.
“Es que todo hay que aprenderlo, unas veces con la práctica y otras con el estudio”, dice Mario. “Vea con la higuerilla: creímos siempre que era una maleza o que servía más bien poquito, pero ahora yo veo que ahí hay mucho futuro, porque el petróleo de los combustibles tradicionales se está poniendo muy escaso y porque la naturaleza está pidiendo que la descontaminemos”. Y es que una hectárea de higuerilla sembraba capta de 16 a 20 toneladas de CO2 (bióxido de carbono) que se transforman en oxígeno.
El cuento con la higuerilla comenzó cuando en el Hogar Juvenil Campesino de Alejandría se pusieron a buscar un proyecto productivo. Pasaron por las aves, los marranos, los peces, el café, las frutas… y terminaron en la higuerilla, un nombre que alguien encontró en Internet. Y se pusieron a buscar y hallaron que podía ser un cultivo no muy complicado, es decir sin grandes plagas, sin muchas exigencias de abonos y perfecto para las condiciones topográficas del municipio. Además vieron que era rentable, que muchas compañías dedicadas a los biocombustibles se interesarían por comprar toda la producción de semillas o de aceite. Con esa información y en la búsqueda de más, 25 personas, capacitadas en el Hogar, se pusieron manos a la obra.
Necesitaban muchas hectáreas y muchas personas dispuestas a sembrar en sus parcelas para beneficiarse del proyecto. Su gran problema: quitarle a la gente la idea de que la higuerilla es sólo una maleza o un árbol de semillas sin mucha utilidad. Ahí fue cuando empezaron a hacer campañas en las 14 veredas de Alejandría y a convencer familias de que todo proyecto tiene sus aprendizajes, sus problemas y también sus beneficios.
Así fue como reunieron a las 30 familias que hoy son parte del proyecto, las cuales conformaron la Asociación de Productores de Higuerilla, que será un ente autónomo que se dedicará a asuntos administrativos, a capacitar cada día más a sus usuarios y a la comercialización de las semillas y, pronto, del aceite ya extractado.
En la finca de Mario sembraron en febrero las primeras matas, unas tres mil en dos hectáreas, y en 20 días recogerán las primeras semillas que serán almacenadas en una bodega hasta que él y otros beneficiarios del proyecto reúnan la suficiente cantidad para que pueda venderse ya sea como semilla o, si todo sale bien, como aceite listo para refinar y convertir en biocombustible.
Después de ese primer graneo vendrán más y más semillas, que se recogerán regularmente, pues este cultivo no es como el café que tiene dos cosechas al año, sino que mes tras mes se van viendo sus resultados. También habrá que podar las matas para que no crezcan demasiado, por encima de un metro con 80 centímetros, pues la idea es que se expandan hacia los lados, y así poder recoger con mayor facilidad las semillas que produzcan.
Marta Elena Osorio, quien es tecnóloga agropecuaria y trabaja en el proyecto desde el impulso en el Hogar Juvenil Campesino, cuenta que hace poco les surgió una idea que esperan convertir en realidad dentro de un año: tener una planta extractora de aceite. “No es lo mismo vender la semilla que el aceite, ni tener intermediarios a no tenerlos. Ahí es donde ha estado siempre el problema para el productor, para el campesino: le toca el trabajo más duro y se queda con las menores ganancias. Si logramos tener esta planta, se incrementarán los beneficios para los miembros de la Asociación de Productores”, dice Marta Elena. “Hasta este momento es una alegría para nosotros saber que ya tenemos la comercialización asegurada. Negociamos con la empresa Green Oil y ellos van a comprar la producción de las 30 familias, que en un futuro esperamos sean 50”, agrega, con cierto orgullo.
Ahí, en la finca de Mario, a diez minutos en moto desde la cabecera municipal, están las primeras montañas sembradas de higuerilla. Desde lejos se ven los árboles medianos con sus hojas anchas dándoles sombra a los perritos de la casa. Son matas distanciadas dos metros entre ellas y cuatro metros en cada calle, lo cual permitirá su crecimiento horizontal. Todo el día les da el sol, pues no toleran la sombra, y así, con esos rayos, darán la semilla que hoy mantiene las ilusiones de esas 30 familias.
Mario también está contento y orgulloso. Él sabe que ese cultivo puede traer muchas cosas buenas para su esposa, sus hijos, su vereda y su municipio. Lo importante ahora es la dedicación y el empeño que se le ponga para mantenerlo sano y lleno de semillas.
Con el tiempo, tal vez se mejoren las vías de acceso, tal vez haya más y mejor educación, tal vez se creen estímulos para el campo e incentivos para este nuevo cultivo, tal vez reunirá dinero suficiente para terminar su casa y levantar a sus hijos en mejores condiciones que las actuales… Tal vez sucedan muchas cosas buenas que serán sinónimo de progreso, de bienestar y de equidad.
Margarita Isaza Velásquez - Antioquia se toma la palabra
Publicado por EL Mundo