Lunes, 26 de Septiembre de 2011 07:50
Escrito por Marisol Gómez Castaño
La Chapa se había convertido en paso obligado de campesinos que vivían en las zonas más alejadas de la localidad; también comunicaba a El Carmen de Viboral con el municipio de La Unión por extensas zonas montañosas donde empezaron a operar grupos armados ilegales.
A finales de los años noventa empezaron a verse los primeros paramilitares en el corregimiento. “La gente mayor hablaba de personas extrañas que pasaban por las carreteras en camionetas y cogían montañas arriba, hacia La Unión”, rememora Mauricio.
Primero vino el temor, que hasta entonces era lejano para los campesinos, pues les generaba susto ver hombres armados en camionetas lujosas, que exhibían sus armas como señal de una abierta amenaza, además de sus rostros intimidantes. Las salidas empezaron a hacerse más limitadas por la presencia de hombres armados; los habitantes de La Chapa permanecían más tiempo en sus casas, temían estar en el sitio equivocado y en el momento equivocado, temían por sus vidas. Luego comenzaron los asesinatos, mataban porque sí en varias veredas del municipio y no era raro que se dieran entierros colectivos, dos o tres personas para sepultar en un día, y varios funerales a la semana. La guerra estaba cobrando las vidas de vecinos, familiares lejanos, conocidos…
La noche del 6 de noviembre del 2000 asesinaron a Wilmar Alexander, un joven de 16 años que ocupaba el quinto lugar, de 7 hijos, en la familia Gallego Arcila. A María Consuelo le llegó el rumor del asesinato de su hijo, junto a otro vecino, en una zona conocida como Quiebrapatas, a pocos minutos de la vivienda familiar. El relato que contaban los vecinos de lo sucedido explicaba que “llegaron hombres armados en una camioneta y obligaron a los jóvenes a ponerse contra el suelo”; mientras ellos obedecían, acabaron con sus vidas.
María Consuelo y sus hijos entendieron de manera brusca que el conflicto había tocado sus puertas con la dolorosa noticia que habían llevado sus vecinos y el rumor desatado sobre la responsabilidad de los paramilitares al mando de Ramón Isaza en este hecho.
Después vino el entierro, los días de novena y las visitas al cementerio, porque debía despedirse bien al hijo y hermano arrebatado. Dos meses después, ante el miedo que se había agudizado mucho más, la familia de Mauricio decidió no volver a dormir en la casita de La Chapa. En ese lugar seguían sus vidas, sus pertenencias, pero la noche lo transformaba todo y había temor, así que emprenderían dos caminadas diarias, de ida y regreso, para pasar la noche en el pueblo.
Esta rutina duró por lo menos cuatro meses, subían en la mañana y los más pequeños iban a la escuela, mientras que María Consuelo cuidaba la casa, alimentaba los animales, ordeñaba las vacas y recogía los huevos de las gallinas que todavía quedaban. En la tarde bajaban al pueblo a dormir en casa de Ángela, la hija casada. A sus 11 años, Mauricio contemplaba la angustia en la familia, pero no la padecía tanto como ellos, no le molestaba tener dos casas, pero sí ver a su madre con los ojos aguados cuando menos lo pensaba.
Seis meses después, el domingo 6 de mayo de 2001, acabaron con la vida de John Wilson, otro hijo de María Consuelo, de 24 años y trabajador en un cultivo de flores en el municipio de La Ceja del Tambo. Él era quien sostenía la familia por esos días. “Estaba solo en la casa, llegó de trabajar y había subido a bañarse y arreglarse para alcanzarnos en el pueblo, pero no pudo”, comenta Mauricio.
La noticia la recibió la familia por parte de vecinos que habían escuchado algunos disparos, ellos, un poco asustados, decidieron asomarse a la vivienda, que estaba de puertas abiertas, para saber qué había pasado: John Wilson estaba en el piso de una de las habitaciones, no respiraba. El levantamiento se hizo cerca de las 11 de la noche y como la necropsia no sería posible hasta el otro día en la madrugada, la familia veló el cuerpo en la casa campestre, durante toda la noche. De nuevo, en el alma de María Consuelo, el dolor ante la partida violenta de un hijo.
A su corta edad, Mauricio veía el sufrimiento en el rostro de su madre. Empezaba otra vez el ritual de despedida: traje negro, velación, flores, gente que llega a acompañar, eucaristía fúnebre, cementerio, más flores, novenario…
Al otro día, Huber y Mauricio fueron a limpiar la habitación donde había caminado por última vez el hombre mayor de la casa. “Esa es una de las escenas que más recuerdo —dice Mauricio— porque él quedó medio recostado en una cama, pero el tendido estaba limpio, había quedado salpicada la madera y el piso. Con esa situación le cogí muchísima fobia al campo; aunque voy de vez en cuando, yo no soy capaz de amanecer por allá”.
Quince días antes del asesinato, Walter, el cuarto hijo de la familia y el segundo hombre de la casa, se había ido a vivir a Montería. Allá estuvo alojado donde su familia materna y le ayudaba a sus tíos, quienes se dedicaban al comercio. Mauricio recuerda que su hermano Walter no estuvo en el funeral de John Wilson porque su mamá no le contó hasta el último día de la novena; ella no quería llevar al cementerio a uno más de sus hijos y por eso guardó silencio unos días. “Mi hermano Walter regresó a los dos meses y medio, pero estuvo encerrado mucho tiempo en la casa”, afirma Mauricio.
Por: Marisol Gómez Castaño - Trabajo de grado para optar al título de Comunicadora Social-Periodista
Fotografía archivo Inforiente
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