Lunes, 26 de Septiembre de 2011 07:51
Escrito por Marisol Gómez Castaño
El corregimiento La Chapa está ubicado hacia el sur del casco urbano del municipio de El Carmen de Viboral, en el Oriente Antioqueño. No toma más de media hora llegar allí por una carretera empedrada para disfrutar de sus paisajes, su verde profundo, las viviendas campesinas y las ruinas de las empresas de cerámica que estuvieron asentadas en la zona.
En el siglo pasado, esta zona fue la cuna de importantes empresas de cerámica como La Continental y La Júpiter, que contaron con gran cantidad de personal en sus instalaciones. La mayoría de la población carmelitana se sostenía de la producción de la loza, con talleres familiares y con los salarios de las grandes fábricas que existían, fue así como el municipio logró distinguirse por el oficio y la decoración de loza.
La Continental fue la empresa donde trabajó por varios años María Consuelo, cuenta Mauricio, mientras recuerda las historias que le narraba su madre. Cuando estaba soltera, era ella quien preparaba la pasta arcillosa, haciendo el lavado, mezclando y amasando, daba forma al barro y lo dejaba listo para sus posteriores procesos. Con la elección de unir su vida a la de Fabio Gallego y ser madre dedicada al cuidado del hogar, María Consuelo abandonó su oficio dentro de esta fábrica, pero se quedó viviendo en una finca cercana a sus instalaciones.
La casita donde vivía la familia era de piso rústico, solamente de adobe, pero pintado, muy colorida como la mayoría de fincas en el campo, era amplia y tenía su buen zarzo, su fachada daba a un prado con árboles frutales, y la parte trasera a la carretera principal.
Entrando la década de los noventa, la mamá de Mauricio volvió a La Continental. Este regreso iba de la mano con su viudez, debió valerse de su pujanza campesina para levantar siete hijos nacidos en su matrimonio con Fabio Gallego, quien murió de cáncer en el estómago, dejando a Mauricio con sólo 28 días de nacido.
Ángela, la hija mayor del matrimonio, entró a trabajar con su madre a esta fábrica, mientras Diana cuidaba a los niños y hacía los oficios de la casa; los dos hijos varones que estaban más grandes, Wilson y Walter, estudiaron en las noches y en el día se dedicaron a la agricultura, jornaleando con sus vecinos cercanos, para ayudar con la economía de la casa. Wilson también recurrió al trabajo con carro-coches de carga.
Mauricio recuerda que veía poco a su madre en la infancia; de vez en cuando llegaba a ayudarle con las tareas de matemáticas, pero sobre todo tiene “la imagen de ella durmiendo de día”, porque cumplía horarios nocturnos en La Continental y debía trabajar horas extras para mejorar la calidad de vida de la familia.
En 1997, los directivos de esta empresa empezaron a quedarles mal a sus empleados con sus salarios, se dieron las primeras huelgas y, posteriormente, el cierre de una fábrica que empleaba a más de 500 trabajadores. Ésta se quebró por la entrada de la loza China que era mucho más económica que la producida en el municipio y por la masificación de los utensilios de plástico.
Al tiempo de quiebra de la empresa, María Consuelo empezó a trabajar en una finca cercana donde hacían arepas, los horarios nocturnos que a veces tenía la obligaban a llevarse a sus hijos más pequeños y laborar mientras les velaba el sueño. Más adelante, se acabó el trabajo en la fábrica de arepas y María Consuelo se dedicó a las labores domésticas: cuidaba sus gallinas, dos caballos que tenían, ordeñaba las vacas y salía todos los días al pueblo a vender la leche.
Mauricio fue creciendo dentro de un hogar unido que disfrutaba los días domingos para compartir con sus parientes, ir al pueblo y almorzar donde alguna tía. En semana, además del estudio, llegaba el juego con sus primas que vivían cerca, caminatas por la vereda hasta alguna tienda, subidas a los árboles o el refrescante baño en el riachuelo que había cerca a su casa.
La Escuela de La Chapa fue la institución que ofreció la primaria a Mauricio y a la mayoría de sus hermanos. Una institución rural que gozaba de privilegios por su extensión, su moderna infraestructura y por tener en su jardín ruinas de la fábrica de cerámica La Júpiter.
Cuando la zona era más tranquila se armaban las parrandas en las fondas de la vereda, donde concurrían jóvenes de todos lados a tomar aguardiente, jugar billar, bailar y conversar un rato. “Mis hermanos mayores participaban mucho de estos encuentros —recuerda Mauricio— y mi madre no se molestaba porque todo era muy sano”.
Por: Marisol Gómez Castaño - Trabajo de grado para optar al título de Comunicadora Social-Periodista
Fotografía archivo Inforiente
Allá está mi tierra, entre montañas
Reconstrucción del conflicto armado en El Carmen de Viboral. La voz de las víctimas acerca de sus vivencias en medio de la guerra en las veredas La Esperanza, El Porvenir y La Chapa.
(9) La huida: La finca de la familia, mucho antes
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