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El domingo 7 de julio estaba mi hermano Juan Carlos enseñando catequesis, ese día también había hecho una reunión en la Capilla la Santa Cruz para mejoramiento de vivienda, cuando iba sobre la Autopista aparecieron hombres armados en unas camionetas y se lo llevaron junto con Jaime Mejía, el chancero de la zona, y Javier Giraldo, quien se resistió a los armados y se hizo asesinar llegando a la vereda San Vicente, donde encontraron el cuerpo. Dicen que se llevaron otro señor, que trabajaba para una empresa que se llamaba Pavicor y que tenía un contrato en la Autopista haciendo obras de mantenimiento, pero nadie denunció su desaparición, ese fue un suceso que se quedó en la impunidad.
 
Mi esposo fue el lunes a Cocorná a denunciar la desaparición de mi hermano en la Personería, habló también con el sacerdote José Olimpo, quien era el párroco de Cocorná. Cuando mi esposo llegó me dijo: “mija, yo no sé qué haría usted si quedara sola, con todos esos niños y mire lo que está pasando, si se llevaron a su hermano que era tan bueno con todo el mundo…”.
 
Al otro día se llevaron a mi esposo. Ese día aparecieron en el corredor de mi casa cinco tipos armados preguntando por el recién nacido que habían abandonado, el bebé estaba en una hamaca, mientras mis hijos pequeños le jugaban. Yo les dije “sí, Andresito está aquí”, obviamente se enojaron mucho y empezaron a hacerme preguntas, yo les argumenté que no era delito cuidar un niño que no tenía la protección del papá, la mamá o de algún familiar.
 
Ellos dijeron que nosotros éramos guerrilleros y a mí se me subió un calor impresionante por ser tratados de esa forma. En medio de toda esa situación, no solo se siente miedo, ese miedo también ayuda a resistir, a ser fuerte, a mí me dio valor y entre lágrimas y nudos en la garganta, les dije que si pensaban que éramos guerrilleros nos mataran de una vez porque a eso habían venido.
 
Después me dijeron que se iban a llevar al niño, pero no respondieron cuando les pregunté para dónde, entonces yo entré a la casa y le estaba cambiando el pañal a Andresito, mientras dos hombres me apuntaban con sus armas, uno detrás de mí y otro al frente, desde la ventana. En esas entró mi esposo y me dijo “mija, que yo me tengo que ir con ellos”, eso fue muy duro para mí, terrible, yo inmediatamente salí y les dije que no se podían llevar a mi esposo, que yo tenía cuatro hijos y que estaba en embarazo, pero a ellos no les valió mis súplicas. Yo les dije que hacía dos días se me habían llevado a mi hermano que era promotor de salud, y me respondieron “demás que él era cómplice de la guerrilla…”. 
 
Seguí discutiendo con los armados del ataque a la casa de mi papá mientras ellos requisaban toda la casa. Me dijeron que a ellos lo que les daba rabia es que hacía ocho días que había habido un enfrentamiento y “nos hirieron un soldado en el puente y nadie fue a avisar ni a decir nada”, cuando ellos dijeron eso yo inmediatamente me dije “aquí no sólo hay paramilitares, aquí hay soldados”, porque además algunos tenían motilado de militar; yo pensé, “estos son soldados y se identificaron solitos”.
 
Mucha discusión, súplicas y llanto durante ese momento, pero no valió de nada. Mi esposo tuvo que soltar a Celeni de sus brazos y despedirse de mí, él ni podía despedirse y yo tampoco por el llanto en el que estaba, además de ver a mi niño llorando, pegado de las rodillas del papá y diciéndole que se lo llevara; ellos cogieron al niño, a mi mono y lo tiraron diciendo “este chino no va” y ya mi esposo me dijo, mirándome a los ojos y con un esfuerzo indudable “Hasta luego mija, cuídese mucho” y yo, atacada por el llanto, le dije “que la virgen lo acompañe, que me le vaya bien”. Él salió rodeado de los cinco armados, llevando a Andresito entre sus brazos y se fue alejando, poco a poco, de nuestra casita.
 
Ellos me dijeron que mi esposo ya volvía y nunca volvió, al rato se largó una granizada horrible, dicen los vecinos que en medio de la lluvia todavía no habían bajado a la Autopista y cuando llegaron, le quitaron el niño y lo amarraron. En esas bajaba otro muchacho de trabajar, Orlando Castaño, y también se lo llevaron; más abajito estaba mi hermano Octavio esperando carro y también lo cogieron y se lo llevaron.
 
Yo denuncié las desapariciones en la Personería de Cocorná, al mismo tiempo que tomaba las riendas de la finca para poder sostener a mis niños. Fue muy duro hacerles entender a mis hijos, todos menores de 6 años, que su papá no estaba. Al principio no dejaban que yo les cepillara los dientes, era el papá el que los acompañaba siempre al lavadero y les enseñaba oraciones antes de irnos a la cama, casi no logro hacerles entender que el papá ya no estaba, que hombres armados se lo había llevado.
 
A finales de ese año, el 27 de diciembre, se llevaron otros dos campesinos de la zona: Andrés Gallego y Leónidas Cardona, un lavador de carros de La Esperanza. En ese año perdí a mi esposo, mis dos hermanos, además de algunos primos cercanos y vecinos muy estimados, a los diez y seis meses de la desaparición de mis hermanos, mi papá murió de pena moral. En la Esperanza hicimos marchas, manifestaciones y eucaristías con las familias de los desaparecidos durante ese tiempo, mientras pedíamos respuestas de nuestros seres queridos, dónde están, cómo, porqué… Nos enteramos que el paramilitar Ramón Isaza, comandante de las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio, hablaba de su responsabilidad, o la de su hijo, en estas desapariciones, pero no se daban detalles, solo que estaban muertos.
 
Por: Marisol Gómez Castaño - Trabajo de grado para optar al título de Comunicadora Social-Periodista
 
Fotografía archivo Inforiente
Allá está mi tierra, entre montañas
 
Reconstrucción del conflicto armado en El Carmen de Viboral. La voz de las víctimas acerca de sus vivencias en medio de la guerra en las veredas La Esperanza, El Porvenir y La Chapa.
 
 
 
 
 
 
(6) Doña Flor - Los que se fueron III
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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