Lunes, 26 de Septiembre de 2011 07:58
Escrito por Marisol Gómez Castaño
He contado muchas veces mi historia, que es la misma de mi familia, y también la de mis vecinos en La Esperanza. Me resisto a quedarme callada porque si quedé viva fue precisamente para hablar y exigir justicia.
Antes de que nos tocara el conflicto armado de esa manera tan cruda, vivíamos alrededor de 130 familias (la mayoría numerosas), labradoras de la tierra y dedicadas al cuidado de los animalitos que teníamos. Familias pobres en muchos casos, esperanzadas en poder vender en Cocorná o El Santuario el bultico de café, la panela o los plátanos de nuestra tierra cálida.
Nosotros vivíamos de la Autopista hacia arriba, en esa montaña por donde desciende el Rio Cocorná, que separa el cerro El Picacho y nuestro monte, que pertenece a El Carmen de Viboral. Ahora es fácil llegar a este municipio por la Autopista, pero antes lo hacíamos por el camino de la Macana, que sale de La Esperanza entre montañas y llega a Boquerón, luego pasa por La Chapa, sigue por Campo Alegre y termina en la plaza principal del pueblo.
Mi papá, José Miseo se llamaba, era aserrador, pero también sembraba maíz, café, yuca, plátano y fríjol cuando alguien le arrendaba lotes porque él no tenía tierra propia para cultivar. Casi todo era para el consumo familiar. Con él, hacíamos viajes cada ocho días al pueblo por el camino de la Macana que nos tomaba siete horas de ida, cruzábamos desde los seis y siete años ese trayecto montañoso y desolado a pie limpio, cada uno con un par de tablas al hombro, que mi papá vendía durante el fin de semana; luego compraba el mercado y regresábamos a la finquita.
María Engracia se llamaba mi madre, ella ya murió. Dio a luz a nueve hijos, pero cuatro murieron porque nacieron muy enfermitos; entonces quedamos cinco hijos: Aurora, María de los Ángeles, Octavio, Juan Carlos y yo. Mi papá era partero, fue él quien le atendió los nueve partos a mi mamá allá mismo donde vivíamos. Fuimos nacidos y criados en La Esperanza, nosotros y muchos de los vecinos que hoy en día están desaparecidos.
Mi mamá nos decía que la finca donde vivíamos era donde ella se había criado. Recuerdo que la casa era de tapia, pequeña, y quedaba en un planito en la parte alta de la montaña, a todo el frente de ese cerro puntudo de Cocorná: El Picacho. Ese era el paisaje que veíamos al levantarnos desde muy niños y supongo que era lo que me rodeaba desde que mi mamá me sacaba a asolear recién nacida, en 1965.
Nosotros rezábamos el rosario mañana y noche, mis papás eran muy creyentes y eso nos dejaron como herencia; también leíamos algunos libros, muchos de ellos sobre las Sagradas Escrituras. Nos gustaba mucho sentarnos en la tarima del corredor de la casa a mirar para abajo porque el paisaje era muy bonito y a conversar de lo que aprendíamos en la escuela; en ese mismo corredor preparábamos los cantos navideños y nos aprendíamos muchos villancicos para formar buenos coros en las novenas de aguinaldo.
Recuerdo también que para pasar el tiempo libre, disfrutábamos mucho haciendo coplas o adivinanzas ¡Ay, gozábamos mucho con eso y dejábamos a más de uno pensando! Un truco con el que casi no podían era el del tigre, la vaca y la hierba, debían descifrar cómo pasarlos de un lado a otro del puente, de a uno porque el puente no resistía mucho peso, pero si el tigre se quedaba solo con la vaca se la comía y si la vaca se quedaba sola con la hierba se la comía; era complicadito pero con eso nos entreteníamos pensando un rato.
Así se nos iban los días, yo repetí tres veces tercero porque en la escuela La Esperanza solo había hasta ese grado de primaria, y como los papás y la maestra nos veían tan chiquitos, nos dejaban repitiendo años antes de ponernos a trabajar del todo en la casa.
Respecto a hombres armados, recuerdo que estando muy pequeñita, más o menos de ocho años de edad, yo escuchaba que hablaban de “los pájaros”, de los “sinsontes”, pero no sentíamos mucho temor, porque eran como tres o cuatro personas de esas que decían que se veían por esos lados. Lo que sí es cierto es que extorsionaban y cuando llegaban los policías se daban bala, pero no se dejaban coger. Eso era como magia, cuando los tenían en una encrucijada dizque iban por ellos y lo que encontraban eran racimos de plátano o algún animal.
Yo escuché alguna vez que estaban en un enfrentamiento con un chusmero en El Picacho y que desde allá llegaban balas y balas para los policías, pero que de un momento a otro lo que vieron fue un humeral impresionante y encontraron un racimo de plátanos bien maduro, los policías se comieron esos plátanos y lo que se resultaron comiendo fue la camisa del tipo; eso era lo que se decía.
Un día que íbamos para la casa de una tía, mi mamá nos señaló una piedra grande a un lado del río y nos dijo que ahí se escondía un chusmero que, luego de mucho intentar, habían logrado matar con bala bendita. Arturo, así se llamaba el tipo, estaba debajo de esa piedra mientras tomaba aguardiente. Muchos policías se subieron a los árboles y empezaron a encandelillarlo con linternas de lado a lado, le dispararon y luego de muchas balas lo vieron caer, dicen que gritaba muchas cosas malísimas. Yo lo que encontré, a los nueve años más o menos, fue el relato de lo que había sucedido y el calvario de Arturo cerca al puente colgante.
Eso era lo máximo que se veía, según contaba mi madre, porque yo estaba muy niña. No se escuchaba nada de tropas ni temor en la gente.
La Esperanza, desde que tengo uso de razón y hasta que estuve jovencita, fue una tierra de mucha tranquilidad, nadie tenía miedo de nada y no veíamos situaciones raras en los senderos que recorríamos, y eran bastante largos. Para ir a estudiar, por ejemplo, a mis hermanos y a mí nos tocaba caminar hora y media, brincar un par de charcos y pasar uno de los riachuelos por un puente sin pasamanos y hecho con dos troncos de madera, ese era el peligro, nada más. A la media hora de haber caminado, nos encontrábamos con los primeros vecinos que eran los hijos de los Castaño.
Yo me casé el 22 de julio de 1989 con Hernando Castaño, un mono de ojos claros de una de las familias más acomodadas de La Esperanza; ellos vivían muy cerca de la casa de mis padres. Hernando no quiso construir casa en la tierra del papá, entonces compró un terreno pequeño en la parte baja de la montaña (cerca al Rio Cocorná), construyó la casita, nos casamos y para allá nos fuimos. Él empezó a sembrar café, plátano… como los demás campesinos.
Luego empezaron a llegar nuestros hijos: primero nació Claudia, luego vino Wilder (el mono), más adelante Juan Diego, Celeni y Jazmín Lorena, quien fue la única a la que no conoció a su padre, a él se lo llevaron cuando yo tenía dos meses y medio de embarazo de la niña. El matrimonio me duró 7 años, fue más largo el noviazgo que duró casi 11 años.
Por: Marisol Gómez Castaño - Trabajo de grado para optar al título de Comunicadora Social-Periodista
Fotografía archivo Inforiente
Allá está mi tierra, entre montañas
Reconstrucción del conflicto armado en El Carmen de Viboral. La voz de las víctimas acerca de sus vivencias en medio de la guerra en las veredas La Esperanza, El Porvenir y La Chapa.
(2) Doña Flor
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