Miércoles, 12 de Enero de 2011 08:19

Sonará un poco curioso lo que pasó, pero es real. Tan pronto recibí la noticia busqué su número en mi celular una vez e intenté en otra oportunidad hacerlo. Siempre ocurría en el deceso de algún paisano: llamaba don Alfonso Marín, Jairo Martínez, Héctor Zuluaga, Roque Arismendy, Fernando Jaramillo. Una suerte de cadenita tácita y poco a poco todos nos íbamos enterando. Era una forma, aunque lúgubre en este caso, de demostrar el arraigo por lo nuestro y con los nuestros. Y Fernando fue uno de los que me enredó en ese sartal.
Dicen que era de Guarne, pero eso a mí no me consta. Ni lo creo. Yo a él lo conocí fue en San Vicente. Tendría yo 12 años si acaso, y a veces con la complicidad de un mesero me entraba a buscar no se qué a ese hueco lleno de guaduas barnizadas y de luces de colores, llamado EL COLONIAL y yo veía a un hombre al lado de la barra, hablando con sus cuñados, creo. El miraba muy detenidamente a la gente y de pronto se tomaba uno que otro traguito. Inicialmente por qué no decirlo, me llamaba la atención ese mechoncito gris en la mitad de su frente que le daba cierto aire de hombre maduro e interesante. Pero tras quedarme reparándolo veía después su seriedad rayana y su tranquilidad casi oprobiosa en tiempos de aceleres y de inmediateces. Desde siempre Fernando exultó calma.
Fernando fue en gran medida uno de los responsables de lo que he hecho por San Vicente. Que no es mucho realmente. Sólo he contribuido desde mis historias, desde las imágenes a ayudar a enseñar a querer a San Vicente Ferrer. Y fue Fernando el primero que pensó que yo podría hacerlo. Hacía yo mis primeros semestres de Comunicación Social Periodismo en mi alma Mater, y Fernando me invitaba a las reuniones de la Corporación Prodesarrollo, (colonia de san Vicente) por allá en los salones lúgubres de la Facultad de Medicina donde él le robaba un tiempito a sus cables y sus equipos, para dedicarse a querer a San Vicente a la distancia. A los días, yo sin saberlo y sin proponérmelo, pero con su respaldo terminaba de improvisado maestro de ceremonias de esos eventos que él como presidente organizaba. Y cómo no hacerlo: bastaba ver el entusiasmo, el denuedo por los suyos para uno comprometerse. Luego, al final de los eventos veía cómo celaba como fiera los exiguos recursos recogidos. Don Fernando daba una lección acerca de que los dineros de la comunidad son sagrados. Yo lo observaba y no entendía cómo hacer para querer tanto algo y con lealtad a algo que está a la distancia. Claro que en cuanto a San Vicente aquello de la relatividad sí que cobraba fuerza. La distancia no existía en él: San Vicente siempre estaba adentro de él.
En esos años no sabía casi nada sobre Fernando. Me llamaba la atención sí su esfuerzo. Luego hube de descubrirle como un hombre clave en la vida de San Vicente a favor de eso que en estos tiempos afanosos de rentabilidad, podría llamarse “causas perdidas”: una banda marcial, un grupo de teatro, un cineclub, una emisora local, un periódico. Esas causas que en el momento no se valoran pero que cuando el tiempo justiciero las añeja, demuestran su valía. De hecho cuando escribí la historia del Liceo San Vicente, su nombre aparecía constantemente en la memoria de profesores, egresados, directivas. Fernando era un bien intangible de ese colegio. Y del pueblo.
A finales de los 90’s conocí a un Fernando Político. Pude ver que en Medellín, gracias a su labor, lo invitaron varias veces a que se postulara a la alcaldía: era una forma de valorar su esfuerzo. El decía que lo dejaran consultar…y dilataba y dilataba esa consulta…y aún seguimos esperando…es que Fernando amaba era el servicio no el poder ni las trapisondas que lo rodean. Se sabía obrero no jefe. Decía que era Liberal, y eso me agradaba…y luego me desconcertaba porque era un Liberal que defendía a rajatabla a Alfonso Marín, a Horacio Zuluaga, a Roque Arismendy, que de liberales tienen lo que yo de Laureanista. La política para él era servicio. Aunque él le agregaba un componente más: se sumaba a las causas de los sanvicentinos. Se que gustoso y de corazón le aportaba sus voticos a Héctor Zuluaga, a Efrén Cardona Rojas. Fernando no conocía de militancias políticas sino de militancias municipalistas.
Y esos avatares de la Política nos llevaron a trabajar juntos. Dejé de ser su subalterno adhonorem para volverme su par en la Administración Municipal. Y había que ver con qué esmero trabajaba. Planeaba en papelitos y en agendas sus proyectos y luego hacía interminables informes donde demostraba la eficacia de las acciones. Fernando anotaba cada detalle. Como que mentalmente preparaba los asuntos y los iba armando y preguntaba por cada cosa. Al principio nos cansaban un poco, luego entendimos que era una muestra más de su rigor y compromiso. Nuestro Jefe, no sin razón, pero sí con pésimo humor negro, decía que tenía tres empleados a los que no tenía que pagarles para que trabajaran. Fernando encabezaba la lista.
Claro que el encargo era simple para él. Montar una oficina de promoción turística. Imagínense: dedicarse a destacar las bellezas –muy pocas por cierto de San Vicente-. Pero uno lo escuchaba a él exaltar a San Vicente y creía que estaba viviendo era en Jardín, o en Santafe, o en Concepción. Aunque muchas veces ese sueldo se atrasaba, se le hacía agua la boca hablando de sus callejas y sus veredas. Visitaba escuelas rurales u oficinas gubernamentales. Aunque gustaba más de lo primero. Recorrer a San Vicente no era nuevo. Era como el viaje a la semilla de Carpentier: volver a sus raíces: Fernando descaminaba los pasos que diera aventurero en sus años de Vajure. Fernando no supo de perezas a la hora de emprender el viaje.
De esos años como compañeros no lo recordaré como un funcionario sino como un amigo. Una tarde de viernes, desacostumbrado yo a esos líos de la burocracia y las gulas por el poder, estaba un poco desilusionado y quise dejar todo. Fernando me llamó, me invitó a una manzanilla y me dijo que había que trabajar sin pensar en recompensas y que era de humanos eso de la ingratitud. Fernando era un amigo dispuesto a poner su hombro para que uno se recostara. Era de contextura delgada pero uno se recostaba tranquilo de esa mole de sinceridad y de transparencia.
Cuando supe de su deceso me pregunté qué era Fernando y aunque se me enredan las palabras, traté de sintetizárselo a unos amigos: dije: Uno a veces va por un camino, y cuando el sol abrasa, se acerca a una fuentecilla diáfana y calma la sed; o por el contrario, el firmamento se desgarra en aguas y uno se acerca a un árbol y éste lo arropa con sus frondosos brazos. Fernando Jaramillo, fue fuente y árbol en mi camino.
Creo que para muchos.
Cuando nos retornamos de San Vicente, ya sin sueldo pero con bríos renovados, Ricardo Zuluaga y cía, nos tenían la retaguardia. El centro de Historia nos acogió y desde allí seguimos dedicados a querer a San Vicente. Ahí seguí viendo a Fernando soñar a San Vicente, tascando nostalgias, planeando quimeras. Hasta ayer; yo creo que no hubo un día en que no pensara en su San Vicente Ferrer, que lo diga doña Fanny, su cómplice imbatible, o sus hijos Camilo o Carlos Andrés a quienes les robó su tiempo. Que lo digan su suegra María; sus padres don Eladio e Isabelita, que lo digan sus hermanos, sus cuñados… que lo diga Lucho.
Yo sigo preocupado porque se siguen yendo esos referentes en los que nos fijamos muchos de mi generación y de la anterior a la mía, y me temo que el cuero con el que templaron a esos viejos entusiastas pos las causas cívicas se acabó hace rato. No se ven nuevos fernandos.
Yo tuve la fortuna de conocerlo. De disfrutar de sus enseñanzas. De su ejemplo de vida. Muchos lo admiraron a la distancia. No fueron capaces de decirle que era un hombre muy valioso. Un hombre bueno y por tanto pobre, porque dedicó su vida a trabajar por los demás. Por nosotros. Ojalá algún día ese sueño de él, de un parque temático del fique u otro como el de Pueblo Blanco, anhelo que también compartía, se realicen. Será una forma, señores dirigentes, de que no nos quedemos en esta angustia pasajera sino de honrar su lucha.
Cuando iba poca gente a los funerales de sanvicentinos, Fernando se angustiaba. Hoy no es ese día. Hoy no pudo ver cuántos y cuánto le queríamos. Se nos fue Fernando, el que por vez primera me invitó a una reunión de paisanos. Vaya destino. Fernando ayer no tuvo que invitarme a ésta – ni yo tuve la posibilidad de informarle. Gajes del oficio.
Por Guillermo Zuluaga Ceballos
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