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Una extraña sensación dejó el partido de este viernes entre las selecciones de fútbol de Brasil y de Holanda. Queda, de entrada, el dolor como Latinoamericano por la partida de un equipo de esta parte del mundo que nos ata y nos hermana.
También desde el punto de vista futbolístico anida la tristeza por la partida del equipo favorito, del que gana con solo ponerse la camiseta; el scratch, el del jogo bonito, el de las bicicletas de Robinho, el de las atajadas magistrales de Julio César –que hoy lució unas insoportables calzones verdes descaderados-, el de las salidas punzantes de Maicon; el del juego elegante de Kaká –vaya paradoja. Se va el representante de la mayor cantera de jugadores del mundo.
Pero ese es el fútbol: si fuera por las estadísticas previas, por los resultados obtenidos a lo largo de la historia pues ni copas tendrían que jugarse pues el resultado se conocería por adelantado. Brasil, Italia y Alemania tendrían pues tienen su sitial indiscutido e indestronable.
Sin embargo, en su status de impredecible es donde radica la magia de esta pasión de multitudes.
Pero este partido visto desde el otro lado, también es una especie de revancha. Holanda, campeón mundial de los favoritismos y de las despedidas prontas, en esta mañana se cobró una deuda con su historia. O empezó a cobrársela:
En Italia 90, con la mejor selección al comando de Rud Gullit, y tras ser campeón de la Eurocopa, fue despedido en octavos de final.
En USA-94, Brasil, precisamente rival de esta mañana, mandó prontamente a Amsterdam, a una selección a la que le sobrevivían algunos jugadores de ese equipo campeón de la Eurocopa del 88 -Frank Rikjaard, Ronald Koeman- a quienes se sumaba la estrella Dennis Bergkamp.
Luego también en Francia 98, Brasil hubo de mandar a casa a Seedorf, Davids, Kluivert, y compañía, exponentes de ese bello fútbol heredado de los 70’s.
Aquellos equipos de los años 90 jugaban muy bien y dejaban un gran recuerdo entre los aficionados que siempre le reconocimos la exquisitez para jugar. Pero nos fueron acostumbrando a las tempraneras despedidas, y nos dejaban con la idea de una supuesta injusticia en el fútbol. La misma que no existe porque el Fútbol no es de merecimientos sino de goles marcados
Ahora, Holanda es otra. Ya no es tan vistosa, aunque sí su uniforme. Su juego es más punzante, con menos artilugios. Sin embargo, aunque esta selección parece no tener demasiados afanes para los triunfos, ahí va paso a paso, camino a un éxito que ha sido muy esquivo para ellos. Alguna vez se dijo que la selección de Holanda no nació para sufrir, -como al parecer es casi todo en este libertario país- pero esta mañana mostró que eso es asunto del pasado. La Selección de Holanda fue capaz de remontar un marcador frente a un equipo que intimida. Al contrario, Brasil con todo su pedigrí no fue capaz de reponerse de un gol y los holandeses pasaron su cuenta de cobro de añejas deudas.
La selección de Holanda pues ya no es la Naranja Mecánica, la del Futbol Total de Cruiff y compañía. Es un equipo sin mucho brillo pero con algo de eficacia. Sin embargo, por esas paradojas del fútbol – o de la vida- con un fulbito de más carácter que de lírica, está ad portas en este Mundial de cobrarse una vieja y dolorosa revancha: Alemania y Argentina privaron al mundo de ver a una gran selección campeona del mundo, y ahora parece que Robben y Sneijder, grandes protagonistas de la reciente Copa de Campeones parecen dispuestos a redondear a favor de una Nación con la que el futbol tiene una vieja deuda.
ver guillermozuluagace.blogspot.com
Guillermo Zuluaga Ceballos
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