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El sábado después de un largo mes sin ir, regresé a San Vicente. La verdad, me empujó más la nostalgia que el deseo, pero lo cierto es que a eso de las 5 allá estaba. Atrás había quedado Medallo y su bullicio. Quise aprovechar para descansar máxime cuando la noche anterior se me había alargado demasiado. Sobraría decirlo, pero animado por el inicio de unas fiestas tan tradicionales, quise salir a encontrarme con una ciudad nocturna que a veces me da un poco de temor. No fui a tablados ni a desfiles. No es mi estilo: lo mío es alargar un trago de licor, una cerveza -valga decir que a veces se alargan demasiado- en fin… genio y figura….

 
Pues bien que el viernes salí. Comencé  por una vieja taberna de rock. Tres cervezas y el gentil dj me encimó dos temitas y la mesera me regaló una sonrisa. A eso de la una y treinta, extrañado porque no empezaban a encender las luces –señal de inminente despedida- el barman me informó que el horario había sido prolongado hasta las 4 am. 
 
¿Hasta las 4? abrí los ojos más que con extrañeza con alegría, gato al fin,  que no gusto de irme temprano. 
 
Pese a la pertinaz lluvia,  y como viera que la noche aún era joven, caminé hasta otro sitio: la noche me brindaba la posibilidad de dos horitas más. Me fui a la Octava, una barrita donde, para bailar sólo hay que ir. Y pararse. La marea humana a punta de buen rock y de salsita vieja lo convierte  a uno en un Travolta.  
 
Mientras llegaba no noté si quiera que lloviera.  Todo en la calle era fiesta. La  gente  en buen número festejaba.  Tomaba. La calle (sinónimo supuesto de muerte en este Medallo era vida) Estaba viva. 
 
Llegué pues a la Octava. Dos cervecitas más y buena onda. La gente bailaba. Disfrutaba, sonreía, hacía amigos. Dos cervezas, un par de nuevas amigas que andaban de rumba huyéndole a la monotonía, y una bailadita al compás de Los Hermanos Lebrón  … hicieron de ese rectangulito cargado de penumbras en neón, un gran sitio. La noche seguía alegre pese a la lluvia. Pese a esos rumores de guerra que hablan los medios.
 
Cuando quise pedir la tercera cervecita averigüé si aún había tiempo para ella. Eran  poco más de las 3.30 a.m.
 
 -Claro- me informó el amable joven desde detrás del mostrador. Y si no, vas y te la terminas en la Octavia, aquí a una cuadra. 
 
 Una de las ciudades más peligrosas del mundo –supuestamente- se abría a la noche. Quería vivir. Y muchos queríamos vivirla. 
 
A eso de las 4 y algo, la gente ya bastante tomadita salió de la Octava. Nada de broncas. Con qué alientos luego de bailar  y de tomarse los traguitos. Pero como aún había espacio para rematar el resto de alientos y no tener que desfogarlos peleando o buscando broncas en la calle, la gente salió para la Octavia. Yo -todos ruegos- me dejé llevar por la marea. Ya me gané la semana y el sábado está libre- pensé o debí pensar. También me motivó la idea de conocer un nuevo sitio, gente nueva. Curioso que es uno al fin y al cabo. 
 
Y bien, a las 4 y algo llegué. Cientos de personas -actores y humoristas de la farándula entre otros- bailaban o charlaban animados en la barra. Todos tan contentos. Todos tan invitadores. Nuevas personas, nueva música. Tres nuevas cervecitas. Y adentro los del negocio sirviendo amables y sonrientes y yo pensando que por fin Medellín era una ciudad -entendida ésta como un espacio para la pluralidad, para el disfrute, para la sana convivencia:  para la vida. Unos oficiales de Policía afuera, miraban que  los celadores eran rigurosos con las requisas en las entradas de los locales. Seguramente los dueños de los locales también se sentían más protegidos. Y seguramente los dueños de los locales pagarán con más gusto los tributos sabiendo que los horarios se han alargado un poco. Eso he pensado.
 
 Al cabo de unas dos horas, comenzaron a prender las luces fuertes y amarillas. Nadie  chistó. Con qué alientos. Las mujeres echaron manos de sus bolsos y los hombres de sus mujeres. Cuando salimos a la calle, nos recibió un nuevo concierto: el cántico armonioso y despertador de los pajaritos que estaban en algún lado encima de los ramajes. Una neblina tenue dejaba filtrar gotitas de agua lluvia....Todos fuimos tomando el taxi. Cada quien para su casita. Y todos vivitos y tranquilos. 
 
 -----
 
Después del mediodía y con los estertores propios de una noche larga y unas cuantas politas, un par de amigos me invitó para una fiesta. No quise. Tenía pensado viajar a San Vicente. Me empujaba el deseo de participar en la que ha sido una de las noches más hermosas para los sanvicentinos: la Fiesta de la Virgen de Carmen -o la de los conductores. 
 
A eso de las 5 y algo me tomaba la primera cerveza. Hacía un frío de mierda, pero allá en el kiosquito con los amigos, saludando a otros que hacía tiempo no veía, se disimulaba el asunto. Que los brazos aguanten el frío. Qué carajos. La noche se fue espesando. La gente salió de misa, y se rumoraba que una orquesta -como era costumbre- animaría la concurrencia. Varios amigos llegaron de Medellín, de Rionegro, hasta de Cartagena. Todos seguramente arriados por las buenos recuerdos, todos esperanzados en una nueva razón para querer retornar al año entrante. 
 
Vino la pólvora. La de siempre. Comenzó también la lluvia. La de siempre. La orquesta no apareció. Razones tendrá la Santa Madre Iglesia. Bueno, al fin y al cabo conversando con los amigos, recordando, tomándonos los roncitos, lo de la orquesta era accesorio. Además la buena música no faltó en el kiosquito central.  La noche seguía en su frenesí. El parquecito que se veía más estrecho que de costumbre -carajo si  nos amañamos en este pueblo, pensé-. 
 
A eso de las 11, cuando ya el ánimo estaba en su máximo y la gente más contenta, y hasta la lluvia había  amainado, vaya sorpresa. Pedimos una canción y no, ya no hay más música nos dijeron. Miramos el reloj: las 11. Pensamos que era una broma....
 
No hubo tal. La música por disposición oficial se había acabado. La gente en el parque era como desconcertada. Cómo así que nos echaban.
 
Alguien contó que en la Administración Municipal no había permitido. Otro dijo que por un viejo problema con un agente de la Policía. Y qué....razono otro: ¿por una bronca con un agente va a pagar todo un pueblo?
 
 Y claro, los agentes pasaban a invitar a cerrar los negocios...a invitar a irse a casa. Se veían como afanados por irse también ellos a dormir....
 
Y la gente comenzó a reunirse en grupitos en el parque...no eran más de las 12 y ya había tres o cuatro amagues de pelea. 
 
Y entonces yo me fui pensando que qué pena con los amigos que llegaron a San Vicente. Que como los volvemos a invitar.  Y los comerciantes bajaban rejas a regañadientes.... y Yo pensaba que con qué ánimos los irían a invitar a pagar nuevos impuestos.  
 
Y malpensao que soy, pienso con algo de ironía que hay unos habladores oficiales que dicen que San Vicente es bello y turístico. Como decían los Hermanos Lebrón la noche anterior: qué pena me da…qué pena….
 
Me fui muy despacio recordando la noche larga y agradable en Medallo....
 
Y nostálgico que soy, me acordé mucho de un 31 en que para despedir el siglo programamos una fiesta de toda la noche...Y  San Vicente parrandeó feliz hasta las 8 de la mañana siguiente. Y estuvimos bailando y disfrutando en nuestro parque, tan contentos que se nos olvidó que teníamos que pelear con los que no eran de nuestros afectos....
 
Ahora acá en Medellín, recuerdo una frase de Alonso Salazar, el alcalde, para quien “la mayor prueba de seguridad es que la gente esté en la calle”. No encerrada de miedo. 
 
Ahora pienso que a nadie le interesa si yo vuelvo a San Vicente...(a lo mejor como a muchos en Colombia me declaren persona no grata por decir lo que pensamos).  Pero de veras que cada vez son menos los motivos para ir.  Y eso atrista. 
 
En San Vicente no se  ven obras;  no se ve desarrollo;  no se ve la dirigencia. Y hasta el derecho a la alegría nos lo están quitando. 
 
Guillermo Zuluaga Ceballos
 
 

 

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