Derechos Humanos

Registro Único de Víctimas: un

  El Registro Único de Víctimas tiene en aprietos a las instituciones del Ministerio Público en Antioquia, porque diligenciar un solo ...

Leer Más

Un periodista asesinado cada c

  Con ocasión del Día Mundial de la Libertad de Prensa, este 3 de mayo de 2012, Reporteros sin Fronteras denuncia ...

Leer Más

Más de 400 víctimas de las aut

  La Unidad de Justicia y Paz recibió los testimonios de más de 400 personas durante una jornada de  atención a ...

Leer Más

En Línea

Tenemos 180 invitados conectado(s)

Bloguer

News image

Qué decir para salvar un bosqu

Con un apoyo social fuerte es posible frenar los proyectos depredado...

Sábado, 5 Mayo 2012

Leer Más
News image

La izquierda acepta o rechaza

Ambas posiciones la dejan frente a consecuencias duras y enormes res...

Sábado, 28 Abril 2012

Leer Más
News image

El discurso sindical debe cons

Los sindicalistas para sus luchas reivindicativas deben considerar l...

Sábado, 14 Abril 2012

Leer Más
News image

El Oriente Antioqueño construy

  El Oriente antioqueño construye autonomía territorial, como pr...

Domingo, 8 Abril 2012

Leer Más
News image

Los socialistas deben explicar

Cuando muchos en la izquierda se limitan a denunciar y actuar frente...

Sábado, 7 Abril 2012

Leer Más
El 2 de junio del 2003, Albeiro y su familia se despidieron de sus vecinos y amigos, amarraron con cabuya las puertas de su casa de madera, llevaban lo necesario para empezar en otro lado: sus ropas, algunas herramientas de trabajo y la guitarra del músico de la casa.
 
Con el sol de mediodía estaban saliendo de la vereda, luego de pasar algunos riachuelos, puentes, potreros y un largo sendero, llegaron a la vereda El Retiro al caer la tarde, allí descansaron y durmieron hasta el día siguiente. La madre de Albeiro había sido hospitalizada días atrás y sería sometida a una operación ese mismo día. Aunque nerviosa por lo que se venía, estaba más tranquila de saber que su hijo, su nuera y sus nietos estaban en camino, saliendo de esa zona a la que le debían todo, pero a donde llegó la violencia a impedirles vivir tranquilamente.
 
Al día siguiente, continuaron su viaje hasta llegar al municipio de El Carmen de Viboral. Se instalaron en el barrio El Progreso, donde vivieron casi todo el año y medio que estuvieron por fuera de la vereda. La situación en el pueblo era muy complicada: había que pagar por el agua, la luz y el arriendo, había que mercar del todo porque ya no habían sembrados que sustituyeran algunas compras, además del encierro, el ruido, los carros. Era otro mundo para esta familia, que permaneció en el pueblo mientras extrañaba la casa del campo, el Rio Melconcho y a sus vecinos.
 
Como muchos otros colombianos, hicieron maravillas con el salario mínimo que recibía el hombre de la casa trabajando en una floristería del municipio llamada Flores Silvestres. “De todas maneras la situación es muy dura y uno como que no logra amañarse”, dice la esposa de Albeiro, quien se dedicaba a organizar la casa y a levantar los tres hijos de la familia.
 
Albeiro, en el pueblo, no dejó sus costumbres de músico aficionado, aunque ya no contaba con el grupo musical de la vereda a la que pertenecía, se reunía a veces a tocar guitarra con sus compañeros de trabajo y a distraerse entre aires musicales del campo y uno que otro aguardiente. También, cuando hacía fiestas familiares, llegaban sus dos hermanos músicos y se armaban las serenatas que lo hacían recordar la tierrita; así fue en la Primera Comunión de su hija mayor, a punta de cuerdas prendieron la fiesta y “los pusimos a bailar a todos”. Sin embargo, llegaban otros días en que la guitarra permanecía guardada, recibiendo el polvo y la humedad solamente, porque los afanes de la vida diaria y la necesidad de mantener la familia en el pueblo no dejaban tiempo para muchas distracciones.
 
Por esos mismos días, otra familia campesina, acostumbrada al clima cálido, trabajo y el ambiente de El Porvenir, había emigrado a Barranquilla, para no tener que ver hombres armados llegando hasta su casa. “Nos fuimos el nueve de septiembre, más que todo por el maltrato del Ejército con mi familia, además de las humillaciones, ellos ya entraban a las casas a revolcarlas como querían porque estaban buscando armamento y guerrilla, y uno se ponía a pensar en que de pronto las cosas se seguían”, dice Mery, la mujer de la casa, su esposo Fabián, agrega que “cuando llegaba la noche uno se ponía a pensar en lo horrible que sería que le pasara algo a la familia”.
 
En marzo de ese año, antes de que se fueran de la vereda, habían bombardeado una casa lejana que tenían los padres de Mery y que utilizaban para guardar semillas y productos agrícolas cuando cultivaban por esos lados, a esa finca no subían seguido. Los militares le dijeron a la familia que habían encontrado zanjas y municiones de la guerrilla; por eso habían bombardeado y quemado la vivienda.
 
Unos meses después, Fabián estaba recogiendo maíz y había cargado sobre sus hombros la canasta donde transportaba herramientas, la comida y algunos granos que llevaba más tarde a su casa. La canasta había sido acomodada por su esposa con unas cargaderas que hacían las veces de bolso y que todavía utilizan algunos campesinos de la vereda. A Fabián lo cogieron unos uniformados que él no identificó y le hicieron quitar la camisa, al verle las marcas de las cargaderas de la canasta le dijeron que eran del fusil que cargaba, él intentaba explicar que no era ningún guerrillero, que él estaba trabajando para llevarle la comida a la familia, pero aún así, los uniformados lo acusaban de ser sapo y llevarle información a los guerrilleros. El malentendido finalizó cuando venía subiendo un vecino suyo, con el que había estudiado en la escuela muchos años atrás, él les explicó que era un hombre trabajador, un campesino no más. Y así fue como lo soltaron, advirtiéndole que no le contara nada a nadie, ni siquiera a su mujer.
 
Después de tanto acoso y presión por parte de los hombres armados, siguiendo los pasos de sus suegros, Fabián vendió el ganado que tenía a algunos de sus vecinos a muy bajo precio; las bestias y algunas pertenencias se las dejaron a un tío de Mery que vivía por los lados de Río Verde, para que él intentara venderlas después. En la finca de la familia quedó un yucal que no pudieron vender y que se perdió del todo, además, quedaron sin estrenar unas escalas de cemento que habían hecho para subir sin tanto esfuerzo a la cocina. La pareja amarró las puertas de su casa y, con sus dos niños, cogieron rumbo a Barranquilla.
 
Cuando llegaron a Baranoa, un pueblito en todo el centro del Atlántico, se juntaron a vivir con la familia (suegros, cuñados, sobrinos) en un segundo piso que no era suficientemente amplio para albergar tanta gente. Con el paso de los días, pudieron irse a vivir aparte y montaron una tienda de granos, donde vendían la comida al menudeo.
 
Sin embargo, el hombre de la casa nunca se amañó por esos lados, confiesa con nostalgia que se ponía a pensar en la tierrita y le daba “esa tristeza de saber que estaba tan lejos y totalmente abandonada”, además, no le gustaba ver sus manos, que en otros tiempos eran ásperas por el trabajo en el campo.
 
Su mujer fue un poco más condescendiente con el cambio, era ella quien manejaba la tienda por ser buena para los negocios y las matemáticas, y en las noches disfrutaba viendo novelas hasta tarde, pues era un privilegio que no tenía en el campo.
 
Por: Marisol Gómez Castaño - Trabajo de grado para optar al título de Comunicadora Social-Periodista
 
Fotografía archivo Inforiente
Allá está mi tierra, entre montañas
 
Reconstrucción del conflicto armado en El Carmen de Viboral. La voz de las víctimas acerca de sus vivencias en medio de la guerra en las veredas La Esperanza, El Porvenir y La Chapa.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
(14) Allá está mi tierra… Algunos nos fuimos…
 
 
 
Ver más Crónicas
 
Ir a página principal de Inforiente
 
 
 
 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

  • Especial
  • Video
  • CNC
News image

 

El Registro Único de Víctimas tiene en aprietos a las instituciones del Ministerio Público en Antioquia, porque diligenciar un solo formulario toma cerca de hora y media y no hay suficiente personal para atender la demanda de usuarios. La Personería de Medellín ya otorgó citas hasta agosto y la Defensoría departamental hasta septiembre; para ambas instituciones falta apoyo del Gobierno Nacional.

     
 

 

Ultimos Comentarios