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Las hermanas mayores, Ángela y Diana, ayudaron a su mamá a vender lo que tenían en la finca: el ganado y algunas pertenencias. “Allá no podíamos vivir —sostiene Mauricio— nos afectaba saber que ahí había pasado todo, mi mamá con solo ver la casita empezaba a llorar y se desmayaba. Ella casi no supera esa sensación”.
 
La familia consideró la idea de vivir en Montería o en otro lado, lejos, pero a la final, pensando en que no había muchas opciones porque la violencia estaba por todo lado, decidieron echar raíces en el mismo municipio, pero fuera del campo, que les había dejado ese sabor a guerra. 
 
A partir de ahí vino el cambio drástico para la familia: colegio nuevo, vivienda arrendada, ambiente distinto y otros hábitos. La familia estuvo primero en una casa cerca al barrio Don Berna y luego un par de calles más al centro, llegando al barrio Bueno Aires; las casas eran grandes y los arriendos muy baratos en esa época, por la misma violencia.
 
Mauricio recuerda: “En esa época nos sosteníamos de la ayuda de mis tías, de coles que vendía mi mamá y también de guayabas que íbamos a recoger a la finca, mi mamá ahorraba para darnos los útiles escolares y pagar servicios, ella economizaba luz cocinando con leña en el solar de las casas a las que llegábamos, así quedaba dinero para el arriendo. Mi mamá mercaba, desde que trabajaba en La Continental, en la ‛Tienda de don Héctor’ y fue allá donde le fiaron el mercado nueve meses, mientras hacíamos vueltas para que nos llegara la pensión por mi hermano John Wilson; nunca aguantamos hambre durante ese tiempo, eso sí, solo se compraban granos, aceite, sal, panela y chocolate. Ni carne, ni frutas, ni verduras. No podíamos acceder a ciertos lujos y la mayoría de la ropa que teníamos nos la regalaban algunos conocidos”.
 
La mamá de Mauricio fue una de las pioneras, en El Carmen de Viboral, en exigir la reparación económica que daba el Estado a aquellas familias que habían perdido a alguno de sus integrantes a manos de grupos armados ilegales. Al principio, mucha gente decía que eso era como “comerse al hijo”, que era como si le pagaran la muerte con plata; sin embargo, la familia lo veía más por el lado de estar bien y de que los hijos donde sea que estuviesen se sintieran tranquilos por su familia, así no regresaran. “La reparación de mi primer hermano se tardó cuatro años, nos dieron cerca de 11 millones de pesos con los cuales compramos esta casa; por el segundo hermano recibimos casi doce millones de pesos en el 2005 y con ellos hicimos algunas mejoras a la vivienda”.
 
Al nuevo colegio, Mauricio llegó para estudiar sexto grado, desubicado con los cambios que había vivido por esos días, esas situaciones lo habían convertido en un niño introvertido, silencioso y abstraído. “Yo veía llorar a mi mamá y aunque no entendía muchas cosas, con eso quedaba marcado, también desperté la sensación de que me estaban buscando por ser de allá”. Sin embargo, con el paso del tiempo, llegaron los amigos del colegio y también los vecinos, los juegos callejeros, además de las tareas donde algún compañero y las visitas a casa de alguna tía.
 
 “Cuando fui creciendo, en la misma etapa de colegio, ya empecé a analizar nuestra situación, a tenerle miedo al campo, a entender lo que pasaba en el país, a escuchar otros testimonios, a pedir justicia y claridad. A saber que la guerra no se había acabado porque yo había perdido dos hermanos”.
 
Mauricio, desde el sofá de la sala de su casa, afirma que todo lo que vivió lo hizo mucho más fuerte, y generó en él un deseo profundo de superación, de estudiar a pesar de las limitantes económicas en la familia. “Yo ahora vivo muy contento, mi mamá está mucho más tranquila y los hermanos que me quedan son muy cercanos entre sí, ahora somos más unidos. Uno a veces imagina cómo sería la familia si estuviera completa, pero bueno, las cosas pasaron así y ya no podemos volver atrás.”
 
Por: Marisol Gómez Castaño - Trabajo de grado para optar al título de Comunicadora Social-Periodista
 
Fotografía archivo Inforiente
Allá está mi tierra, entre montañas
 
Reconstrucción del conflicto armado en El Carmen de Viboral. La voz de las víctimas acerca de sus vivencias en medio de la guerra en las veredas La Esperanza, El Porvenir y La Chapa.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
(11) La huida: No más vida en el campo
 
 
 
 
 
 
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El Registro Único de Víctimas tiene en aprietos a las instituciones del Ministerio Público en Antioquia, porque diligenciar un solo formulario toma cerca de hora y media y no hay suficiente personal para atender la demanda de usuarios. La Personería de Medellín ya otorgó citas hasta agosto y la Defensoría departamental hasta septiembre; para ambas instituciones falta apoyo del Gobierno Nacional.

     
 

 

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