Lunes, 26 de Septiembre de 2011 07:53
Escrito por Marisol Gómez Castaño
Después de denunciar ante la Fiscalía General de la Nación las desapariciones de La Esperanza, empezaron las persecuciones, las amenazas, los desplazamientos. El 6 de marzo del 2000 nos desplazaron por primera vez. Cémida, una vecina que vive sobre la Autopista, estaba descansando en el corredor de su casa cuando bajaron en una moto tirando papeles sobre la vía, ella y su familia no le dieron importancia, cuando en esas desde más abajito gritaron los de la moto “es en serio, recójanlos”. En el papel decía que teníamos 24 horas para desocupar La Esperanza.
La mayoría de mis vecinos de La Esperanza se fueron para El Santuario y allá estuvieron en albergues, otros se fueron para El Carmen de Viboral, nosotros nos fuimos para Cocorná, para la casa donde vivía mi hermana María de los Ángeles con su esposo e hijos. La casa era muy pequeña y nos tuvimos que acomodar cuatro familias, incluyendo la familia de mi hermana Aurora y una familiar del esposo de María de los Ángeles.
La situación fue muy dura, porque cada 15 días nos daban una bolsita de mercado a cada familia, pero eso no era suficiente, todo era en cantidades muy pequeñas, aceite, chocolate, panela, unas libritas de arroz, 2 libras de lentejas o alverjas y un kilo de bienestarina. Durante ese tiempo, yo le ayudaba a mi hermana en la máquina de coser, ahí por los laditos. Otros ratos los aprovechaba para sacar a los niños a jugar en una casa que estaban construyendo cerca, para que allá corrieran, cantaran, hablaran duro y se sintieran libres, como en el campo; fue muy complicado mantenerlos quietos cuando estábamos en casa de mi hermana, porque estaban muy pequeñitos, y eso empezó a generarme problemas con mi cuñado.
En julio nos volvieron a dar retorno y empezamos a llegar las familias durante todo el mes, pero no nos duró ni dos meses la dicha, porque el 28 de agosto tocaron puertas unos encapuchados que no se identificaron y nos dijeron que teníamos que salir. Cuando ellos llegaron a mi casa yo me sentía protegida porque siempre ponía el rosario en Radio Católica Mundial y en esas estaba.
En ese desplazamiento regresé a Cocorná, con mi familia, que en ese entonces éramos ocho, incluyendo mis 5 hijos, mi mamá, el hijastro y yo, no queríamos volver allá, pero finalmente no teníamos a dónde más llegar. Para colaborar con los gastos de la casa yo vendí una manguera larga que tenía, unos alambres para cercar, el fogón y todo lo que pudiera generar entradas económicas; así nos mantuvimos en medio de muchas necesidades y con la sensación de “arrimados” que es bastante dura.
Cuando retorné en enero de 2001 a La Esperanza, ya empecé a sentirme amenazada. Un joven menor de edad, desconocido, llegó una vez a mi casa diciéndome que debía ir a unas reuniones que en realidad no habían. Recuerdo que una noche en La Esperanza iba caminando para la casa y me apuntaron con un arma preguntándome quién era, a los días iba por la Autopista y pasó un taxi que frenó en seco y se fue al paso mío, eso fue terrible. Luego, recibí un cartel escrito donde me decían que yo tenía cuentas pendientes con ellos y que tenía que ir a no sé qué vereda o si no yo ya sabía a qué me atenía; ahí mismo yo me puse a buscar casa para arrendar en El Carmen y pude pasarme el 18 de febrero, luego de llevarme varios sustos.
Allá, en La Esperanza, quedaron mis recuerdos de infancia, la finca, una buena cosecha de café… Por allá voy poco, asisto a talleres que nos dictan sobre ley de víctimas, identificación de personas y actos de memoria por nuestros desaparecidos, pero cuando voy salgo el mismo día. En el pueblo, a veces la situación es muy difícil, tratamos de sobrevivir sin recibirle un peso al Estado, porque antes de reparaciones económicas y subsidios, quiero la verdad, mis hijos también la piden.
De todas maneras, queda la esperanza de encontrar la verdad. No es suficiente con que Ramón Isaza haya dicho que tiraron sus cuerpos a los ríos más grandes de Colombia ¿A cuál exactamente? Queremos concluir el duelo en el que todavía seguimos. Nosotros vivimos con la incertidumbre de no saber si están vivos, pero con la mano en el corazón tampoco puedo asegurar que murieron.
Por: Marisol Gómez Castaño - Trabajo de grado para optar al título de Comunicadora Social-Periodista
Fotografía archivo Inforiente
Allá está mi tierra, entre montañas
Reconstrucción del conflicto armado en El Carmen de Viboral. La voz de las víctimas acerca de sus vivencias en medio de la guerra en las veredas La Esperanza, El Porvenir y La Chapa.
(7) Doña Flor - Los que se fueron IV
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