Lunes, 26 de Septiembre de 2011 07:55
Escrito por Marisol Gómez Castaño
Entre el 94 y 97 se crearon las Convivir y acá llegaron en el 96, pero ya era paramilitarismo como tal; fue muy duro porque para ellos, todos éramos guerrilleros por estar en La Esperanza. Todos los campesinos comentábamos que aquí quienes íbamos a morir éramos nosotros.
Antes del año 96 empezaron a asesinar los montallantas de la Autopista, desde Guarne hasta abajo. En La Esperanza había un montallantas, Jaime Cardona, y también lo asesinaron; eso fue sembrando un pánico impresionante, además de las amenazas y el señalamiento del Ejército.
Por esos días hubo un enfrentamiento, yo recuerdo que mi esposo estaba cogiendo café con los trabajadores y se prendió una balacera miedosa, los cafetales quedaban de la casa para arriba y el bajó sudando y diciéndome “mija, yo tenía el balde lleno de café y véalo, vacío”. Los granos de café se regaron mientras ellos corrían para protegerse de las balas.
El 21 de junio de 1996 se dieron las primeras desapariciones de lo que sería una larga lista. Se llevaron a Aníbal Castaño y Óscar Hemel Zuluaga, quien estaba viviendo en un pueblo de la Costa Caribe, pero había venido por una empleada doméstica para que se fuera a trabajar allá. A la esposa de Aníbal le dijeron que los volvían a regresar, lo más triste es que ella quedó como de veinte días de embarazo, y con un niñito de menos de dos años.
Al otro día regresaron los armados a las seis de la mañana, se llevaron otras personas más, entre ellos el muchachito que tenía como 12 años, el que había sido herido en la pantorrilla por una bala del Ejército en un enfrentamiento, Juan Crisóstomo Cardona se llamaba, y también se llevaron a su hermano, Miguel Ancizar. Nos dimos cuenta que los sacaron del rincón de la cama de la mamá. También se llevaron otro muchacho que había entrado ese día, decían que se llamaba Diego, él era un caminante que había pedido posada en la casa Diocelina, una vecina.
En otra finca, a un ladito de la carretera, vivía una pareja de Urabá que había llegado hacía 20 días más o menos, ellos tenían un bebé, a la señora le arrebataron el niño de los brazos, un niño de mes y medio de nacido, y se la llevaron también.
Yo recuerdo que el señor que me contó lo de la pareja de Urabá, me dijo que a él le tocó ver cómo le arrebataron el niño a la señora, lo cogieron de una piernita y lo tiraron a una jardinera. La señora gritaba “mi bebé, mi niño”, esa señora casi se reventaba suplicándoles a ellos que le recogieran el niño, que no se lo dejaran tirado allá. Entonces lo cogieron de una mano y una pierna y se lo entregaron a Miguel Alpidio Quintero, un vecino que tenía unos 70 años en ese entonces; él fue quien me contó el suceso. Cogieron el niño, se lo entregaron y lo amenazaron con el arma diciéndole que lo cuidara que ellos volvían por él. Ellos se fueron con la mamá del niño y al papá, Freddy, ya se lo habían llevado, de ellos decían que eran guerrilleros pertenecientes al EPL, pero nosotros nunca vimos comportamientos extraños de ellos, no nos consta que fuese cierto.
El niño rodó por más de seis familias en La Esperanza, ahora algunas no quieren reconocerlo porque les da miedo. En casa de Miguel Alpidio duró hasta el medio día, él se lo entregó a una nuera y abandonó el corregimiento; al otro día, la nuera se lo entregó a una señora que vivía sobre la Autopista, ella lo tuvo un rato y luego se lo dejó al suegro de mi hermano Octavio; después, él se lo entregó a una señora que vivía arriba de la carretera y ahí amaneció el niño. Al otro día, ella tenía que salir para El Santuario y me lo entregó para que lo cuidara, yo me negué, pero me puse a pensar en mis hijos donde quedaran solos y nadie los quisiera recibir. Además, el niño estaba muy enfermito, entonces yo lo recibí y lo protegí. Entre las prendas y la leche que me entregaron con el niño, había un carné del hospital de Chigorodó con su nombre: Andrés Suárez Cordero.
El 26 de junio el Ejército se tomó la casa de mi papá. Fue un miércoles en la madrugada, allá vivía mi papá, mi mamá y mi hermano Juan Carlos, pero para ellos la casa estaba llena de guerrilla. Entraron a la finca y empezaron a disparar hacia la vivienda por todos lados, a todos los rincones de la casa, bajito, a la altura de las camas, de las hamacas, el zarzo…
Mi hermano gritaba “auxilio, somos una familia, no nos disparen”. La casa era de bareque y la volvieron nada: las puertas cayeron al piso, las balas hicieron huecos en las paredes y el polvo de todo el bareque estaba ahogando a mi mamá; mi papá y mi hermano tuvieron que tirarse en un rinconcito a ventearle con una tapa de olla para que pudiera respirar. A mi papá le pasó una bala por encima del hombro; ellos no saben cómo se salvaron.
También tiraron granadas, porque en el chifonier y donde estaban las vigas de madera quedaron esquirlas de ese explosivo. Yo todavía tengo prendas de mi hermano que estaban guardadas en el chifonier, una camisa de él cuando era promotor de salud que tiene huecos de las balas, al igual que la camisa del grupo scout. Además, tengo una cobija con huecos de las balas y una Sagrada Biblia, que era de mi hermano cuando él estaba estudiando en el seminario.
Después de que terminaron de disparar, mi hermano salió temeroso y vio que era el Ejército, inmediatamente se enojó y les gritó pidiéndoles explicación de por qué habían atentado contra una familia cuándo ellos eran los llamados a proteger la comunidad; los soldados lo que hicieron fue pegarle un culatazo en la cara y obviamente Juan Carlos cayó al piso.
El Ejército tuvo el descaro de quedarse hasta las cuatro de la tarde, armaron carpas por todos lados, porque eran más de 50 soldados. Ese día subió mi esposo con mi hijastro a trabajar porque tenían un contrato de un potrero, subió mi hermano Octavio con la esposa y las tres niñas, ese día subió también un señor que se llamaba Alfredo y otro señor Berto Gallego que fue a darle vuelta a una finca de ganado. A todos los detuvieron. Mi esposo llevaba el almuerzo que yo le había empacado y le dijeron que ese almuerzo no era para él, que no fuera mentiroso y dijera que era para dárselo a la guerrilla. Imagínese, la porción personal para trabajar y supuestamente era para la guerrilla; para ellos todo era guerrilla, no más.
Ese día, mientras les amontonaban los números de cédula, a mi esposo le dijeron que le pidiéramos tierra al Estado porque todo lo iban a bombardear. Mi hermano Octavio discutió con ellos de lo que habían hecho en la casa de mi papá y uno de ellos le dijo: “denle gracias a dios que no los matamos, y a usted lo llevamos aquí en la mira”.
A Florilda, la esposa de mi hermano Octavio, la pensaban detener porque subió con botas pantaneras y por eso, supuestamente, era una guerrillera; donde vivía mi hermano habían como tres cafetales y el resto era puro rastrojo, obviamente se emparamaba mucho a esa hora de la mañana y por eso subió en botas. Ahí fue cuando se vio el valor de nuestra mamá, quien fue a decirles a los soldados que era la nuera, que mirara a las hijas, que mirara cuál era la casa; al final no se la llevaron.
Ese mismo día por la mañana, me contaba mi hermano, mis papas y algunos de los que habían subido a la finca, los soldados los hicieron entrar a la casa y los encerraron, o más bien colocaron las puertas, porque igual ya estaban caídas del atentado que habían hecho durante la madrugada. Entonces por los huecos que dejaron las balas en el bareque, ellos vieron cuando a una prima mía, María Irene, le quitaron la ropa, le pusieron camuflado y un bolso y se la llevaron; de ella no volvimos a saber nada.
Por: Marisol Gómez Castaño - Trabajo de grado para optar al título de Comunicadora Social-Periodista
Fotografía archivo Inforiente
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