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En 1992, yo recuerdo que hubo una masacre miedosa en La Esperanza, mataron a Samuel Castaño, un primo hermano de mi esposo, y a Lucelly, la cuñada de él. Ese día hubo cinco muertos en el corregimiento, por todos ellos fueron hasta sus casas y les tocaron la puerta, cuando salieron les dispararon. Con respecto a Samuel, dicen que por esos días había denunciado a la guerrilla, entonces fue por eso que lo mataron, Lucelly murió por defender a Samuel.
 
En el año 93 yo estaba viviendo con mi esposo, dos hijos y el tercer embarazo en la vereda La Tolda (municipio de San Francisco), en una finca de panela donde debíamos atender cerca de quince trabajadores, allá se molía muchísimo, a veces eran hasta 32 horas de molienda derecho; de esa finca se sacaba muchísima panela. Fue allá donde recibimos la noticia de otra masacre en La Esperanza, habían asesinado a Ignacio Gallego, un tío mío, junto a su esposa Oliva Quintero y Nohemí, una de sus hijas. Amanda Gallego, hija de Ignacio y Oliva, quedó viva de milagro, ella tiene cicatrices de machetazos y balas por todo el cuerpo, además de una prótesis en su rostro. De mi tío quedaron otros hijos menores y de Nohemí Gallego quedaron cinco niños pequeñitos (la menor tenía cinco meses de nacida).
 
La gente andaba con mucho miedo en La Esperanza, había gente que se iba yendo, pero muchos se quedaban porque decían que nada tenían que ver con el conflicto. En el año 94 sacaron de su casa a los Múnera, uno de ellos es el esposo de mi cuñada, se llama Darío, a él se lo llevaron junto a su hermano, Diego Múnera y su papá, Guillermo Múnera, un día cualquiera a las cuatro de la tarde. Ellos tenían un estadero sobre la Autopista y los paramilitares que se los llevaron decían que ellos mantenían guerrilla allá.
 
Darío Múnera logró escaparse y llegó al otro día, él nos contó que los habían hecho caminar hasta Granada y que en la madrugada había como 14 hombres en fila con las manos amarradas, los hacían avanzar y a los diez pasos les disparaban y los arrojaban a un abismo. Darío no sabe cómo se escapó, él dice que llevaba contados unos pasos cuando notó que quien lo vigilaba se volteó y entonces él brincó para un lado y corrió hacia abajo en medio de la balacera. Luego de mucho correr salió a una estación, lo protegieron, dio información de lo sucedido para que buscaran a los demás, sin tener claro el lugar exacto del ajusticiamiento. Al cuarto día del suceso agarró sus maletas y se fue con su familia para Bogotá. Ahí quedó esa historia, al pobre no le dio tiempo de ir al entierro de su papá y su hermano.
 
También por esos días hubo mucha tortura del Ejército, nos detenían constantemente y hubo restricción de comida, acabaron las tiendas que eran de campo hacia adentro, solo dejaron las que eran sobre la Autopista y no podían estar muy surtidas. Todo se volvió muy duro porque si manteníamos trabajadores no había comida para ellos, conseguirla era muy complicado.
 
Si en casa éramos cinco personas y uno llevaba cinco libras de arroz para la semana se las dejaban pasar, pero no se podían llevar más, a nosotros no nos alcanzaba, porque en el campo se come arroz al desayuno, al almuerzo y a la comida. Si se llevaban cuatro barritas de jabón para la ropa sucia de la semana, los soldados nos dejaban pasar solo una, ellos se quedaban con las demás.
 
Cuando uno llegaba al Ramal, que es una de las salidas de Cocorná a la Autopista, el Ejército nos hacía bajar todo el mercado y lo revisaba, al que llevaba una porción más se la quitaban, no se podían comprar pacas de arroz o panela, que es a lo que uno está acostumbrado. Realmente no nos dejaban pasar ni la comida con la que nos alimentábamos bien, porque pensaban que era para la guerrilla.
 
La guerrilla también tenía a la población como objetivo militar, porque decían que estábamos con el Ejército y que llevábamos información. Era muy complicado manejar esa situación, si por alguna zona cercana pasaba un soldado teníamos problemas con la guerrilla y si pasaba un guerrillero había problemas con el Ejército. Uno como campesino queda atrapado en medio de todos los armados.
 
Para alimentarnos bien, nosotros recurríamos aún más a lo que producíamos en el campo, a la siembra que teníamos para vender, pero con esto también hubo problemas.
 
Mi esposo y yo íbamos una vez con seis bultos de café para vender en Cocorná y un soldado se acercó, nos saludó normal y en seguida nos preguntó de dónde era el café, nosotros le mostramos la finca de cultivo, pero después le dijo a mi esposo que él no era ningún campesino, que todos en La Esperanza éramos guerrilleros, que pasábamos bajando cafecito o cajitas de tomate. Mi esposo se enojó mucho y le gritó al soldado: “¿quién le dijo a usted que esos hijuenosecuantas que cargan un fusil como lo carga usted trabajan el campo? ¿Usted cree que para trabajar estos seis bultos de café que tengo aquí, se empacaron solitos desde el árbol y ese árbol los dio solito? Esto no nació de la nada, esto nació fue trabajando”.
 
El Ejército quitó varias veces a los campesinos los productos que llevaban a vender; quitaron cajas de plátano, tomate, pepino, que por allá se sembraba mucho, ya no tanto, porque de tantas desapariciones y muertes en La Esperanza, la tierra se volvió estéril.
 
Yo recuerdo que por allá en los años 93 y 94 uno escuchaba por radio de secuestros en toda la Autopista, no en La Esperanza, pero uno pensaba cómo sería de duro, cómo sufriría la familia… Todo lo que se veía y escuchaba daba mucho temor, uno ya no dormía tranquilo, llegaba la noche y era ese desasosiego. 
 
En el día nadie podía estacionarse en la Autopista, si uno iba a bajar a Cocorná a mercar tenía que estar medio escondido, asomar cuando bajara el carro y gritar para que parara. Si nos encontrábamos algún armado en el camino era el interrogatorio más horrible: quién es, para dónde va, dónde vive, porqué está por acá.
 
Por: Marisol Gómez Castaño - Trabajo de grado para optar al título de Comunicadora Social-Periodista
 
Fotografía archivo Inforiente
Allá está mi tierra, entre montañas
 
Reconstrucción del conflicto armado en El Carmen de Viboral. La voz de las víctimas acerca de sus vivencias en medio de la guerra en las veredas La Esperanza, El Porvenir y La Chapa.
 
 
 
 
(4) Doña Flor - Los que se fueron I
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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El Registro Único de Víctimas tiene en aprietos a las instituciones del Ministerio Público en Antioquia, porque diligenciar un solo formulario toma cerca de hora y media y no hay suficiente personal para atender la demanda de usuarios. La Personería de Medellín ya otorgó citas hasta agosto y la Defensoría departamental hasta septiembre; para ambas instituciones falta apoyo del Gobierno Nacional.

     
 

 

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