Lunes, 26 de Septiembre de 2011 07:45
Escrito por Marisol Gómez Castaño
Alrededor de nueve familias se quedaron en la vereda durante el tiempo de fuerte conflicto. Cuando algunos salían de El Porvenir para hacer compras, iban a pasar la noche en casa de sus familiares o de vecinos que se habían desplazado, ahí escuchaban de las necesidades que pasaba la gente que se había ido y con esos comentarios regresaban al otro día a la vereda, donde estaban los demás campesinos llenándose de motivos para seguir en sus tierras, pensando que allí, como pobres, no les faltaba nada.
Blanca, una campesina de 64 años de edad, afirma que no se fueron porque no debían nada y porque nunca los amenazaron, además, “uno se ponía a ver el desastre tan horrible de toda la gente en el pueblo y entonces hacíamos ese esfuerzo por quedarnos, pero nos tocó sufrir mucho, las pérdidas y todo eso”.
Las familias que quedaron en la vereda se ponían de acuerdo para salir a mercar con la intención de que nunca saliera un campesino solo porque “era muy duro salir y entrar en esa época, estábamos entre los ojos de todos, podíamos ser unos sapos para los de adentro y unos sapos para los de afuera”, confiesa uno de los campesinos que permaneció en El Porvenir.
A quienes resistieron en El Porvenir, el Ejército les revisaba sus mercados, además, los tres bandos armados los trataban como cómplices de sus enemigos. Hubo un tiempo en la vereda en que los paramilitares se llevaron varios terneros de los campesinos, algunos pudieron recuperarlos gracias a la gestión de la Junta de Acción Comunal, pero otros ya iban muy lejos; los paramilitares decían que los campesinos estaban cuidando el ganado de la guerrilla y por eso se lo llevaban. “Nosotros de porfiados que nos quedamos acá, porque igual si había mucha presencia armada y pasábamos unos sustos tremendos, cuando escuchábamos tiroteos y veíamos helicópteros sobre algún cerro de tantos”, afirma Blanca.
Su hijo, David, recuerda que cuando algunos vecinos se fueron él tenía 15 años, su familia había decidido quedarse, incluidos sus hermanos que vivían en fincas cercanas y que ya tenían su propio hogar, fue una decisión que tomaron entre todos, pero asegura que vivía atemorizado porque pensaba que ya mismo les tocaba arrancar, que llegaban a ultrajarlos y a destruir lo que hubiera en la casa.
El 17 de noviembre de 2004, David, quien ya tenía en ese entonces 16 años, salió de su casa en el caballo, con su sombrero y botas pantaneras, preparado para el sol inclemente de la mañana y los potreros pantanosos del camino; tenía la intención de darle vuelta al ganado de la familia que estaba en una finca mucho más arriba de donde podían verse sus vecinos. Cuando llegó al potrero no encontró el ganado, entonces caminó hasta el potrero de al lado, y en esas, buscando las reses para encerrarlas, explotó una mina antipersonal dejada por la guerrilla días atrás. David, herido, se montó al caballo como pudo y galopó hasta su casa bañado en sangre, la mina le había desfigurado el rostro y tenía esquirlas del explosivo por todo el cuerpo.
Cuando David llegó a casa, Blanca vio a su hijo bañado en sangre, notó como su voz salía por el lado derecho del rostro y tenía dificultades para hacerse entender, el joven había perdido cuatro muelas y el explosivo le había afectado parte de la lengua. Inmediatamente fueron al centro de salud veredal, donde les dijeron que podía estar reventado por dentro, además le diagnosticaron que tenía la mandíbula y una mano fracturadas. Dada la complejidad de las heridas, lo trasladaron al Hospital San Juan de Dios, del municipio de Rionegro, donde recibió atención especializada. Allí permaneció internado poco más de nueve días, tiempo en el que “le cocieron la carita y lo dejaron bajo cuidados médicos”, dice su madre.
Muchas de las esquirlas que tenía no le habían salido cuando dejó el hospital, pero los médicos dijeron que “ahí le iban saliendo”. David en casa, bajo los cuidados de su madre y la preocupación de sus vecinos, notó que la encía seguía sangrando y le dijo a su madre que él no recordaba haber expulsado las muelas. Blanca insistía en que “del susto seguramente se las había tragado y no se acordaba”, pero David decidió regresar al hospital y hacerse una radiografía en la que pudieron constatar que las muelas estaban por dentro, se le habían enterrado por el impacto del explosivo.
El joven estuvo cinco años en tratamientos que pagó el Estado: cirugías plásticas para reconstruir su rostro, restitución de hueso, además de un tratamiento para colocarle las muelas que había perdido. Actualmente, David solo conserva sobre el lado derecho de su rostro, una pequeña cicatriz del accidente, que no hace imaginar la gravedad y las dificultades por las que pasó. “Es un milagro verlo como está —asegura su madre— nada en la vereda fue tan duro y horrible como el accidente de mi muchacho, él perdió la juventud en ese tiempo ¡Ay por Dios! justo en esa edad.”
La gente de la vereda asegura que el explosivo fue de la guerrilla porque el día anterior habían bajado de esos lados y se habían visto en la vereda, caminando montañas arriba, hacia el otro lado de donde ocurrió el accidente.
Al principio, David se negaba a lo sucedido y pensaba que era injusto que le hubiera tocado precisamente a él. Su juventud se le fue en citas, como si fuera “un viejito enfermo, para el hospital cada ocho días, cada quince o cada mes”. Ahora, David es un muchacho muy activo y trabajador, ha dejado parte de esa historia en el pasado. Él mismo dice sonriendo: “Sí, fue muy grave la cosa, pero aquí estamos, guerreándola otra vez, lidiando con sembrados y animales… y contando el cuento”.
Por: Marisol Gómez Castaño - Trabajo de grado para optar al título de Comunicadora Social-Periodista
Fotografía archivo Inforiente
Allá está mi tierra, entre montañas
Reconstrucción del conflicto armado en El Carmen de Viboral. La voz de las víctimas acerca de sus vivencias en medio de la guerra en las veredas La Esperanza, El Porvenir y La Chapa.
(15) Allá está mi tierra… Otros, pocos, se quedaron…
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