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Hace sólo medio siglo cualquiera que quisiera lucir el mejor zapato del mercado sabía que tenía que ir a Rionegro. Hoy, pocos recuerdan la actividad que durante 40 años fue el eje de la economía de este municipio. Los documentos son escasos y las versiones de historiadores y zapateros difieren en algunos datos, sin embargo, tratamos de presentar aquí una reconstrucción de la historia del oficio que fue el sustento de la ciudad Santiago de Arma de Rionegro.
 
Recuerdos de las raíces del oficio
 
En el Archivo Histórico se encuentra que para 1824, cuando Rionegro llevaba sólo 38 años con el nombre que lo conocemos, la zapatería ya se establecía como uno de los oficios representativos. Había, en ese entonces, ocho carpinteros, cinco zapateros, cuatro herreros, tres maestros de escuela, tres sastres y dos talabarteros. Se decretó en 1817 que Miguel Escobar sería el capataz encargado de agremiar a los  demás oficiales, y que los maestros de zapatería darían la comida a sus aprendices y estos retribuirían con trabajo.
 
Los documentos de años posteriores sobre el tema parecen haber desaparecido de las bibliotecas y del Archivo Histórico. No hay más tomos que hagan alusión a lo sucedido con la zapatería en ese resto de siglo y los libros de crónicas de Rionegro o las reseñas sobre el municipio describen el pueblo en las décadas en que fueron escritos, pero no hablan de forma amplia del oficio. Algunos aportan datos significativos, por ejemplo, El rincón de mis recuerdos, crónicas sobre Rionegro de antaño y otros relatos, de Luis Emilio Gallego Barco: “En Rionegro el 80% de la población (urbana) se dedicaba a la zapatería, las mujeres ayudaban en los oficios”. Esta es la edición de 1987, y se ve que ya se estaba hablando en pasado de la época gloriosa de la zapatería.
 
Personajes como Jesús Gonzalo Martínez, coordinador de la biblioteca pública Baldomero Sanín Cano e historiador por vocación, Francisco Zapata Gallego, historiador del municipio, y los zapateros que fueron y que son, retomaron la historia del oficio desde los años 20. 
 
El ferrocarril de Antioquia unió, en 1929, a Cisneros con Medellín, mientras que Rionegro quedó aislado de ese centro, pues el tranvía de Oriente que lo conectaba con Manrique no fue tan exitoso.
 
El acelerado crecimiento de Medellín en esos diez años, hizo que los intelectuales y adinerados emigraran y buscaran asiento en la capital. Los pequeños burgueses que quedaron en Rionegro vieron en la industria del calzado una salida a la crisis. Según Jesús Gonzalo Martínez había artesanos del zapato, que heredaron el arte de los indígenas Quiramas que habitaban San Antonio de Pereira, quienes desde el siglo XVIII hacían zapatos de cartón y los pegaban con almidón y tunas de naranjo.
 
Contando con que comprar la maquinaria no era costoso, las salas de las casas de la zona urbana de Rionegro, se convirtieron en talleres de zapatería. La zona rural seguía dedicada a la agricultura, con técnicas incipientes, cultivando los productos que siempre han sido representativos del municipio: frijol, papa y maíz.
 
Entrando los años 30, la artesanía del zapato tomó fuerza como una economía de subsistencia familiar. Tanto la técnica como el material mejora con los años, empieza la época gloriosa.
 
Los años gloriosos
 
En los hogares del municipio se daba la división del trabajo alrededor de la fabricación del zapato. Las mujeres, madre e hijas, podían cortar pieles y guarnecer, es decir coser el cuero para darle forma. Los hijos, por su parte, aprendían del padre la parte de la soladura, montar el cuero cosido en la horma, y poner la suela. De esta forma cuando crecían se dedicaban al mismo oficio y lo enseñaban a sus hijos.
 
La repartición de tareas es una práctica que aún hoy permanece en el oficio. En los talleres de zapatería hay un artesano dedicado a cortar, otro a guarnecer, y así hasta tener el producto acabado. Hay algunos que saben hacer todo el proceso, dentro del gremio los llaman polifuncionales, pero para optimizar el tiempo y obtener mayor calidad, prefieren hacerlo por partes.
 
Volviendo al pasado, el zapato rionegrero conoció los suelos de toda Colombia, incluso los de las Antillas holandesas. La fama del producto por la calidad y la perfección traspasó límites geográficos. 
 
Había dos grandes producciones en el año, una de enero a abril, para Semana Santa; y otra de mayo a diciembre, esas eran las fechas en que se compraba zapato.
 
“En Rionegro se llegó a fabricar el mejor zapato para dama y caballero aristocrático”, dice Francisco Zapata. El zapato rionegrero no fue para rionegreros, los mayores compradores eran las personas adineradas del resto del país. Incluso, cuenta este historiador que hubo un gran fabricante de calzado que nunca tuvo un par de zapatos en sus pies “los hacía a la perfección, pero no se los ponía”. Tener zapatos era un lujo, las clases sociales medias y bajas compraban un par de zapatos al año en Semana Santa, los más sencillos que ofreciera el mercado, y lo dejaban para “dominguiar”. Durante la semana sus pies permanecían desnudos.
 
En estos primeros años de fama se constituyó una calle aledaña al parque principal como La Calle de las zapaterías, en ella estaba el conjunto de almacenes más importantes, donde los artesanos llevaban su producto, para ser distribuido en masa o para que el visitante lo encontrara reunido en un mismo lugar y fuera más fácil realizar la compra. Algunas de las tiendas tenían su propio taller, pero la vocación de esta calle, aún hoy, ha sido de distribución.
 
Con los años se establecieron también unos grandes almacenes de venta de zapato artesanal rionegrero en Medellín. Semanalmente algunos artesanos iban a la capital a llevar el producto y a surtirse de materias primas. Con la prosperidad de la industria zapatera, triunfaron también las tenerías, los fabricantes de hormas, de tacones, entre otros. 
 
Los zapateros tenían algunos rasgos comunes, por ejemplo, el catolicismo y el gusto por el licor y la parranda. Cada ocho de septiembre de esos buenos años, celebraban por su cuenta la fiesta de la Virgen del Rosario de Arma, patrona de los rionegreros.
 
Durante la década del 50, el gremio regaló, primero a Monseñor Roberto Urdaneta y después a Monseñor Alfredo Rubio, ambos obispos de la Diócesis de Sonsón Rionegro, un par de zapatos morado, otro par verde, otro azul claro, otro rojo, otro negro y otro blanco. Conseguir las pieles en esos colores fue complicado, pero finalmente cumplieron con su objetivo, que sus obispos tuvieran unos zapatos para cada una de sus estolas.
 
Casi todos los artesanos trabajaban sin contabilidad, ni inventario; otro logro de esta década es que la familia Orozco Bravo fundó la primera fábrica de zapatos organizada, Calzado Brands. Otras familias que destacaron en el oficio fueron los Cardona y los Zuluaga.
 
Otro acuerdo común derivado de los gustos compartidos, fue establecer el lunes como día de descanso. Lunes del zapatero, las versiones sobre el por qué este día varían. Darío Guarín dice que el sábado no les alcanzaba para parrandear y seguían el domingo, así que el lunes calmaban guayabo, por eso no trabajaban. Jesús Gonzalo Martínez, historiador y Director de la Biblioteca Pública Baldomero Sanín Cano, dice que como los turistas llegaban los domingos a comprar, a los artesanos les tocaba trabajar ese día, entonces se tomaban libre el lunes. Los zapateros que aún ejercen no saben por qué la tradición, dicen que fue algo de toda la vida, pero ellos ya no lo aplican. 
 
Ante la prosperidad de la industria, aparecen hombres que algunos tildan de inteligentes y otros de usureros. “Estos hombres figuran como zapateros, pero de eso sólo tienen el nombre, eran explotadores que se aprovechaban del sudor de los verdaderos fabricantes”, dice Francisco Zapata, emocionado porque su padre fue zapatero y uno de los “explotados”.
 
Ramón Garcés es el más recordado de este grupo de comerciantes. Él se dedicó a negociar al por mayor con los grandes almacenes, salió de Medellín y exportó a otras ciudades. Este personaje compraba el producto a los artesanos y lo revendía. “Tenía muchos trabajadores a los que les daba poca ganancia” dice Jesús Gonzalo Martínez. Darío Guarín dice que por la época de Ramón Garcés hubo más oportunidades, pero Rodrigo Zuluaga otro zapatero que todavía fábrica artesanalmente coincide más con los historiadores.
 
Cuando ya llevaba cierto tiempo negociando el producto artesanal, decidió no sólo comprar el calzado terminado, sino proveer las materias primas a los zapateros. En Medellín adquiría pieles y demás materiales para vender en Rionegro “él compraba al por mayor y eso le salía más barato, venía y nos vendía bien caro, y por el zapato nos pagaba bien poquito”, asegura Rodrigo Zuluaga.
 
Llega el plástico, empieza la decadencia 
 
La fabricación industrializada a gran escala fue, sin duda alguna, la mayor responsable de la decadencia de la zapatería artesanal. Según Jesús Gonzalo Martínez, el calzado fabricado en Bucaramanga entró al mercado a finales de la década del 60 con precios y cantidades con las que era imposible competir. Las visitas de turistas buscando zapatos empezaron a disminuir, los zapateros que aún vendían su producto en los almacenes locales, se vieron obligados a disminuir la producción.
 
Los cambios sociales dados alrededor de la figura femenina, entre ellos la aprobación del derecho al voto de la mujer dada en 1954, hizo que las mujeres se sintieran más fuertes e independientes, las rionegreras quisieron estudiar e incursionar en otros campos, lo que trajo consigo menos ayuda para los zapateros que trabajaban con sus hijas y esposas.
 
La industria del plástico trajo otro gran cambio en las formas de vida, desde ese momento el zapato no sería un artículo exclusivo de las élites, las clases media – baja pudieron empezar a calzarse. La comodidad y economía de los tenis hizo que las ventas de esas nuevas industrias se dispararan.
 
La sobre oferta de zapato artesanal hizo que las nuevas generaciones pusieran sus ojos en otras actividades. La misma industrialización que acababa con el arte, llamó la atención de los hijos de los artesanos, y más tarde los atrapó a ellos salvándolos del desempleo. 
 
Las empresas ofrecían prestaciones como salud y pensión, garantías que nunca se habían tenido con la zapatería “estábamos en un estado de desprotección, nadie se preocupaba por nosotros”, palabras de William Jurado, un hombre que aún fabrica zapatos artesanales.
 
“En el año de 1965 con la industria textil, se inició un proceso de transformación de las relaciones sociales y se dieron las condiciones propicias que luego dieron lugar a una gran industrialización y crecimiento urbanístico (…) actividad industrial iniciada con Textiles Córdoba”. Esta información aparece en el libro Cátedra Local Municipio de Rionegro: Geografía, Historia, Patrimonio, Valores y Personajes. Con los años llegarían también empresas como Pepalfa, Coltejer, entre otras.
 
En 1960 se abrieron las puertas del Instituto Técnico Industrial Santiago de Arma de Rionegro, un colegio que se creó aprovechando el naciente interés por la educación, con una vocación de enseñanza de la artesanía. Jesús Gonzalo Martínez cuenta que nadie se inscribió, “ya nadie quería ser zapatero”, por eso la institución tuvo que cambiar su lineamiento.
 
Este cambio y el funcionamiento de otros colegios y universidades llevaron a las nuevas generaciones a ampliar sus opciones. Carreras como ingenierías o licenciaturas que llaman la atención de los rionegreros en busca de un futuro más prometedor.
 
En 1969 cerraron los primeros talleres de zapatería artesanal. Algunos fabricantes, preocupados por la situación, y ante la posibilidad de realizar una labor diferente a la que aprendieron desde su infancia, decidieron dejar de hacer zapatos, pero siguieron ganándose la vida con el producto. Darío Guarín,  fue uno de ellos. 
 
“Yo trabajaba con mis hijos, y les dije muchachos esto ya no da, aquí no hay de otra, dediquémonos a revender”, dice Darío Guarín. Este hombre que desde los 12 años fabricaba zapatos, que gracias a esa artesanía había adquirido su casa y dado estudio a sus hijos, tuvo que emprender, en los 80, viajes semanalmente hasta Medellín para comprar calzado de Bucaramanga y venir a revenderlo a Rionegro. Darío Guarín realizó esta actividad durante 20 años, y hace 10 terminó por completo su relación con la zapatería.
 
Ramón Garcés murió hace poco y fue uno de los últimos en dejar de comercializar con zapato, en los años 90. Pedro Luis Arias fue otro de los últimos fabricantes, porque vale la pena aclarar que en estos años finales muchos se dedicaron a la reparación, sólo con su muerte dejó el oficio, hace unos cinco años.
 
Los historiadores hablan de los 60 como la década en que empieza a disminuir la actividad, pero para cada uno de los artesanos la zapatería acabó en un momento diferente. Hay unos cuantos para los que el oficio aún no termina, siguen trabajando con las técnicas antiguas, la inquietud es si con ellos se va a extinguir la tradición. Sería importante dejar registros y rescatar el oficio, aunque no como forma de subsistencia, como patrimonio histórico de este municipio con identidad desdibujada.
 
Por Cheli Melisa Llano Marín
Estudiante de periodismo de la Universidad de Antioquia, Seccional Oriente
 
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