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Crónica: Desde hace veinte años este hombre le da un nuevo rostro a la muerte, la maquilla y remienda. Este hombre cercena sus tejidos, la viste y la peina. Este hombre trabaja con la muerte y vive de ella. Este hombre aunque le teme, sabe que algún día llegará.

El Arregla Cadáveres de Marinilla presta sus servicios las veinticuatro horas del día y en horario continuo, si es necesario.

 
Desde las rejas del portón puedo notar el cambio en el ambiente. El aire se detuvo en un largo silencio mientras el frío empieza a recorrer todo el lugar. Un extenso zaguán bifurca las entradas de las salas de velación y deja entrever, a lo lejos, los imponentes y suntuosos ramos de flores que pronto marchitarán. “Es por aquí”, me señala Domar Suárez, el Arregla Cadáveres. Andamos el corredor hasta toparnos con una pequeña puerta, la puerta de entrada de los cuerpos sin vida y del hombre que hoy acompaño.

Domar está uniformado. Los mocasines lustrados, el pantalón verde boñiga y la camisa beige indican que está dispuesto para cualquier eventualidad. Ante una llamada inesperada, sea de día, de noche o de madrugada, Domar debe recoger los cuerpos en la limosina fúnebre y traerlos al sitio donde serán arreglados y velados. Para este hombre, sin embargo, las extenuantes jornadas o las noches mal dormidas no son motivos suficientes para renunciar a una labor que le trae grandes satisfacciones personales. “Presto el servicio las 24 horas del día. Desde aquí, desde mi casa, o donde esté, siempre con el mayor de los gustos salgo a hacer mi trabajo”, dice el Arregla Cadáveres.

Los cuarenta y dos años de vida aún no han marcado su piel blanca. Tampoco los veinte años de tratar la muerte han hecho mella en su alegría. Ahora acelera sus pasos, como lo hace siempre para luchar contra el tiempo. Su voz grave y respiración cansada me anuncian que hemos llegado a tan indeseado lugar. “Este es el cuarto en el que hago todo el procedimiento”, dice sereno mientras me sonríe con sarcasmo. Todo está dispuesto como una sala de cirugía, y Domar, cual cirujano, pareciera dar inicio a una operación postmortem.

La blancura de las paredes se mezcla con la tranquilidad de Domar. Y basta una simple mirada a la camilla de acero para sentir la impotencia de los cuerpos, ante el hombre que por dos horas tiene la potestad de reconstruirlos o embellecerlos. Pero Domar no toma esta autoridad a la ligera, para él este trabajo requiere de sumo respeto por el cuerpo que allí repose. “Para uno es muy duro, no lo crea… Uno que tiene niño, sabe cuanto le duele un ser querido; por eso, a todo cuerpo lo trato con cariño; pero eso sí, a todos por igual. Sea bonito, feo, creído, con harta plata, o pobre, esa persona recibirá el mismo proceso, porque a nadie le han echado la riqueza al cajón”.

Mientras él comienza a hablar de la época de necropsias con cal y formol, se mueve por el recinto con la serenidad que produciría escalofrío a un tanatofobo. Me observa como si esperara mi desmayo, pero su fortaleza es contagiosa. Eliana Pineda, secretaria de la sociedad mutual para la que Domar trabaja, ya me había enterado del carácter del Arregla Cadáveres: “Él es un hombre muy valiente y nunca se le ve aburrido. Muchos pensarían que necesita de sus tragos para trabajar, pero no es así, para él la muerte es algo normal”. Esta es, precisamente, la sensación que genera este hombre, la de una profunda tranquilidad y respeto por la muerte.

El aliento de continuar, pese a la tristeza, es el sentimiento que embarga a las familias dolientes cuando Domar se encarga de todos los servicios funerarios. “Este no es un simple trabajo, para mí se convirtió en una misión. El hecho de ayudar a las personas en un momento tan difícil, en un momento en el que no saben qué hacer ni pa’ donde coger, hace que me sienta con la satisfacción del deber cumplido. Todas las familias de manera directa o indirecta confían en mí, por eso me encargo de todo lo que disminuya su dolor”, dice Domar visiblemente conmovido.

Ahora de pie frente a la camilla de acero inoxidable, este tanatopráctico egresado del Sena, me muestra sus implementos de trabajo, sus herramientas y procedimientos. Primero me enseña el jabón anti-germicida, una solución acuosa con la que se borrará el olor de la muerte. Agita el frasco anaranjado y lo observa detenidamente por unos segundos. Entre tanto, recuerda la instrucción inicial del proceso: “¡Hum… casi se me olvida! Antes de comenzar siempre rezo dos padrenuestros; después de meditarlos, ahora sí pa’ lante”…

Esta expresión de reverencia por el cuerpo que yace en el eterno letargo, podría parecer una rutina en el protocolo. Sin embargo, este lema marcó el inicio de una labor, la tarea de confrontar la muerte y de conjurar los miedos. Domar a la edad de trece años, cuando aún no conocía la misión que le esperaba, ayudó en el levantamiento de los fallecidos en un accidente de camión. Desde ese momento, cada vez que se enfrenta con la muerte repite dos padrenuestros y sigue ‘pa’ lante’, pues entiende que el temor no sirve para consolar a los dolientes.

En estos momentos Domar procede a enseñarme los masajes que remueven la rigidez de los difuntos. Me explica como todas las articulaciones y coyunturas deben tocarse con movimientos circulares hasta lograr la completa flexibilidad del cuerpo. “A mí no me han asustado, los que espantan son los vivos. Solamente una vez sentí que el cuerpo que arreglaba me haló; pero que va… le faltaba el masajito. Estaba tan rígido que parecía sostenerme el bolsillo”. Por esta razón, Domar siempre realiza el tratamiento que permite poner al cadáver en una posición correcta en el féretro.

Ahora me señala los líquidos embalsamadores, el cavity y el arterial. Levanta una aguja hipodérmica llamada hidroextractor, de sesenta centímetros de largo por dos de diámetro. Este tubo de acero hueco, succiona como la aguja de liposucción, y permite que la solución del fluido embalsamador haga su efecto. “El procedimiento invasivo que hace el hidroextractor no se debe realizar en personas con VIH sida, y nunca puedo revelar que alguien murió de esta enfermedad”, confiesa su secreto profesional el Arregla Cadáveres.

Suponía que aquí acababan las vanidades humanas, pero no es así. Domar se desplaza a un extremo del salón y trae un estuche gris de grandes compartimentos. Correctores faciales de diversas tonalidades, rubores, pestañinas, bases, gominas, bálsamos, polvos, labiales y hasta esmaltes se encuentran en esta caja de cosméticos, que podría despertar la envidia de cualquier estilista. Domar me explica que el ‘dejar bien parecido’ al difunto, es de suma importancia cuando de competencia se trata. “Sería muy maluco escuchar frases como: quedó muy mal arreglado, o cosas por el estilo. Con un trabajo bien hecho la funeraria gana estatus, además usted sabe que todos son clientes potenciales”, dice Domar con una sonrisa irónica.

Con el maquillaje del cadáver se da por terminado el proceso tanatopráctico. Pero las respuestas a tantas preguntas formuladas sobre la muerte, se revelarán allí donde empieza el final, o tal vez donde finaliza lo que aquí se ha comenzado. Ni el hombre que día tras día lidia con el entramado de la muerte, logra descifrarla. “Yo le tengo miedo a morir, y me da pánico el solo pensar que alguno de mis familiares se muera. Muchas veces me levanto en las noches para comprobar que mi hijo de doce años esté respirando”, dice Domar cabizbajo.

Pero estos sentimientos fatalistas no logran colarse en su ambiente familiar. Como lo cuenta Nelly García, esposa de Domar, los temas relacionados con la muerte él los deja en su trabajo, para llevar una vida tranquila: “A él no le gusta hablar de la muerte, porque sabe respetar los espacios. Durante estos trece años de casados lo que veo es a un hombre extrovertido y feliz”. No obstante, Domar piensa en la muerte. Medita en ella para aprender a vivir, para entender que cada momento es único y para aceptar que tarde o temprano llegará.

No teme enfrentar la muerte pero le da pánico sentirla cerca. Arregla cadáveres y no admite ser embalsamado. Organiza pompas fúnebres y no quiere hacer parte del ‘circo’ funerario. Hace pasajera la muerte pero le da trascendencia de vida. Un hombre de hierro con alma sensible. Ese es Domar Suárez, el Arregla Cadáveres de Marinilla, el hombre de las paradojas.

Ahora me despido y salgo del lugar. Dejo atrás unas gruesas varillas de acero reposando en los extremos de una camilla; sobre el lecho frío, el envase lleno de líquido, motas de algodón, el estuche de belleza, una enorme aguja y la manguerilla, con un papel limpio plegado alrededor de la canilla, junto al que se extendía un pequeño pozuelo. Al lado, un hombre en espera de alguien que no quiere que llegue, pero guarda la esperanza de no perder su trabajo. Debería estar tranquilo, ya deben traer a alguno, hace días que nadie se muere.
   
*Estudiante de cuarto semestre de Comunicación Social-Periodismo en la Universidad de Antioquia
 

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