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En el municipio de San Carlos se libró el combate que los dejó, sin pensarlo, libres del terror. Para ellos desmovilizarse era ser heridos, violados y asesinados.

Una ráfaga de fusil destruyó la estufa y los cuadernos que llevaba Yury a cuestas en la mochila de campaña. Inmediatamente se tiró al piso boca abajo apretando los ojos y aferrada a la hierba, con la respiración acelerada y la tensión arterial hecha trizas. Entre las matas y las balas llegó el susurro de la voz de su amado pidiendo auxilio. Abrió los ojos, levantó la cabeza y lo buscó con la mirada. A Augusto le habían disparado en la pierna. No le importó nada y se puso de pie para socorrerlo.

Los diez guerrilleros que pretendían subían a la vereda San Antonio, del municipio de San Carlos lograron camuflarse entre el monte para evadir al Ejército; todos menos Augusto. El olor a alcohol habría persuadido a la escuadra guerrillera del IX frente de las Farc, pero Gabriel, el comandante, no leyó la señal: “eso es una mata que huele así”, dijo. Yury sin embargo notó que las matas no olían a eso, pero siguió la marcha en silencio ocupando el tercer lugar en la fila de 10 subversivos.

Emilio, Gabriel y los ocho guerrilleros restantes se escabulleron buscando refugio. Yury tomó a Augusto y subió las empinadas cuestas con él. Le llevaban suficiente ventaja al Escuadrón de Artillería Número IV. Los furtivos amantes creyeron haber escapado de la fuerza de la ley, hasta que notaron un pequeño detalle. Tras su paso la herida de Augusto estaba dejando las pistas al Ejército. El hombre se estaba desangrando y delatando a la vez.

–Yo no soy capaz de andar. Si quiere coja el celular y váyase para que no la maten conmigo, dijo Augusto.

Yury no sabía qué hacer, pero tampoco lo escuchó y se quedó a su lado. Eran su pareja, dos equipos de campaña y dos fusiles. El miedo fue cediendo lugar a la angustia, mientras sus grandes ojos verdes de 22 años mirabas desconsolados para todas partes. El resto de la tropa los había abandonado. Los soldados gritaban y su voz se sentía cada vez más cerca.

–Augusto, ¿qué hago?

–Entreguémonos de todas maneras, si nos matan, qué más se va a hacer. Deje el fusil y el chaleco aquí y váyase así para que no le hagan nada.

Caminó como devolviendo los pasos hasta el infierno, sintiendo en vida lo que era estar muerto. “entréguense, ríndanse”, gritaban los soldados. Varias veces se dijo mentalmente “Me rindo”, pero siempre venían las imágenes de Gabriel contando lo que les pasaba a quienes se rendían.

–A veces primero las dejan heridas, después las violan y al final las terminan de matar; era una de las historias.

A pocos metros, por campo traviesa estaba el ejército. Algo como un golpe en el pecho le dificultaba tomar aire y le entrecortaba la voz. “me rindo, me rindo, me rindo”, se susurraba, mientras sus ojos eran escoltados por una transparente lámina de lágrimas.

–Soy guerrillera, tengo a mi marido herido, me rindo. Gritó Yury con una diabólica mezcla de valor y pavor.

–Tranquila, cálmese, nosotros le perdonamos la vida, dijeron los soldados. La mujer era un saco de nervios.

–¿Dónde está su marido?, llévenos para darle los primeros auxilios, dijeron los soldados de la IV Brigada. Le aplicaron siete bolsas de suero y lo sacaron cargado en una hamaca hasta la carretera. Esa noche Yury durmió en el mismo sitio que los soldados. El capitán de la tropa resultó ser mucho más amable que su cabecilla Gabriel. Al día siguiente terminó lo que para ella era un calvario sin salida en el que estaba desde cuando tenía 12 años: pertenecer a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc. La mujer y su marido se desmovilizaron.

Hace diez años en el IX frente de las Farc

En 1999 la mayor de las hermanas de Yury se fugó de la casa. Su padre las estaba maltratando con una severidad inaguantable. La comida escaseaba. La niña no sabía que hacer, cada día era peor despertar del sueño. Dos sujetos del común llegaron algún día de ese año a la finca de su familia. Ella atendió la visita. Los hombres eran reclutadores del IX frente de las Farc.

Cuando ellos se fueron Yury creyó encontrar el cielo en la tierra. Para ella las Farc eran una casa hermosa, grande, llena de comida y donde vivían muchas personas decentes y educadas que estaban dispuestas a protegerla del hambre y de los golpes de su padre. Se fue de la casa.

Cuando llegó al campamento guerrillero todos sus sueños se hundieron entre el pantano. La gente que había allí era agresiva, había una cosa muy rara: estaban vestidos con camuflados, cuando ella se esperaba ver a los guerrilleros vestidos de civil. La casa hermosísima no existía y el hambre fue una constante hasta el día de su desmovilización.

Atención humanitaria a desmovilizados

Cuando un subversivo como Yury o Augusto se desmoviliza, ingresa al Programa de Atención Humanitaria al Desmovilizado. Los miembros del Ejército están en la obligación de darles un trato digno en el marco del respeto a los Derechos Humanos.

Los desmovilizados no pueden ser empleados para operaciones militares y su seguridad debe ser garantizada. La base militar que los recibe contacta a los directivos del programa, quienes desde ese momento se encargan de su manutención.

Les dan un tiquete aéreo o terrestre para llevarlos a uno de los 38 hogares de paz del programa. Si el desmovilizado es soltero puede ir con su padre, madre y hermanos menores de edad. Si es casado o demuestra unión libre, el programa lo atiende con pareja e hijos. Al llegar allí les dan un bono de $400 mil pesos para que compren ropa. A ellos y su familia se les brinda atención médica y si necesitan prótesis se las dan, al igual que servicios de especialistas. A cada desmovilizado se le dan $6.000 diarios, atención psicológica integral y se les hacen actividades con los institutos de recreación. El programa dura 3 meses y luego es la Alta Consejería, mediante Acción Social, quien les da un apoyo cercano al mínimo, durante un lapso de tiempo que oscila entre dos y seis años. Allí los forman y les buscan trabajo.

El coronel Mauricio Luna Jiménez afirmó que actualmente hay 700 personas en los hogares de paz. Los desmovilizados que están indiciados de rebelión o asonada, delitos castigados con 8 años de cárcel, quedan indultados. Pero los delitos de lesa humanidad no tienen indulto.

El Mundo

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El Registro Único de Víctimas tiene en aprietos a las instituciones del Ministerio Público en Antioquia, porque diligenciar un solo formulario toma cerca de hora y media y no hay suficiente personal para atender la demanda de usuarios. La Personería de Medellín ya otorgó citas hasta agosto y la Defensoría departamental hasta septiembre; para ambas instituciones falta apoyo del Gobierno Nacional.

     
 

 

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