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ESTE PAISA DE de 50 años perdió la vista hace 24 años como consecuencia de una bala perdida. Hace 16 años que trabaja como mensajero de una empresa en el Oriente antioqueño.
 
Para Jorge Iván Rivera Llano no hay refrán mejor que aquel que dice que "el peor ciego es el que no quiere ver". Y si lo dice él, que es invidente hace 24 años, hay que darle razón, pues este paisa de 50 años lleva 16 como mensajero y lo ha hecho con total eficiencia.

Jorge trabaja en la planta de la empresa Eurocerámica, en Guarne, donde le dieron una oportunidad que en el momento parecía insólita:

-Me pusieron a pegar cajas de cartón, un proceso que era manual-, recuerda Jorge Iván, que maneja un envidiable sentido del humor.

Dieciséis años después, este guarneño recuerda el nombre de quien le abrió las puertas a su superación y no duda en volverle a agradecer:

-El gerente era el doctor Jaime Posada. Me dijo que si yo no era muy loco ir a pedirle empleo y yo le respondí que más loco estaba él que me lo iba a dar-. Lo dice y ríe.

Esa convicción, seguramente, fue la que selló la decisión del señor Posada de darle la oportunidad. Inicialmente, como "cartonero" -así le decían- y luego, cuando este proceso se sistematizó, como mensajero interno.

Él no tuvo problema en medírsele al reto. De todas formas, había asumido que no se iba a echar a morir por haber quedado ciego y que la vida seguía, que nada paraba ahí, pese a que su trabajo requería mucha movilización y orientación.

Como buen hijo del Oriente antioqueño, Jorge nació luchador. Y tal vez si la vida no hubiera jugado en su contra la noche que perdió la vista, otra sería su fortuna económicamente hablando.

-Yo tenía un negocio de hamburguesas en Manrique, me estaba yendo muy bien, era soltero, tenía modo de ahorrar-, relata.

Pero una noche el destino se torció. Y por atender a unos clientes que fueron atacados mientras comían hamburguesas, Jorge llevó la peor parte: los agredidos evadieron las balas y huyeron y él quedó tendido con un disparo en el pómulo.

-El diagnóstico del médico fue duro, me dijo: "Jorge, no vas a volver a ver"-.

Días difíciles
Obvio, cuenta, al principio llegó la depresión. Fueron días de aislamiento y las ganas de no vivir que le dan al que pierde un órgano vital. Pero Jorge no se quedó en ese 28 de septiembre de 1985. Ese día empezó a conocer su fortaleza, de lo que era capaz aún sin sus ojos.

Y aprovechó que su padre -que había muerto hacía dos años- les dejó a él y a sus hermanos una casafinca aledaña a la planta de Eurocerámica. Después de luchar durante varios años en distintos negocios, incluido el de las mismas hamburguesas, de haberse ido a trabajar a Bogotá y a Quito (Ecuador), decidió instalarse en el predio heredado.

-No había más de otra y la mejor opción era que yo trabajara en esa empresa, se me volvió un reto, hasta un amigo se burlaba de mí-, afirma.

Han pasado los años y Jorge es calificado como un empleado ejemplar. Óscar Hernández, su jefe, lo califica de eficiente y ejemplo de superación.

-Nunca lo he visto triste o sin ganas, es alguien especial-, sostiene.

José Pineda, de Jurídica, dice que lo admira "porque maneja un área amplia".

En efecto, en un área de 30 mil metros cuadrados de Eurocerámica, se mueve como pez en el agua. Va de oficina en oficina llevando la correspondencia. Esta la recoge en unos sitios específicos y luego la distribuye. Los sonidos y los olores de la planta de gas o el pantano, le sirven para guiarse.

Pero tiene su frustración:

-Quisiera conocer el metro, porque lo vi cuando lo estaban construyendo, y todo lo que hay de nuevo en Medellín, que me dicen que ha cambiado mucho-.

Sí Jorge. Todo se ha transformado. El Metro es un gigante blanco que siempre parece nuevo. Hay más avenidas, grandes bibliotecas y mucho desarrollo. Medellín sigue siendo encantadora, tiene ese color naranja que enamora a todos.

Imagínatelo así. Gózalo con los ojos del corazón, esos que muchas veces descubren más la belleza que la misma mirada, y que ni las balas alcanzan a apagar...Cuando perdí la vista, claro que me sentí muy triste, me sentí hasta mendigo, pero hay que superarse, la derrota no cabe en mí
 
No se justifica en la ceguera para ser una carga

Curiosamente, fue después de quedar ciego que Jorge Iván se realizó como ser humano. Mientras buscaba aprender a defenderse solo en un centro de rehabilitación para ciegos, conoció a la que sería su esposa, Patricia Bustamante, también ciega. Con ella tiene dos hijos: Melissa, de 17 años, quien heredó los problemas visuales de su madre y sólo ve a medias; y Juan Diego, un muchachito de 12 años que es su brazo derecho y que lo acompaña en sus viajes a Medellín.

No por ser invidente, a Jorge lo miman o le dan un trato especial en Eurocerámica, y él tampoco lo necesita, dice.

"La compasión o la autocompasión es lo peor, yo quedé ciego al mismo tiempo que un vecino mío y él nunca superó eso, a veces lo visito para animarlo", cuenta Jorge.

Apoyado en su esposa, se rebusca más dinero haciendo tamales y hamburguesas, pues quiere forjar el futuro de sus hijos. Nunca ha sido una carga. Tiene demasiado amor propio y autoestima como para recostarse. Con su bastón y las ganas de vivir le sobra. Y le basta.
 
Tomado de:  elcolombiano.com

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