Derechos Humanos

Registro Único de Víctimas: un

  El Registro Único de Víctimas tiene en aprietos a las instituciones del Ministerio Público en Antioquia, porque diligenciar un solo ...

Leer Más

Un periodista asesinado cada c

  Con ocasión del Día Mundial de la Libertad de Prensa, este 3 de mayo de 2012, Reporteros sin Fronteras denuncia ...

Leer Más

Más de 400 víctimas de las aut

  La Unidad de Justicia y Paz recibió los testimonios de más de 400 personas durante una jornada de  atención a ...

Leer Más

En Línea

Tenemos 188 invitados conectado(s)

Bloguer

News image

Qué decir para salvar un bosqu

Con un apoyo social fuerte es posible frenar los proyectos depredado...

Sábado, 5 Mayo 2012

Leer Más
News image

La izquierda acepta o rechaza

Ambas posiciones la dejan frente a consecuencias duras y enormes res...

Sábado, 28 Abril 2012

Leer Más
News image

El discurso sindical debe cons

Los sindicalistas para sus luchas reivindicativas deben considerar l...

Sábado, 14 Abril 2012

Leer Más
News image

El Oriente Antioqueño construy

  El Oriente antioqueño construye autonomía territorial, como pr...

Domingo, 8 Abril 2012

Leer Más
News image

Los socialistas deben explicar

Cuando muchos en la izquierda se limitan a denunciar y actuar frente...

Sábado, 7 Abril 2012

Leer Más
Luis Felipe Vélez, Héctor Abad Gómez y Leonardo Betancur fueron asesinados hoy hace 22 años en Medellín el 25 de agosto de 1987.
 
Un mismo día, un mismo año y muchos humanistas en el piso, acallados por la intolerancia.
 
A fines de 1987, Héctor Abad Gómez, denunció que la vida de un hombre no vale más que ocho dólares. Cuando su artículo se publicó, en un diario de Medellín, ya él había sido asesinado. Héctor Abad Gómez era el presidente de la comisión de Derechos Humanos. En Colombia es raro morir de enfermedad.
 
- ¿Cómo quiere el cadáver, su merced?

El matador recibe la mitad a cuenta. Carga la pistola y se persigna. Pide a Dios que lo ayude en su trabajo.

 Después, si no le falla la puntería, cobra la otra mitad. Y en la iglesia, de rodillas agradece el favor divino.  

Eduardo Galeano -  El libro de los abrazos.
 
La cosecha de la muerte
 
Por Fabiola Lalinde, 25 de agosto de 2009
 
“El fascismo por más que quisiéramos, no ha desaparecido de la faz de la tierra”.
Héctor Abad Gómez, “Manual de Tolerancia” 
 
 Llegó la muerte e hizo su agosto. Ya en Colombia no nos alcanza el calendario para conmemorar tanta desventura, en solo un mes, segó  de un tajo, a diestra y siniestra vidas muy valiosas y significativas para nosotros, en este país se asesina hasta la esperanza, que se dice, es lo último que se pierde.
 
En un agosto y en otros de diferentes años llegó la muerte con su guadaña y fue cortando, como segando trigo, el humor y la alegría que representaba para nosotros la vida de Jaime Garzón. En otro fatídico agosto apagó esa luz de esperanza en un país mejor y más amable que significaba para nosotros Luis Carlos Galán, hace precisamente 20 años. Ignoramos cuantos líderes más: Opositores políticos, estudiantes, sindicalistas, indígenas, campesinos, defensores de derechos humanos y grupos afines  figuran como víctimas en esta cosecha de la muerte desde el nefasto Estatuto de Seguridad hasta la Seguridad Democrática.
 
Pero sin lugar a dudas para nosotros los habitantes de esta ciudad, Medellín, internacionalmente conocida como la ciudad de las flores, de la eterna primavera, la tacita de plata, varias recuerdos dolorosos nos trae agosto: el 7 conmemoramos el décimo aniversario de Gustavo Marulanda, un joven filósofo de la Universidad de Antioquia. Un 23 la intolerancia cobró la vida de León Zuleta, filósofo también y defensor de  muchas causas. Una fecha, especialmente triste y luctuosa, que siempre recordaremos  ocurrió un martes  25 de agosto de 1987, hace 22 años cuando la parca con su afilada hoja curvilínea hizo su ingreso a la sede de los maestros  y cortó primero, a las siete de la mañana,  el hilo de la vida de Luis Felipe Vélez, presidente de la Asociación de Institutores de Antioquia, pero no contenta con su crimen, en la tarde, envía, al mismo lugar, a sus sicarios motorizados para que  con sus siniestras  armas de fuego  asesinaran vilmente  al médico,  humanista y defensor de derechos humanos, doctor Héctor Abad Gómez  y a su discípulo y amigo Leonardo Betancur.
 
Estos hechos lamentables, ocurridos en un mismo día rebosaron la copa del dolor y la impotencia.  Para escribir sobre estas tragedias y dar testimonio sobre  lo que sus muertes  han  significado para la causa de los derechos humanos, para sus familias,  para sus organizaciones, para sus comunidades y para quienes fuimos directamente beneficiados, de cada una de estas vidas admirables  a través  de  su humanismo,  solidaridad  e inteligencia no es fácil.  Sería necesario que las lágrimas se pudieran teñir como la tinta y grabar sobre kilómetros de papel nuestros sentimientos y aún, así, nos quedaríamos cortos  quienes carecemos de esa capacidad de traducir sentimientos a palabras para expresar todo lo que ellos representaron para la causa  de los derechos humanos, su defensa y promoción. Sus posiciones contra todas las formas de violencia, contra la pobreza,  contra la falta de  oportunidades a todos los niveles y, especialmente por  ese gran legado que, como médicos salubristas nos dejaron y que aún sus victimarios ignoran.

Memento
 
Por Héctor Abad Faciolince
 
Mi padre era doctor y olía a limpio.
Me gustaba el recuerdo de su olor 
sobre la almohada
cuando se iba de viaje,
y miraba hechizado
cuando estaba en la casa
su brocha de afeitar.
Con sus cuchillas, por tocarlas,
por medirles el filo que raspaba sus mejillas,
me corté muchas veces
las yemas de los dedos.
¡Esa sangre tan roja entre mis manos!
Por la mañana amaba
las huellas de sus pies en las baldosas
y los rollitos de los calcetines
dejados en el suelo,
y sus muchas corbatas en el clóset
tras el frasco de agua de colonia
Roger Gallet, que alguna vez regué.
Nunca consideré si era feo o buenmozo
por mucho que los otros mencionaran
su nariz de rabino y su cabeza calva.
No lo consideré,
pero cuando mis ojos veían su semblante
para mí era la calma.
Yo tocaba tambor en su barriga
y desde sus rodillas
en las lentas mañanas del domingo
rodaba
piernas abajo por las espinillas.
Mi hermana un día 
lo hizo desmayar con un abrazo,
y él siempre a todos nos dejó aturdidos
con la ventosa enorme de sus besos
y con el viento de sus carcajadas.
Mi padre recitaba poemas de memoria
y me leía en voz alta el Martín Fierro
bajo un árbol umbroso de Rionegro.
Todos los sábados se ponía un sombrero
y en su rosal se hacía jardinero.
«Nací en el siglo XIII y campesino,
no tengo otro abolengo».
Como era liberal,
se decía cristiano y comunista
porque amaba a los pobres,
porque sufría con el sufrimiento.
Mi padre vacunaba por las selvas,
daba horas y horas y más horas de clase
en la universidad y también en las cárceles, 
participaba en marchas de protesta
empuñando con furia sus pañuelos blancos
y publicaba artículos en los periódicos
diciendo el nombre de los torturadores,
«capitán tal, sargento hijo de tal»,
denunciando secuestros,
asesinatos y desapariciones.
Yo lo quería tanto que, de niño,
había decidido morir si él se moría. 
No lo cumplí de grande, hace unos años,
cuando no se murió sino que lo mataron.
Aunque era manso,
tal vez porque era manso lo mataron.
También era valiente y no envalentonado,
era manso y valiente
porque estaba en peligro y no sentía miedo
y su única arma eran las teclas
de una Olivetti azul
o el azul de la tinta de un bolígrafo.
Eso ha tenido un nombre: resistencia.
Nunca entendimos que lo hubieran matado
ni que el traje con sangre
que me entregaron en el anfiteatro
pudiera ser su traje con su sangre.
¡Nunca sangre tan roja entre mis dedos!
Había en los bolsillos un poema
de Borges, «Epitafio»,
una lista de muerte con su nombre,
y una bala incrustada
en el forro del cuello.
La bala fue una de las seis que lo mataron
y no la conservamos;
los nombres de la lista
fueron siendo borrados,
en los meses siguientes,
por los asesinos.
El poema decía:
«Ya somos el olvido que seremos».
Y es verdad. A veces lo olvidamos.
Yo voy a recordarlo el día en que me muera.
 
Caracas, viernes 26 de febrero de 1999.
 
 
 
Ir a página principal de Inforiente
 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

  • Especial
  • Video
  • CNC
News image

 

El Registro Único de Víctimas tiene en aprietos a las instituciones del Ministerio Público en Antioquia, porque diligenciar un solo formulario toma cerca de hora y media y no hay suficiente personal para atender la demanda de usuarios. La Personería de Medellín ya otorgó citas hasta agosto y la Defensoría departamental hasta septiembre; para ambas instituciones falta apoyo del Gobierno Nacional.

     
 

 

Ultimos Comentarios